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La aventura de Daniel Samper

La aventura de Daniel Samper

Revista Jet-set

El mordaz periodista lanzó en la Feria Internacional del Libro de Bogotá Las aventuras de Pachito. Se trata de un libro infantil, dirigido a los adultos, en el que se burla de la política colombiana con el mismo humor que caracteriza su columna en la revista Semana, una de las más leídas del país. El autor confesó que todavía no sabe por quién va a votar, pero que no será por Santos ni por Zuluaga.
A Paloma y Guadalupe, de 6 y 7 años, las dos hijas de Daniel Samper, lo que más les gusta de Las aventuras de Pachito es el libro de actividades donde tienen que ayudar a vestir a Roy con stickers o liberar a la coneja Hurtado de su madriguera. Foto: ©Imagen Reina/14
Por: Edición 28320/5/2014 00:00:00
El director de la revista Soho acostumbra a leerles cuentos a sus hijas Guadalupe y Paloma, de 7 y 6 años. De esa manera se ha dado cuenta de que, salvo algunas excepciones, los libros infantiles suelen ser muy aburridos para los adultos. Por eso decidió afilar su pluma mordaz y darle vida a Las aventuras de Pachito, una saga de cinco libros que todos los padres de familia les deben leer a sus hijos para que no sean políticos cuando grandes.

La historia se centra en la pelea de dos pandillas: la de Pachito (Pacho Santos) y la de Memel (Juan Manuel Santos). En la pandilla de Pachito, el jefe es Alvarín, un niño que vive muerto de la rabia. De ella hacen parte Obdulete, un pequeño muy juicioso a quien su familia obligaba a visitar La Catedral; el rezandero Lalo, a quien le encanta quemar libros; el obediente Zuluaguita, que vive con cara de dolor; y el divertido Fabio, quien siempre anda ofreciendo puestos desde su triciclo.

La otra pandilla la lidera Memel, el primo hermano de Pachito y con quien definitivamente no se entiende. Memel es muy vanidoso, incluso se echa pestañina y laca, vive obsesionado con su figura y le habla a los espejos. Sus amigos son Angelinetas, un niño muy temible y glotón, quien es capaz de comerse solo una marrana entera; Varguitas, que se la pasa jugando con el lego; y

Simón, que es un niño problema porque no sabe sumar ni leer, y tampoco identifica las letras, ni siquiera La U.

Otras pandillas que a veces intervienen son la del Bosque Izquierdo, integrada por Clarita, Petrusco y los terribles hermanos Samuel e Iván. Y la de un grupo de niños que son muy peliones, a la que pertenecen Marquitos, Tania y Dummy, una representación caricaturesca de los guerrilleros. Todos ellos van

tejiendo las historias que hacen que este libro sea toda una irreverente curiosidad.

¿Por qué Pachito? —Pachito es el político más tierno de la clase dirigente colombiana y no me veía, si esto tiene éxito, sacando muñecos de felpa o llaveros de Roy Barreras o Fabio Valencia Cossio. Además, Pachito es para comérselo a besos, eso todos los sabemos.

¿Cómo fue el proceso de creación? —Fácil, porque la política colombiana es así de elemental: es una cosa de pandillas y de niños. Los títulos del libro son dignos de una saga infantil, pero están copiados de la realidad. Por ejemplo, el de Pachito guarda silencio hace referencia a cuando le arrebataron vulgarmente la candidatura a la que tenía derecho en esa mezcla de exposición equina y de mitin político que los uribistas hicieron en Corferias para elegir a su candidato. Él salió bravo y dijo que iba a guardar silencio durante un mes y de verdad lo hizo. Ese es el mejor momento de Pachito, cuando más lo querían y cuando menos la embarró.

