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Juan Gonzalo Callejas, el cura exorcista y escritor

Juan Gonzalo Callejas, el cura exorcista y escritor

REVISTA JET-SET

El sacerdote católico se vale de su experiencia juvenil, en la que fue servidor del demonio, para hoy luchar contra las fuerzas del mal. Después de ordenarse, realizó exorcismos en Argentina, dirige la Fundación Victoria de la Cruz en Bogotá y es autor de cinco libros que forman parte de su misión religiosa: sanar las enfermedades espirituales.
El sacerdote diocesano Juan Gonzalo Callejas se formó como exorcista en México. En su preparación tuvo gran importancia la lectura de los libros de los padres exorcistas José Antonio Fortea y Teodoro Kranz, quienes son sus amigos.
Por: 27/8/2015 00:00:00
A los 14 años su vida dio un vuelco en materia de fe. Juan Gonzalo Callejas Ramírez, hijo de una familia católica de Medellín, se dejó tentar por las propuestas de algunos compañeros del colegio. Empezó a hacer dinero con la venta de pornografía; la distribución de literatura sobre sadismo, brujería china, adivinación y magia, además del comercio de armas blancas.
En su primer libro, Contra la brujería, editado por Intermedio en 2011, el sacerdote diocesano narra cómo en los años 90 sus amigos eran roqueros que andaban armados, traficaban con drogas, lavaban dólares y se lucraban del sicariato. Su vida iba en caída, y aunque la muerte de algunos de los integrantes de su pandilla lo cuestionó, fue un accidente automovilístico, en el que por poco muere, lo que lo sacó de su propia oscuridad. “Vi imágenes de toda mi vida pasar frente a mis ojos en cuestión de segundos. Esa noche quise rezar, pero después de cinco años de antiteísmo se me había olvidado cómo hacerlo”, recuerda.
A los pocos días, su madre, quien durante cinco años había tratado de alejarlo del mal, llevó a su casa a un exorcista. El hombre entró en su habitación empapelada de afiches de grupos de heavy metal, dibujos del infierno que él mismo había hecho y murciélagos muertos clavados en las puertas de su armario. Todo fue a dar a una fogata, junto con su música, las camisetas con estampados satánicos y los manuales de hechicería con los que intimidaba a la gente. La imposición de una cruz sobre su espalda dio inicio a su liberación. Él no fue protagonista de una escena de película de terror, nunca escupió a su liberador, su cabeza no dio vueltas, y mucho menos habló con una voz de ultratumba.
Con el tiempo canceló el cuarto semestre de ingeniería electrónica que cursaba en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín y viajó a Cuenca, España, para realizar su formación sacerdotal. Después de trabajar como productor técnico de un canal de televisión en Cáceres, se trasladó a Argentina. En su labor como misionero, en la pastoral juvenil en la parroquia del barrio Vucetich de Buenos Aires, descubrió su verdadero ministerio: el exorcismo y liberación. “Los diferentes casos que atendí me aclararon que la brujería es la puerta principal para las posesiones demoníacas. Ni Dios ni el diablo pueden actuar en el mundo si el hombre no se los permite, y desafortunadamente hay más invocadores del diablo”.
A su regreso a Colombia, los exorcismos quedaron reducidos solo para casos extremos y el sacerdote prefirió concentrar su fuerza y preparación en la lucha contra la brujería. 
¿Usted es un exorcista como el de la película de William Peter Blatty? –Esa película fue una exageración de Hollywood, puro maquillaje. Si alguien quiere darse cuenta de cómo es verdaderamente nuestro trabajo, le recomiendo las películas El exorcismo de Emily Rose, basada en la historia real de Anneliese Michel, o Líbranos del mal, que recrea los testimonios de un sacerdote de Estados Unidos que terminó trabajando con un policía para resolver los casos de posesión diabólica provocados por una secta.
¿Le han pedido asesorías sobre su especialidad? –He tenido contacto con la Policía Nacional porque están interesados en formar un escuadrón preparado para enfrentar los crímenes religiosos, que cada vez son más frecuentes. Y, por otro lado, Sony Pictures me llama para catalogar sus películas basadas en exorcismos, y darles el visto bueno. Lo he hecho con Líbranos del mal, y con Insidious 3. En la última no estuve de acuerdo con que usaran a una médium. Les aclaré que usar un espiritista para hacer la liberación es llamar a otro siervo de Satanás.
¿Cómo ha recibido la Iglesia católica su ministerio como exorcista? –Lastimosamente se ha abandonado la práctica porque por estos días todo se relega al plano psicológico o psiquiátrico. Mi deber primero es con la Iglesia católica y después con las almas torturadas por el diablo. No estoy de acuerdo con que dejemos a la gente tirada con su desesperación y la mandemos donde un médico. Muchas veces han sido los mismos psiquiatras quienes me remiten a sus pacientes, incluso lo han hecho algunos pastores protestantes que saben que hay casos que solo un sacerdote católico puede resolver.
¿Cuáles son los demonios a los que se enfrentan las personas hoy? –Son muchos, pero vivimos en una cultura suicida. Por ejemplo, la bulimia y la anorexia también son maleficios para que las personas se autodestruyan. Por otro lado están las sectas que atraen adeptos a partir del control mental y el lavado de cerebro, como la cienciología, que tienen un trasfondo satánico. Eso no quiere decir que a todo el mundo se le deba hacer un exorcismo. Los casos de posesión diabólica no son frecuentes. La gente piensa que si está en pecado tiene el diablo adentro; si eso fuera cierto, el 98 por ciento de la humanidad estaría poseída.
¿Cuál es su misión actual? –Cerrar las puertas de la superstición para que el demonio quede sin fuerza y pierda todas sus facultades para hacer el mal. En la Fundación Victoria de la Cruz, de las 300 personas que recibimos al mes, salimos triunfantes en 250 casos, en la primera o segunda consulta. En cambio, con los exorcismos se liberan dos personas cada tres meses. Sin embargo trabajamos de la mano con el exorcista de nuestra diócesis de Engativá a quien ya le hemos remitido tres casos de posesión diabólica.
¿Hacia dónde va su trabajo? –Mi meta es crear un hospital espiritual, en donde no solo trabajen médicos que traten lo biológico y mental, sino que estén los sacerdotes y religiosos que vean la parte espiritual, para hacer una sanación complexiva. Si una persona tiene un problema de depresión o pensamientos suicidas, que en el hospital le podamos ofrecer una solución y no vaya a parar a un manicomio. El ser humano no es solo cuerpo: es alma y espíritu. La humanidad está enferma y muchas de las enfermedades físicas son solo un reflejo de lo que se tiene en el alma.

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