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Las mujeres de Donald Trump

Las mujeres de Donald Trump

REVISTA JET-SET

De ganar la presidencia de Estados Unidos, el candidato republicano sería el primer mandatario gringo con tres matrimonios y dos divorcios a cuestas, lo cual le habría cortado el camino a la Casa Blanca hace pocos años.
De ganar la presidencia de Estados Unidos, el candidato republicano sería el primer mandatario gringo con tres matrimonios y dos divorcios a cuestas, lo cual le habría cortado el camino a la Casa Blanca hace pocos años.
Por: 19/5/2016 00:00:00

El éxito arrollador de la campaña de Trump en las filas del partido republicano sugiere un cambio en la nación más poderosa del globo. Lo que en principio fue visto como otra extravagancia de un multimillonario de farándula, quien elevó su fama por conducir un reality show, se convirtió en un proyecto político que tiene patas arriba al conservadurismo estadounidense y amenaza con instalarse en la Casa Blanca, a pesar de la naturaleza atrabiliaria de su líder.

Pero Trump no solo ha revolcado la manera de hacer política por ganar votos a punta de repartir insultos a diestra y siniestra, sino que con él, el otrora puritano electorado gringo parece deshacerse de los prejuicios morales y sexuales que ayer le hubieran impedido aspirar a la presidencia a cualquiera por más carismático que fuera.

En 240 años de historia, solo un divorciado, Ronald Reagan, ha sido elegido mandatario y solo dos primeras damas, Rachel Jackson y Betty Ford, estuvieron casadas antes de ser las esposas de Andrew Jackson y Gerald Ford, respectivamente. En los años sesenta, Nelson Rockefeller, de una de las familias más acaudaladas del mundo, perdió la oportunidad de gobernar el país, repudiado por la opinión pública tras haber dejado a su esposa por su amante, también adúltera.

Las multitudes que hoy respaldan a Trump no se notan nada interesadas en darle la espalda por ser divorciado (no una sino dos veces) como Reagan, por haberse casado con una divorciada como Ford o por haber sido tan infiel como John F. Kennedy o Bill Clinton. Este último, a propósito, protagonizó con Monica Lewinsky el peor escándalo sexual entre los muros de la Casa Blanca, pero hizo un acto de contrición válido para la religiosidad americana, de modo que no perdió a su esposa, Hillary, quien posiblemente será la contrincante demócrata de Trump en los comicios de noviembre.

El magnate de la finca raíz sería el primer presidente estadounidense en haber tenido tres esposas “trofeo”, célebres por su belleza y reconocidas en el espectáculo. Dos de ellas, curiosamente, son inmigrantes, un grupo contra el que el político ha arremetido sin piedad.

En su juventud, la avidez por aumentar la fortuna que le dejó su padre, Fred Trump, lo hizo un poco indiferente con las mujeres, hasta que conoció a la esquiadora olímpica checa Ivana Marie Zelnícková. Tras divorciarse de su primer esposo, Alfred Winklmeier, en 1973, ella burló el régimen comunista de su patria y se estableció en Montreal, Canadá, donde trabajó como modelo y fue contratada para promocionar la Olimpiada que tendría lugar en esa ciudad en 1976. Con esa misión llegó aquel año a Nueva York, pero sacó tiempo para una copa en el bar del restaurante Maxwell’s Plum, adonde modelos y azafatas acudían para conquistar a los mejores partidos. Ivana dio en el clavo pues allí conoció a Trump, con quien se casó en 1977, en la boda más brillante de su tiempo.

Los Trump se volvieron la pareja reina de la high life de la Gran Manzana, pero ella no se conformó con ser la esposa bonita y derrochadora, sino que ocupó cargos directivos en la organización de su marido, como vicepresidente de diseño interior y presidenta, nada menos, que del mítico Plaza Hotel.

En los salones de Nueva York se comentaba el aire imperial de los esposos, cuya armonía se fue a pique cuando Donald, ya cuarentón, empezó a verse a escondidas con Marla Maples, una belleza sureña de Georgia, 17 años menor que él. A donde Trump iba con su familia, instalaba a su amante clandestinamente en un sitio cercano, hasta que un día las dos mujeres se toparon cara a cara en las cumbres nevadas de Colorado.

Ivana, quien le dio tres hijos a Trump, Donald Jr., Eric e Ivanka, pidió el divorcio y el prestigio de Trump se trocó en vergüenza porque la prensa reveló los detalles más salaces de su infidelidad y su amargo divorcio. Se decía que, ciega de la furia por la humillación y aunque el acuerdo prenupcial solo le reconocía diez millones de dólares, la checa quería la mitad de la fortuna de Donald, incluida la joya de la corona, el Plaza Hotel. Ello desató el famoso titular del New York Post “Gimme the Plaza! (¡Dame el Plaza!). En 1990, finalmente, llegaron a un arreglo por el cual obtuvo 14 millones de dólares, más lujosas propiedades, pero no el codiciado Plaza.

Por esos días, Marla le robó protagonismo a Ivana al declararle al Post, en primera página: “Con Donald he tenido el mejor sexo de toda mi vida. Es un amante maravilloso”. En 1993 Trump la llevó al altar, dos meses después del nacimiento de su hija Tiffany, con quien el candidato tiene ahora una relación más bien distante. Todo terminó en divorcio en 1999, en medio de murmuraciones según las cuales ella engañó al empresario con el director de cine Michael Mailer, quien luego no le cumplió su promesa de matrimonio.

Donald, dueño de una fortuna de 4000 millones de dólares, tampoco había estado perdiendo el tiempo, pues le fue infiel a Marla con la modelo eslovena Melania Knauss, su actual esposa, quien, al igual que su marido, batiría algunos récords como primera dama. El más llamativo es que sería, hasta el momento, la única esposa de un presidente estadounidense en haber posado desnuda, como sucedió en 2000 cuando lo hizo para la edición británica de GQ. Ted Cruz, quien hasta hace poco le disputaba a Trump la candidatura republicana, quiso valerse de ello para humillarlo ante el país, pero de nada le valió, ya que Trump lo aplastó en las urnas y tuvo que retirarse.

Cinco años después de su destape, Melania se casaba con el magnate en otra ostentosa boda en Palm Beach, ataviada con un modelo de Dior de 200.000 dólares, ante convidados como la propia Hillary Clinton, quien seguro oyó el chisme de que la novia era una cazafortunas. Hoy, la modelo y empresaria se perfila como la segunda mujer de un presidente de Estados Unidos nacida en el extranjero, después de la inglesa Louisa Adams, esposa de John Quincy Adams. Descollaría también como la primera en haber venido al mundo en un país comunista, pues nació cuando Eslovenia hacía parte de la extinta Yugoslavia. Por todo eso, la bella y elegante Melania despierta una creciente expectativa y se anuncian nuevas intrigas familiares, dado que su antecesora, Ivana, la ve como inepta para ser primera dama. Las malas lenguas aseguran que en realidad se muere de la envidia, porque ser la anfitriona de la Casa Blanca fue el sueño no cumplido de la época en que firmaba como la señora Trump.

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