¿Qué piensan sus hijas del libro? —Les gustó mucho. A Guadalupe le estaba leyendo ayer uno y se quedó dormida, lo cual es buen indicio. Los niños casi siempre se fijan en los detalles de los dibujos, y con eso se entretienen. Además, la saga trae un libro de actividades donde pueden vestir a Roy, dibujar cinco expresiones de la boca de Zuluaguita, ayudarle a repartir la torta al regordete Cárdenas y pegar calcomanías de personajes en hábitats como Anapoima, La Habana, la Plaza de Bolívar y El Ubérrimo.

¿Cómo se define como papá? —Yo era mucho mejor papá teórico. Juré que iba a ser más tranquilo y me he descubierto muy nervioso y repitiendo el curso de todo papá. Como dice Antonio Sanint, la paternidad es un lugar común. Antes de tener hijos, uno jura que va a ser muy distinto al papá de uno, pero al final termina subiéndose los pantalones cada vez más o, como dice Antonio, se queda mirando un paisaje y dice: “Carajo, ¡qué belleza de vacas!” y cosas por ese estilo.

Su papá, Daniel Samper Pizano, anunció su retiro del periodismo. ¿Eso le implica una carga? —No, para nada. Siempre me he hecho una especie de lavado psicológico o psicoanalítico para saber que mi lugar en el mundo no está referenciado a él. Tuve la desgracia que me gustara lo mismo que a él y la doble desgracia de llamarme igual, que ya es absurdo. Sin embargo, siempre tuve claro que mi reto era alcanzar mi altura, tener mi propia voz y no imitar la de nadie. Pero seguramente me sentiré más cómodo de que en la prensa haya solo un Daniel Samper.

¿Cada vez tiene más enemigos? —Me imagino que sí, eso incomoda y angustia un poquito, aunque sé que muchos de ellos lo asumen con humor. Me salva que lo que hago es sátira, es decir, creo que mis enemigos son distintos a los de mi papá o a los de Daniel Coronell porque es difícil pelear con un payaso. Yo hago la columna en absoluta libertad y con la intención más pura de ser independiente, como si se la fuera a mandar por e-mail a un amigo y no a una revista, trato de no autocensurarme, incluso con los chistes que pueden ser crueles.

Lo critican por meterse con los defectos físicos de las personas —Cada vez he tratado de pulirme y de refinarme más en eso. En el humor todo está permitido; creo que, más que el qué, es el cómo. Una cosa es decirle al registrador que es ‘jeta de trucha’ y otra hablar de él como si fuera Angelina Jolie. Aclaro que hago la comparación por los labios porque no me consta que el registrador se haya hecho las dos mastectomías. Sin embargo, cada vez intento que esos defectos físicos señalen problemas morales o éticos. Trato de no decir simplemente que los ojos de Santos son chiquitos, sino que, en la medida que dice una mentira, retiene líquidos en los párpados. Pero también defiendo los chistes gratuitos que simplemente hacen reír.

¿Le han pasado cosas jartas? —Realmente la columna ha sido un buen pretexto para no tener que asistir a eventos sociales. Me he dado como el permiso de guarecerme de alguna manera porque uno no puede ser independiente y luego salir a carear en cocteles a todos de los que ha dicho alguna cosa. Por ejemplo, alguna vez una señora me reclamó por algo que escribí, pero tuve la salida de decirle que me estaba confundiendo con mi papá, que yo sería incapaz de decir algo semejante y logré irme. Ahora que mi papá se retiró, me va a hacer falta para echarle la culpa.

¿Le cree a algún político? —La última persona en la que creí fue en Mockus. Ahora hago parte de un bloque grande de la población que no sabe por quién votar. Tengo claro que no voy a hacerlo por Santos ni por Zuluaga, y menos después de esta guerra sucia en la que salpicaron de estiércol a todo el país. Las dos campañas, por igual, están metidas en un diálogo de insultos y de cuchillazos. Ahora, si me ponen a escoger entre Zuluaga y Santos, naturalmente prefiero a Santos, aunque me parece cínico, mentirosísimo, puñalero y no le creo, pero es menos grave él que un regreso de Uribe, que sería la guerra civil.
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