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La despedida de los McKinley

La despedida de los McKinley

Revista Jet-set

Los embajadores de Estados Unidos se van del país en septiembre, pero su recuerdo quedará en el corazón de muchos colombianos que los adoptaron como sus mejores amigos.
Michael y Fátima son miembros del Club de Jardinería de Bogotá y, como tales, trabajaron con amor y conocimiento las plantas de la casa de los embajadores. Adoraron este jardín. Foto: ©Imagen Reina/13.
Por: Edición 26514/8/2013 00:00:00
Fátima McKinley ha empezado a recoger sus cosas de la residencia de la embajada estadounidense en Colombia. La mayoría de la decoración es suya; cosas que ha recolectado a través de su vida de viajes al lado del embajador Michael McKinley, a quien no solo ha acompañado de corazón sino también trabajando con las comunidades de los diferentes países donde han vivido.

Se conocieron hace 29 años en Bolivia cuando él empezaba su carrera diplomática y firmaba visas como vicecónsul en La Paz. Fue en el matrimonio de la hermana de Fátima quien se casaba con otro diplomático de la embajada. Desde entonces dicen que no se separan, y a su amor de familia y de pareja se suma un interés enorme por los lugares apartados y desconocidos. Creen que este interés común y la camaradería los ha mantenido juntos y felices todo este tiempo, que es media vida.

Han vivido en Washington, Inglaterra, Bélgica, Mozambique, Uganda, Perú y Colombia, y en todas partes han dejado buenos amigos con los que se mantienen en contacto y, en ocasiones, vuelven a encontrarse en otras ciudades del mundo. Igual que en nuestro país, donde no les van a alcanzar los días para las fiestas de despedida que les han planeado sus amigos más cercanos, que son muchos, valga la realidad.

En Colombia, donde los embajadores de Estados Unidos siempre han vivido resguardados por fuertes medidas de seguridad, la llegada de los McKinley se sintió diferente, y poco a poco fueron convirtiéndose en invitados obligados a todos los eventos sociales, quizás por la alegría de ella, por la simpatía de él, o porque los dos son muy latinos y venían con la intención de integrarse en el país.

Pero, sin duda, también trabajaron por implantar una política de cambio, como el mismo embajador se lo confesó a Jet-set: “tuvimos la suerte de llegar en un buen momento. El país se ha transformado muchísimo: era hora de cambiar la agenda y los colombianos se abrieron a nosotros. Eso facilitó otro tipo de labor con temas diferentes relacionados al país, a lo que el colombiano vive a nivel cotidiano y lo que se espera para el futuro”.

Además, los McKinley regresaron a América Latina después de haber vivido varios años en África donde el embajador aprendió el secreto encanto de la danza. Y se inició en el más difícil y evidente de los bailes: el nyanga, típico de Mozambique y dicen que muy parecido a la champeta. Desde entonces, cuenta ella, Michael perdió la timidez.

De ahí para adelante esta familia baila lo que le pongan: en Uganda, kiganda; en Perú, cumbia; y en Colombia, salsa; algo que al diplomático le cuesta un poco más.

Ahora que se van para Afganistán, tal vez no haya tiempo para bailar. Por ser un país en guerra, Fátima podría haber decidido radicarse en Washington mientras su marido cumplía con sus deberes de embajador, pero quiere acompañarlo porque desde que lo conoció no se han separado, porque es su responsabilidad como esposa y porque básicamente no le tiene miedo al trabajo, que es lo que exige esta embajada para que ella pueda vivir allá con su marido. Pero por primera vez, desde que nacieron sus hijos (Claire, de 22 años; Peter, de 21 y Sara, de 19), viajarán sin ellos. De hecho era lo que tenían previsto cuando vinieron a Colombia, pero Peter se vino a pasar una temporada y le gustó tanto que llamó a sus hermanas. Así que los tres terminaron estudiando en Colombia: la mayor, diseño gráfico en La Salle; el del medio, relaciones internacionales en Los Andes, y Sara en el CESA. Ahora se irán a estudiar en Virginia y Europa, mientras sus padres cumplen con su misión en Afganistán durante uno o dos años. Después, tal vez, vuelvan a reunirse en Virginia donde tienen una casa que ha estado alquilada desde 2004, cuando Michael fue nombrado consejero en la misión de Estados Unidos ante la Unión Europea, en Bruselas. Fátima sueña con volver al jardín que plantó hace unos años.

Pero por ahora se despiden de Colombia y de las plantas de la residencia de la embajada que Fátima también abonó y consintió. Se llevan muchas direcciones de correo y cientos de amigos colombianos que seguro no los olvidarán.
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