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La esplendorosa boda del sultán asiático Brunei

La esplendorosa boda del sultán asiático Brunei

REVISTA JET-SET

Durante once días de festejos, el sultanato asiático vivió un alucinante derroche de oro y piedras preciosas, con motivo del matrimonio del príncipe Abdul Malik, hijo de uno de los monarcas más ricos del planeta.
sigloEl acto de entronización, luego de la boda, tuvo lugar en el Salón del Trono del Palacio de Istana Nurul Iman, en Bandar Seri Begawan, capital del sultanato, donde los novios se sentaron en sitiales de oro adornados con rubíes.
Por: 23/4/2015 00:00:00
Brunei solo es noticia cuando su familia real le recuerda al globo que es tan inconmensurablemente rico que puede casar a sus príncipes revestidos de piedras preciosas de pies a cabeza, en palacios forrados de oro y textiles opulentos, al mejor estilo de las legendarias noches de Arabia. Una nueva muestra de semejante alarde de lujo se reveló en el matrimonio del príncipe Abdul Malik, uno de los hijos menores del sultán Hassanal Bolkiah, quien botó la casa por la ventana.

El segundo en la línea de sucesión al trono, de 31 años e hijo de Hassanal con la sultana Saleha, desposó a Dayangku Raabi’atul ‘Adawiyyah Pengiran Haji Bolkiah, una bella analista de sistemas, de 22 años, quien deslumbró a los miles de invitados a este casamiento que ya es considerado como el más suntuoso de lo que va corrido del siglo.

El enlace revistió tal importancia, que el sultán decretó once días de festejos que incluyeron ceremonias religiosas, actos culturales y fiestas públicas. Todo comenzó con el ritual de la pedida de mano, por el cual representantes del príncipe abordaron a la familia de la novia para manifestarle su intención de convertirla en su princesa. Se trataba de una formalidad en honor de las tradiciones, ya que la pareja llevaba varios meses preparando su gran día. Luego, en la unción, miembros de ambas parentelas aplicaron a los novios finas capas de polvos y aceites para desearles buena suerte. Mientras que en las calles el pueblo se divertía, los futuros esposos se intercambiaban y recibían los obsequios de bodas de sus familiares, amigos, dignatarios y otras casas reales de África, Asia y Europa.

Los novios pronunciaron sus votos nupciales en una ceremonia envelada en misterio, con la familia real y la de Raabi’atul por únicos testigos, además de unos cuantos amigos muy allegados a la realeza de Brunei, que data del siglo XV.

El momento central y más impregnado de magia fue la entronización, en el Salón de Trono de Istana Nurul Iman, en Bandar Seri Begawan, la capital del sultanato, considerada la residencia real más grande del mundo, con sus 1788 habitaciones, cinco piscinas, 257 baños y parqueadero para 110 carros. Ese día, los nuevos esposos fueron vistos por primera vez juntos desde el inicio de sus bodas y no desilusionaron para nada a los expectantes invitados y a su pueblo. Lucían atuendos tradicionales de su patria, de brocado de oro y adornados con diamantes y otras gemas preciosas. Sobre su casaca, el novio portaba charreteras de diamantes, broches de zafiros rosados y amarillos más la Orden de la Corona de la familia real de Brunei. Raabi’atul, por su parte, se veía deslumbrante con su vestido adornado de diamantes, lo mismo que su velo de tul con delicados apliques de encaje. El colmo de la suntuosidad era su aderezo de diamantes e impactantes esmeraldas, de notable tamaño y talladas algunas en forma de lágrima.

El ramo de la novia era de cuentas de oro y cristal, ya que según la tradición de Brunei, los de flores solo son para los pobres. Y el sultán, quien reina como monarca absoluto, es todo menos eso, gracias a su fortuna, valorada en 20.000 millones de dólares, resultado de los ricos yacimientos de petróleo y gas de su pequeño país, situado en la costa norte de la isla del Borneo, en el sudeste asiático, y con uno de los estándares de vida más altos del globo.

Para su banquete nupcial, los príncipes exhibieron ropajes tanto o más ostentosos que el de la entronización. Mientras que el príncipe eligió el traje de gala del ejército de su patria, su esposa se atavió con un vestido de seda morada con caprichosos apliques de encaje más bordados de hilos de plata y pedrería. De nuevo, ella realzó su brillo con un impresionante juego de alhajas, esta vez de diamantes y rubíes de hasta 20 milímetros de diámetro y un anillo con una gigantesca gema, una verdadera excentricidad.

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