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La periodista Adriana Arango, libre a los 51 años

La periodista Adriana Arango, libre a los 51 años

REVISTA JET-SET

Después de cuatro meses de libertad, la periodista ha roto su silencio sobre la pena que pagó entre El Buen Pastor y su casa por cárcel. Durante los seis años de detención murió su padre, vivió episodios preocupantes de artritis y sufrió las dificultades de ser madre a control remoto. Dice que ahora es otra persona.
Adriana recuperó la libertad el 6 de agosto. Después de ocho años regresó a Medellín a reunirse con sus hermanas y a recordar a sus padres que ya fallecieron.
Por: 4/12/2015 00:00:00
La reconocida presentadora de televisión Adriana Arango y su esposo, Javier Coy, terminaron la condena que dictó la justicia como consecuencia de un sonado episodio de captación de dineros y estafa. La sanción que los mantuvo seis años privados de la libertad transformó la vida de la comunicadora antioqueña hasta el punto que en su escala de valores perdieron importancia la fama, el dinero y la vanidad. Arango, quien cumplirá 51 años el próximo 30 de diciembre, empieza de cero, pero con entusiasmo y motivada por la solidaridad de sus colegas que la conocen desde los años en que presentaba el Noticiero 24 Horas. Durante los primeros días de libertad, caminó por las calles de Bogotá y viajó a Medellín a visitar a su familia. Desde allá conversó con Jet-set.
Háblenos del momento en que el juez dijo: “Puede abrir la puerta de su casa, está libre”. ¿Qué sensación recuerda de ese día? –Estuve en mi casa con mi familia, con la familia de mi esposo y prendimos la chimenea. Luego fui al supermercado y me sorprendió ver todo tan amplio, porque vivo en un apartamento muy chiquito y había perdido la dimensión de los espacios. Las únicas salidas que tuve antes eran a las citas judiciales o médicas. En las calles me sorprendí al ver tantas personas en bicicleta, no conocía los Uber, ni las canastillas pequeñas para llevar el mercado. Me sentía como si hubiera aterrizado en otro mundo, a pesar de que estaba conectada a través de internet y de la televisión.

¿Llevaba mucho tiempo sin ir a Medellín? –Tenía ocho años sin ver a mis tres hermanas y sacamos unos días para este reencuentro tan importante. Hemos conversado mucho y descansado en la casa. No queremos salir a ninguna parte. También traje algunos trabajos.

¿En que está trabajando? –En investigación de contenidos, redacción de editoriales de revistas, comunicación de crisis para algunas empresas, hago free press y apoyo contenidos de redes sociales. 

¿Después de este largo periodo de detención cómo se ha enfrentado a una Bogotá convulsionada y ruidosa? –Desde el balcón del apartamento miraba a la gente muy estresada y triste. Pensaba en la dicha de estar en mi casa sin tener que correr y aguantar un trancón. Eso te da una verdadera dimensión de la libertad. Y ahora que puedo salir, me siento como una turista en la ciudad, porque logré tal nivel de tranquilidad que la periferia no me afecta. Soy una observadora, pero no me engancho con el que va de afán, ni con el que se chocó. 

¿Qué quedó de aquella Adriana que salía en televisión, que no conocía la experiencia de una cárcel? –Soy diferente a la de hace seis años. Ahora soy más reposada y segura. Me conozco mejor. Era implacable en muchos de mis conceptos conmigo y con los demás. Ahora me he comido mis palabras y miro con más benevolencia a los otros. Soy más humilde.

¿Durante la detención quién le compraba el maquillaje y la ropa? ¿Cómo le daba rienda suelta a la comprensible vanidad que todos tenemos? –La vanidad pasa a un segundo plano. Uno se vuelve superbásico, aunque no voy a decir que andaba todo el tiempo en sudadera o en pijama. Tenía una rutina y me arreglaba el pelo. Pero no me permitía antojos o compras, porque tampoco tenía los recursos.

¿Cómo hacía para controlar la ansiedad, distraer la mente y no enloquecerse? –Me llevaron cualquier cantidad de películas y veía Netflix. Dejé de ver los noticieros de televisión, porque el esquema está muy desgastado. En las mañanas oía un poco de radio, pero prefería la música clásica. Mis lecturas estaban enfocadas en temas de crecimiento y desarrollo personal. También estuve dedicada a la investigación, como un ratoncito de biblioteca.

¿Cómo fueron los diciembres de los últimos años? –Nuestros tres hijos pasaban una fecha con su papá y otra conmigo. Hubo temporadas en las cuales iban a visitarme o rezábamos la novena con los más cercanos. Cuando pasé un 31 de diciembre sola, puse música y no hubo lío. Soy muy sociable pero también disfruto la soledad. Nunca me dio depresión, ni sentí nostalgia. Celebré como si estuviera en libertad, con todas las tradiciones, la paz y el recogimiento.

¿Cómo fue ser mamá a control remoto?

–La labor de salir con las niñas a la calle la hacían los abuelos y las tías. Además la red de apoyo del colegio fue fundamental y lo sigue siendo. Nosotros estamos empezando de cero y no tenemos todavía carro, entonces usamos el SITP. Cuando hay que recogerlas en Chía, en un cumpleaños, le pedimos a alguien que vaya.

