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Recuerdos de Camelot

Recuerdos de Camelot

Revista Jet-Set

El crimen del 22 de noviembre de 1963 acabó con la vida de John F. Kennedy, pero no con el mito de la magia que emanaban él y su esposa, Jackie, la eterna primera dama de la elegancia.
Jack, como le decían familiarmente al futuro presidente, a bordo del barco Bremen rumbo a Estados Unidos tras visitar a su padre, embajador en Londres, en 1938. Del viaje surgió su tesis universitaria, Why England Slept, que se convirtió luego en un best seller. Foto: AP
Por: Edición 2716/11/2013 00:00:00
Las nuevas generaciones no presenciaron su apoteosis, pero aún así se sienten subyugadas por el encanto de los Kennedy. Series de televisión, libros, reportajes, revistas especiales, películas y exposiciones, convocan todavía en masa, alrededor del planeta, a un público que parece no saciarse con saber nuevos detalles de sus vidas o con contemplar una y otra vez las imágenes de un momento irrepetible que hace medio siglo llegó a su fin.

Él, John Fitzgerald Kennedy, un presidente joven como pocos, guapo, millonario y carismático, había instaurado una época de renovación y confianza en Estados Unidos. La sola condición de ser el primer gobernante católico en la historia de una nación decididamente protestante ya era mucho decir. Ella, Jacqueline Lee Bouvier, de una aristocrática familia del este, hizo del buen gusto un propósito nacional predicando con el ejemplo del estilo impecable de su ropero. Pero aquel 22 de noviembre de 1963, supuestamente llamado a ser otro brillante día de la era Kennedy, la rueda de la fortuna, que siempre había girado en su favor, trocó su voluntad y en medio de un multitudinario desfile por las calles de Dallas, Texas, el mandatario fue asesinado por las balas de Lee Harvey Oswald.

Si es verdad que los moribundos repasan su vida antes de expirar, Kennedy debió contemplar la suya, al abrigo de los brazos de su esposa, en la limusina descapotada que los conducía. El desfile de evocaciones debía comenzar con su llegada al mundo en Brookline, estado de Massachusetts, el 29 de mayo de 1917, en un hogar signado por la riqueza, la ambición, el magnetismo y la inteligencia. Joseph Kennedy, el padre de Jack, como se le conocía familiarmente al futuro presidente, amasó millones como banquero, productor de cine y gestor de otras empresas. Incluso, se especula que había traficado con alcohol en la época de la Prohibición.

En casa, era el esposo de Rose Fitzgerald, quien le había dado nueve hijos, entre los cuales John era el segundo. En esos años se diría que su destino era pasar sin pena ni gloria en la historia familiar, como profesor universitario, por ejemplo. De salud frágil desde niño, con el tiempo se supo que la rara enfermedad que lo aquejaba era el mal de Addison, a la que se sumaron los torturantes dolores de espalda fruto de una fractura y colitis. El debilucho Jack era insignificante ante su hermano mayor Joe Jr., la adoración de su padre, quien admiraba su ánimo competitivo. Cuando el mismo patriarca fracasó en la política al salir por la puerta de atrás de la embajada de su país en Londres, se propuso impulsar a su primogénito y soñó con la presidencia para él. No obstante, Joe murió carbonizado batallando en la Segunda Guerra Mundial y ello despejó el camino de Jack hacia la cumbre. Para ese momento ya había emulado el heroísmo de su hermano, pues moviendo influencias, consiguió que lo destacaran en el Pacífico sur en un pequeño buque torpedero, el PT-109, el cual fue partido en dos por el enemigo japonés. Jack, un excelente nadador, salvó a la tripulación.

Terminada la guerra, se inició en la política en 1946 como congresista por Massachusetts, con tan solo 29 años, y poco a poco se fue revelando como un estratega y pensador del Partido Demócrata, además de conquistador de multitudes. Desde esos días se vislumbraba el estilo fresco y seguro que le valió un lugar de excepción en la historia, gracias a las audacias de su mente, pero también a su presencia. Era muy alto (medía 1,85 metros), su abundante pelo le daba un aire siempre juvenil y la mirada de sus ojos gris verdoso cautivaba a hombres y mujeres por igual. Convaleciente de una de sus recaídas, escribió el libro Profiles in Courage, que le mereció el Premio Pulitzer. Joe, por su parte, aprendió a sentirse cada vez más orgulloso de su hijo y enfilaba toda su artillería de contactos en los estratos más altos y más precarios del estado para asegurar sus copiosas votaciones. Jack se había convertido en un gallardo político pero, acorde con las convenciones de entonces, tenía que formar un hogar que sellara su prestancia, sobre todo cuando resolvió tomar distancia de Joe, con quien no siempre coincidía en la ideología.

