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Juan Carlos Uribe el encantador de caballos

Juan Carlos Uribe el encantador de caballos

Revista Jet-set

Juan Carlos Uribe Samper lleva 25 años domando caballos y su conexión con ellos es tan impresionante que ya ha enamorado literalmente a dos. Es jinete profesional, representa al país en competencias de adiestramiento y tiene una academia ecuestre, en los límites entre Bogotá y Chía, en la que dicta clases de equitación a niños.
Juan Carlos Uribe tiene 25 caballos de academia y 4 de competencia. Reconoce que hay unos más difíciles de domar, pero hasta ahora ninguno le ha ganado la batalla. Foto: Gerardo Gómez/13.
Por: Edición 26227/6/2013 00:00:00
Juan Carlos Uribe dice que en su adolescencia fue como un potro salvaje: brioso, rebelde y no se dejaba domar. Por eso le parece paradójico ser llamado “el domador de caballos”. En realidad fueron estos animales los encargados de amansarlo a él. “Yo tenía un carácter muy difícil, era muy inquieto y ellos me apaciguaron. Hoy me precio de ser una persona excepcionalmente tranquila”.

Camina sin apurar el paso y habla con calma, cuando está domando un caballo su tiempo es para este. Espera paciente a que el animal reconozca el terreno mientras observa su lenguaje corporal. “La señal de que un caballo está tenso es que tiene los músculos contraídos, sus orejas paradas y su cabeza altiva”. Cuando identifica el sitio en el que caballo se siente cómodo, empieza a expulsarlo golpeando la arena con un lazo, haciéndole entender quién es el líder de la manada. En esta fuerza de poderes entre domador y caballo llega el momento en que el animal se cansa de huir y se relaja. Ahí es cuando ambos empiezan un juego de miradas y olores. “Le toco las comisuras, los genitales, meto mis dedos entre su boca y olfateo su aliento. Cuando finalmente el caballo se tranquiliza, relaja los labios, empieza a saborearse y descuelga su cabeza en señal de sumisión”, dice.

El proceso con cada uno es diferente pues son ellos quienes le dictan la pauta. Por ejemplo, hay gente que cuando se acerca a un caballo lo asusta y es porque sin saber lo está atropellando. “Aquí pasa igual que con los humanos. Uno a veces va a un coctel, le acaban de presentar a alguien y este lo saluda de una vez con un beso en la mejilla. Uno se queda pensando: ‘¿por qué me besa’. Esa persona usó todos los códigos de comunicación de nuestros antepasados y los rompió de una”. Lo mismo sucede con los caballos: para que la relación fluya hay que ir rompiendo esos códigos de una manera sutil, partiendo de la base de que son animales de manada, de pradera y de huida.

Curiosamente este bogotano nunca ha visto domar ni ha tomado cursos, lo que sabe, dice, es porque se lo ha enseñado la vida. Según él, su pasión nació por una entrevista que le hicieron en BBC News a Monty Roberts, quien inspiró la película El señor de los caballos, que protagonizó Robert Redford. “En la nota había un recuadro donde él explicaba su técnica y pensé: ‘yo puedo hacer eso’”, cuenta Uribe quien pagó parte de su carrera de administración y filosofía con la doma de caballos y haciendo exhibiciones.

Ha domado más de 100, árabes, de paso fino, de salto, de polo, etc. Hasta ahora, ninguno le ha ganado la batalla. Aunque reconoce que hay unos más difíciles y eso depende de la relación que hayan tenido con los humanos. “Una vez tuve una yegua que me dio mucho trabajo. Dije: ‘voy a ir a visitarla a otra hora, porque esto no es normal’, y descubrí que el mayordomo le pegaba para que no me hiciera caso. Me la llevé para otra finca donde respetaban el proceso y a la semana ya estaba perfecta. Se la devolví al mayordomo y le dije: ‘no le vuelva a pegar y tranquilo que su jefe no se va a enterar’”. Hay algunos con los que se ha demorado más que con otros. “En Pereira llegué a domar un caballo a las 10:00 de la mañana y lo logré montar a las 7:00 de la noche. Pasé nueve horas caminando al lado de él hasta que cedió”.

Para Juan Carlos lo más bonito de esto es que ya hay un grupo de personas que reconocen ?que los caballos entienden más si se tratan con respeto y no a la fuerza. “Mi teoría es que ellos no son una herramienta de trabajo sino un regalo y, como tal, hay que tratarlos. Son animales nobles y terapéuticos. Atendí el caso de un niño autista, de 11 años, que nunca había dicho ni una sola palabra y cuando me veía a mí encima del caballo ?decía: ‘hola muchacho’. Fue tan mágico que vinieron expertos de Estados Unidos a estudiar este comportamiento”. Según él, está comprobado que los pequeños que socializan con equinos tienen infinidad de beneficios: “Son más pacientes, aumentan su seguridad y confianza, les va mejor en el colegio, no gritan en la casa y se vuelven más sociables”.

Uribe conoce tan bien el lenguaje de estos animales que un día mientras participaba en un concurso le dijo a una de sus alumnas: ‘detente, tu caballo quiere orinar’. “No me pregunten cómo supe pero ella paró y el caballo orinó. Los otros entrenadores me miraron como si estuviera loco pero yo les dije: ‘era muy evidente’”. Su conexión con ellos es tan profunda que cuando llega al establo por la mañana los caballos empiezan a relinchar para saludarlo. “Me ha pasado incluso que dos caballos en medio del entrenamiento han querido hacer el amor conmigo”. Pero realmente es Juan, con su paciencia, quien todos los días les hace saber lo mucho que los ama.
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