Hace poco se atrevió a hablarle a su hija menor de su detención –Natalia, de 13 años, recibió mucho apoyo de la psicóloga del colegio, solamente hasta el año pasado le explicamos la situación. Todo fue como en la película La vida es bella. Vivíamos diciéndole una “mentira blanca” en el más amoroso sentido de la expresión. Nunca se habló del tema de la cárcel. Ella en el fondo sabía que sus papás no podían salir, que tenía que hacerlo con sus abuelos. Cuando íbamos a terminar la condena, ella nos dijo que entendía que nosotros estamos privados de la libertad, y que sentía un gran alivio al poder hablar de eso.

¿Le hicieron bullying en el colegio? –Para nada. Es un colegio maravilloso al que le tenemos toda la gratitud, ellos blindaron todo el tema. Nos ayudaron con la matrícula y la pensión, nos esperaron porque estábamos supercolgados. La familia de mi esposo se ha hecho cargo, y ahí vamos poco a poco. Además, las amigas me ayudan con la lista de los útiles.

¿Cómo hizo para que su matrimonio sobreviviera en medio de tantos problemas? 

–Siempre hemos sido muy buenos amigos. El tema de la comunicación de la pareja es definitivo. La gente nos preguntaba: “¿Cómo hicieron para convivir 24 horas en un espacio muy reducido, de muy pocos metros cuadrados durante la detención domiciliaria?”. Estuvimos detenidos desde abril de 2013 hasta octubre pasado, cuando él quedó libre. Fueron dos años y medio. Es una relación construida en el respeto, en la admiración, en el amor. Ahí es cuando uno se da cuenta realmente de cómo son las parejas que se mantienen sólidas en la adversidad. Estar con un Martini en un yate, andar de luna de miel, o en plena fase de conquista es muy fácil, pero el amor asentado, maduro y que no pierde los detalles es el más valioso.

¿Qué está haciendo su esposo? –Nada. Está en la casa buscando posibilidades de trabajo.

Un momento duro fue la muerte de su padre mientras estaba en la cárcel… –Fue triste. Ahora que regresé a Medellín recordé la casa de mis padres, donde yo llegaba. Ya no existe. Mi mamá falleció en 2002, y mi papá en 2011.
¿Cómo ha controlado la artritis? –Las manos se me ven torcidas, pero escribo muy rápido en el computador y no me duele nada. Puedo moverme, y hacer cosas tan simples como destapar un frasco. Me he hecho un tratamiento con medicina natural, no consumo lácteos ni azúcar refinada, tengo un estilo de vida muy saludable. 
¿Cómo fue su lucha contra la enfermedad mientras estuvo detenida? –Llamaba a la EPS y me daban una cita que tenía que aprobar el juzgado. Era un trámite un poco engorroso, dependía de los directores del INPEC y de los guardias que eran más receptivos a ese tipo de permisos. También pedía que me dejaran asistir a la entrega de notas de mis hijas en el colegio, pero no fue fácil. Me perdí varias veladas navideñas y clausuras escolares. Muchas veces los profesores me daban reportes telefónicos. Dejé de ir a muchos eventos porque había demasiadas trabas.
Una situación como la suya ahuyenta a muchas personas. –Todo el mundo me decía que un proceso duro filtra las amistades. Mucha gente estuvo temerosa de acercarse a mí porque no supo cómo abordar la situación. Algunos han empezado a aparecer tímidamente, hasta con sentimiento de culpa. Me dicen: “Yo no estuve contigo, no te acompañé, perdóname”. Pero igual hubo personas incondicionales que se portaron como hermanos, como si hubieran vivido lo mío en carne propia. Y lo más lindo es que aparecieron nuevos amigos que, por circunstancias de la vida, se volvieron entrañables, como si nos conociéramos desde hace años.
¿Quiénes son sus amigos incondicionales? –Hay no famosas y famosas. La lista la encabeza María Elvira Arango, quien lideró una cantidad de causas para ayudarme económicamente. Gloria Congote, que vive en Tampa, fue uno de mis ángeles, me ayudó como si fuera mi hermana mayor. También me colaboraron Lucía Esparza Baena, Diana Montoya, D’arcy Quinn, María Clara Gracia, María Clara López, María Claudia Fernández, Myriam Ortiz, Paula Jaramillo, Elvia Lucía Dávila, Carmenza Gómez, Adriana Giraldo… son tantas. Me visitaban y me llevaban mercados. Una de ellas tomó el apartamento en arriendo y me ayudaba a pagar los servicios. Aunque la familia te apoya, los gastos son muy grandes. Mis amigas se encargaron del colegio de la niña y también me dieron la oportunidad de trabajar desde la casa.
¿Para qué le pasó esto? –Para transmitirles a las personas el verdadero sentido de las cosas a partir de una experiencia de adversidad: cómo se puede salir victorioso dando un mensaje de empoderamiento, de capacidad de perdón y de reinvención.

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