Mujeriego como su padre y adicto al sexo, había tenido siempre romances ligeros. Su primer noviazgo serio fue con Inga Arvad, quien fue acusada luego de haber sido espía nazi. Mientras que Jack seguía desenvolviéndose en la tribuna legislativa con acierto, una bella joven, del más rancio abolengo, se iniciaba también en la formación de la singular personalidad gracias a la cual llegaría a ser la mujer más famosa del mundo. Todo en la vida de Jacqueline Lee Bouvier era exclusivo: las niñeras inglesas, los caballos, las casas en los lugares más elegantes de Nueva York y Newport, la ropa de París y hasta su nombramiento como la debutante del año, cuando estaba lista para que un buen partido la desposara. Pero ella no anhelaba ser ama de casa y dejó los exclusivos colegios y universidades de su entorno por París, la capital de esa Francia donde se hundían las raíces de su adorado padre, John Vernou Bouvier III, quien se había divorciado de su madre, Janet Norton Lee, cuando ella tenía diez años.

“Aprendí a no vivir avergonzada por mi sed de conocimiento”, recordó Jackie, quien estudió literatura francesa en la George Washington University. Para disuadirla de retornar sola a París, su padre le consiguió un empleo como reportera en el diario Times-Herald, de Washington. A sus entrevistados les hacía preguntas típicas de su sagacidad como: “¿cree usted que una esposa debe hacerle creer a su marido que es más inteligente que ella”.

Pronto tendría la oportunidad de comprobarlo. Un compañero del periódico, Charles Barlett, le presentó a Kennedy en una cena y esa noche ella dejó de pensar que el joven legislador era un aburrido. Él la asedió con llamadas desde teléfonos públicos, en fiestas y toda suerte de citas sociales. Cuando ella tenía 23 años y él 36, se casaron en Newport en la que fue bautizada como la boda más brillante de 1953 y quizá de la década. Cerca de 750 invitados disfrutaron de los festejos, comparados con la reciente coronación de la reina de Inglaterra.

El arranque del matrimonio fue duro. Ella perdió un bebé y su primera hija, Arabella, nació muerta. Jack no fue a verla sino a los tres días, temeroso de que ella no pudiera darle herederos. En 1957 la suerte le cambió al dar a luz a Caroline Kennedy, la única de la familia que sobrevive.

Para ese momento Jack estaba listo para gobernar y Jackie era cada vez más un plus en su desempeño público. En 1960, el vigor, la elegancia y la modernidad que proyectaban los dos, le mereció derrotar a Richard Nixon. Era el primer presidente nacido en el siglo XX y desde su breve discurso de posesión, uno de los más citados hasta hoy, cautivó con frases tan famosas como: “no preguntemos lo que nuestro país puede hacer por nosotros, sino lo que nosotros podemos hacer por nuestro país”. Kennedy se centró en liderar la causa de la libertad dentro y fuera de la unión americana, en contener el expansionismo de su gran rival, la Unión Soviética, y en solidificar la filosofía americana de la Guerra Fría. Pese a turbulencias como la crisis de los misiles de Cuba, aquel fue un tiempo que Estados Unidos recuerda como feliz.

Y si alguien contribuyó a ello fue la primera dama. Una serie de encantos como su conversación pausada e interesante, su sofisticación, su sonrisa perpetua, su proverbial sentido estético, sus dotes de gran anfitriona o su versación en temas históricos o literarios, hacían que la gente siempre quisiera más. Y así nació la leyenda del Misterio Jackie, por lo indefinible que se volvió esta mujer que sabía cuándo retirarse, luego de hacer sentir a los que la abordaban que el momento que habían pasado era el más especial del mundo.

En la histórica visita de Estado a París, donde una multitud enardecida le gritaba en francés “Vive Jacqui! ¡Vive Jacqui!” (“Viva Jackie!”), Kennedy dijo que él era el hombre que había acompañado a la primera dama a Estados Unidos y no lo contrario.

Pero si en algo se notó la huella de Jackie fue en la moda, célebre por sus trajes inmaculados, sencillos, pero arrolladoramente elegantes. Desde joven, quiso romper con el estilo recargado de las señoras de antaño y la dupla que formó con su modisto, Oleg Cassini, exnovio de Grace Kelly, le valió la distinción de imponer un estilo que aún siguen copiando desde esposas de mandatarios hasta mujeres del común.

Gracias a Caroline y John-John, los hijos de la pareja, la Casa Blanca fue habitada por niños por primera vez desde 1895. Ellos también le valieron a Kennedy su exitosa imagen y él sabía que cada vez que aparecían sus imágenes, a veces contra la voluntad de Jackie, el público se enamoraba más de él.

Todo aquel cuento de hadas, con sus fantasías y turbulencias, tuvo un mal fin con el crimen de Dallas, cuyos verdaderos autores y causas siguen siendo para muchos un enigma, objeto de múltiples teorías de conspiración.

Pasado el impacto de la tragedia, Jackie recordó, en una de las pocas entrevistas que dio en su vida, un pasaje de una popular comedia musical de la época, que comentó alguna vez con su marido porque la había cautivado: “no debes olvidar que una vez hubo un lugar, por un luminoso breve momento, llamado Camelot”. Con el tiempo, las palabras se volvieron proféticas, como ella misma lo sentenció: “habrá un gran presidente otra vez, pero no otro Camelot… Nunca volverá a ser de esa manera”. Desde entonces, los años de los Kennedy en la Casa Blanca se resumen bajo el nombre de aquel idílico paraje.
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