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Drew Barrymore: “Recuerdos de mi infancia desenfrenada”

Drew Barrymore: “Recuerdos de mi infancia desenfrenada”

REVISTA JET-SET

En su nuevo libro, Wildflower, la protagonista de Los Ángeles de Charlie evoca cómo sobrevivió a las secuelas de su dura niñez, cuando iba de rumba a discotecas a los 7 años y ya era drogadicta a los 12.
Drew, de 40 años, evoca en su libro el momento en que un juez de California la declaró oficialmente adulta a los 14. Era mejor eso que vivir con sus irresponsables padres.
Por: 5/11/2015 00:00:00
A cualquier pequeño le cambia la vida si se vuelve famoso antes de los 10 años, pero el caso de Drew es uno de los más insólitos. De hecho, es un conocido ejemplo de lo alto que se paga el precio de la fama, pero ella ahora hurga de un modo más íntimo y aleccionador sobre los hechos que la convirtieron en la niña más escandalosa de la década del 80.
A sus 40 años, Drew ha vertido esas reflexiones en Wildflower, libro que navega entre los géneros del ensayo y las memorias. En él, se remonta a 1982, cuando se convirtió en un ídolo de multitudes alrededor del planeta, tras interpretar a la pequeña Gertie en E.T. El extraterrestre, la cuarta cinta más taquillera de la historia. Mientras que su país, extasiado con su hermosura, la coronaba como “la novia de América”, ella tenía una vida que parecía todo menos la de una niña. Sus fans solo eran adultos, puesto que no les gustaba a los demás infantes, entre los cuales, cuenta en su obra, jamás tuvo un amigo. 
Ello la hizo anclarse en el mundo de los grandes, a “madurarse biche”, como lo sugirió su célebre entrevista con el presentador de televisión Johnny Carson. Tenía 7 años, pero jugaba a la mujer de 27, con una coqueta actitud con Carson y una dentadura postiza con la que quería ocultar que se le habían caído sus dientes de leche. 
Tan graciosa precocidad escondía la realidad de la hija de una familia disfuncional en extremo. Su padre, el actor John Drew Barrymore, hijo de la leyenda John Barrymore, era un alcohólico violento que entraba y salía de la vida de su hija y no la apoyó. Jaid, su madre, tampoco tenía mucho sentido de sus responsabilidades, aunque la actriz ahora la disculpa con el argumento de que “hacía lo mejor que podía, siendo aún muy joven”. Se había criado en un campo alemán para refugiados húngaros desplazados por la Segunda Guerra Mundial y, al divorciarse de Barrymore, empezó a llevarse a Drew a sus parrandas en Studio 54, la discoteca más célebre de Nueva York. Allí, la niña fue estimulada por los amigos de Jaid a probar las drogas y a bailar con hombres mayores famosos. A los 8 años se llamaba a sí misma una party girl (chica fiestera), pues iba de farra más de cinco noches a la semana.
Por supuesto, tocó fondo. A los 12 ya había pasado por un proceso de rehabilitación de drogadicción y alcoholismo, y a los 13, intentó quitarse la vida cortándose las muñecas. En su libro, anota que aquel fue el momento más oscuro de esos días y pensaba que no llegaría a los 25. “Solo sabía que estaba realmente sola y eso me hacía sentir terrible. Fue un momento de mucha rebeldía, quería huir y estaba muy, muy molesta porque mis padres no estaban ahí”, escribe en Wildflower.
Drew se volvió tan inmanejable, que Jaid tuvo que internarla año y medio en una institución para enfermos mentales. “Era un campo de entrenamiento, un reformatorio horrible, pero yo necesitaba esa disciplina demente. Mi vida no era normal. No era una niña de colegio como todas y necesitaba un cambio severo”, cuenta la artista.
Luego de enfrentar a los compañeros que intentaron drogarla contra su voluntad, en ese lugar a donde su madre solo iba a verla ocasionalmente, la experiencia valió la pena. “Salí de allí sabiendo por primera vez lo que significaba decir ‘por favor’ y ‘gracias’. Fue lo mejor que me pasó en la vida”.
Pero si ella había cambiado, su madre, quien la explotaba, no. La institución consideró que Drew no debía vivir con ella en su reintegración a la sociedad y fue emancipada legalmente a los 14 años. Barrymore revela que el día en que se alejó de Jaid marcó uno de esos “preciosos momentos privados de esperanza”, aunque los primeros meses que estuvo sola fueron “sobrecogedores”. “No tenía la menor idea de cómo llevar una casa. Crecían hongos por todo el apartamento al que me fui a vivir, ubicado en un vecindario peligroso, lo que no me dejaba dormir”, recuerda.
Para aquel Hollywood que la había glorificado, ahora era una paria, pues no le daban trabajo como actriz. Después de vivir como una pequeña reina, trabajó lavando baños y como mesera, debido a que el orgullo no le permitió pedirle ayuda a su padrino en el cine, Steven Spielberg, uno de los hombres más poderosos de la industria. 
A los 17, cesó la mala racha, y en los siguientes seis años rodó 16 películas, incluido el hit de taquilla Batman Forever. Los 20 y los 30 fueron liberadores, expresa, y se sentía más feliz que en la infancia. A los 25 ya se había divorciado dos veces y pese a los excesos de niña que pudieron volverla abstemia, bebía y parrandeaba, con moderación, y tuvo unos 20 novios. 
Hoy, disfruta del hogar que no tuvo, al lado de su esposo, el consultor de arte Will Kopelman, con quien tiene dos niñas, Olive, de 3 años, y Frankie, de 1, a quienes dedicó su nuevo libro, por lo cual evitó ser muy cruda en los detalles menos presentables de su adolescencia. “¿Quiere protegerlos de su pasado?”, le preguntó The Guardian, y ella contestó: “El libro no está negando nada. Me cogen fuera de base cuando me dicen: ‘¿Qué vas a hacer cuando tus hijos te busquen en Google?’, y pienso, ‘Dios, eso es muy acusatorio’. No pretendo ser lo que no soy y les voy a mostrar cómo llegué al punto estable en que me encuentro”.
Su padre murió hace 11 años, como un drogadicto de la calle, mientras que con su madre habla muy poco. “La verdad es que por muchos años no supe cómo sentirme con ella. Es muy doloroso tener sensaciones encontradas sobre la mujer que te dio la vida. Pero fue lo que me tocó experimentar hasta sentirme bien, a pesar de que no sé si algún día lo resolveré”, concluye.

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