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Humberto y José Miguel de la Calle la paz empieza por casa

Humberto y José Miguel de la Calle la paz empieza por casa

Revista Jet-set

El jefe del equipo negociador de la paz en La Habana estuvo en Bogotá como invitado de honor al lanzamiento de una nueva línea del bufete de abogados de su hijo José Miguel. Jet-set los reunió y hablaron de la familia, el derecho, la política, la poesía, la música y la paz.
El padre y el hijo tienen en común el ADN del derecho. Difieren en algunos conceptos políticos, en sus gustos musicales y en la línea editorial del padre que en alguna época fue poeta nadaista.
Por: Edición 29518/11/2014 00:00:00
Hace meses que Humberto de la Calle no tiene un minuto de paz, en parte porque como jefe del equipo negociador en La Habana no hace sino viajar y las jornadas de trabajo son extenuantes. La “casa estudio” le llaman al espacio que el Gobierno cubano le presta a la delegación colombiana para que duerma, viva y trabaje, todo en el mismo lugar como en un reality. “Al final –dice De la Calle–, después de 11 días encerrados, uno termina en mejores condiciones con los de la guerrilla que con los compañeros de trabajo”.

Pero la semana pasada estuvo en Bogotá, acompañando a su hijo José Miguel, en el lanzamiento de la nueva área del bufete de abogados que el joven fundó hace 13 años, cuando su padre era embajador en Londres. Un tiempo después, Humberto volvió a Colombia y se unió al equipo.

Ahora, mientras el padre navega en las agitadas aguas de la paz en Colombia, el hijo se le mide a una nueva línea más profunda y sofisticada de las leyes: el derecho a la competencia, un tema que maneja con claridad después de su paso por la Superintendencia de Industria y Comercio, el único cargo público que ha tenido hasta ahora, aunque no descarte en algún momento servirle al país con sus conocimientos de derecho. Dice que lo haría más como técnico que como político, algo que le ha obsesionado desde que la familia se vino a vivir a Bogotá, porque Humberto de la Calle, manizalita insigne, fue nombrado registrador nacional, empacó y se radicó en la capital definitivamente para seguir en la carrera gubernamental donde ha sido magistrado, vicepresidente, ministro y varias veces embajador.

En casa de los De la Calle es recurrente, de todos modos, el tema del derecho y, por supuesto, de la política. “Todos saben y entienden”, admite el padre que mira con orgullo evidente cómo su hijo mayor y su hija menor, Natalia, se convirtieron, como él, en abogados; y Alejandra, la del medio, se decidió por la psicología, otro de sus grandes intereses: “Esa es mi segunda naturaleza. De joven leía mucho sobre psicología y psiquiatría”.

Lo que no quisiera es que sus hijos se metieran en la política: “Ese mal no se lo deseo a nadie”, dice para agregar que es un tema donde se mezclan los ideales más altos de la humanidad con las conductas más abyectas.

Esa ha sido una de las lecciones que José Miguel aprendió bien, como muchas otras que le daba cuando se iban juntos a la Universidad del Rosario por las mañanas, el hijo para hacer su carrera de jurista y el padre como profesor de Títulos Valores. Desde entonces sus vidas se han cruzado de mil maneras inolvidables, como cuando Humberto fue embajador en Londres y su hijo vivió en la misma ciudad, contratado por Willis, la segunda reaseguradora del mundo. Se acababa de casar con Patricia Aparicio y empezaba su vida profesional. Un momento importante para tener a un padre sabio de cerca.

Hoy, los hombres de la familia De la Calle se escuchan con cariño y respetan sus opiniones, aunque muchas veces estén en desacuerdo, especialmente en lo que tiene que ver con política. Después de todo, no solo hay una diferencia generacional sino también geográfica: el padre creció entre las calles atestadas de tango de la vieja Manizales y en su adolescencia cometía versos nadaístas que publicó, pero ahora agradece que estén perdidos en el tiempo porque cree que si alguien llegara a rescatarlos le restaría credibilidad como negociador en La Habana. Pero es un decir, eso nadie se lo cree, aunque de tanto escribir memoriales haya extraviado la línea literaria del poeta.

José Miguel, en cambio, vivió en Bogotá su adolescencia. Estudió en el Cervantes y en vez de tangos y boleros, tenía una miniteca y animaba fiestas de adolescentes con rock y pop del momento. Lo suyo va más con la música que con la literatura, aunque claro, es buen lector, pero de artículos y revistas de derecho y economía.

Antes de empezar el proceso con las Farc, Humberto de la Calle había decidido tomarse la vida con un poco más de calma. Su finca cerca de Manizales lo llamaba a gritos cuando se estancaba en algún trancón bogotano, y pensaba que la tecnología podría facilitarle las cosas para trabajar rodeado por la naturaleza. Pero por la paz del país sus planes dieron un vuelco, y ahora en vez de viajar a las montañas de Caldas, se encierra durante días en La Habana a buscarle una solución al conflicto armado colombiano. De pronto, un día de estos, cercano, coincidan padre e hijo en Cuba y puedan fumarse un tabaco, el de la paz.
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