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El legado epistolar de López Michelsen

El legado epistolar de López Michelsen

REVISTA JET-SET

Para conmemorar el centenario del nacimiento del presidente Alfonso López Michelsen, se acaba de publicar un libro que revela, tal y como lo dicen sus páginas, la intimidad de un hombre público a través de 75 años de cartas familiares.
En 1962, en la sala de su casa en Bogotá, con su esposa, Cecilia Caballero, de quien decía era “la piedra angular de su vida”.
Por: 7/5/2015 00:00:00
En 2013 se hizo una ley de honores por el centenario del nacimiento de Alfonso López Michelsen. Entre las posibles distinciones se contempló erigir un busto, rodar un documental, presentar una serie de foros y editar un libro. Este último debía ser diferente a todos los que se habían publicado sobre la vida y obra del expresidente hasta ese momento. Y parece que él mismo lo tenía previsto así, ya que antes de morir en julio de 2007, a la edad de 97 años, dejó consignado el deseo de que su correspondencia familiar narrara su propia vida.

Ni siquiera Alfonso, Juan Manuel y Felipe López Caballero sabían que su padre guardaba cuidadosamente todas las cartas que había escrito y recibido desde que tenía 16 años. Este tesoro epistolar venía acompañado de una instrucción: que todo el material se le diera a Diana Sofía Giraldo. La periodista, de larga trayectoria en los medios y la academia, quedó encargada de esta pieza editorial tan particular como la vida del presidente. “Tuve el regalo de conocerlo, de escucharlo y aprender de él”, comenta. Unos años antes de su muerte, López Michelsen había tenido con ella largas jornadas de conversaciones grabadas, con el fin de reunir lo que sería su biografía. Ese trabajo nunca se realizó, pero a cambio, le dio las bases necesarias para escudriñar cajones y baúles llenos de historia, y organizarlos en un libro de 302 páginas.

En año y medio de investigación, Diana Sofía, apoyada por un equipo de trabajo interdisciplinario, logró desvelar la faceta más lejana de López Michelsen, esa que solo le pertenecía a los suyos, en la obra López, sus demonios, amores y batallas políticas.

Siempre se dijo que Alfonso López Michelsen ponía a pensar al país. ¿Cómo fue la experiencia de ahondar en sus cartas más íntimas? –Hacer el libro fue asistir al desahogo de su alma. Las cartas revelan una conversación interior. En este trabajo se redescubre al humanista, al psicoanalista empírico y al literato. La mayoría de personas lo conocieron a través de su vida pública, pero en sus páginas se perciben las vivencias culturales e intelectuales que lo formaron. Es posible entender cuáles fueron sus frustraciones o los momentos de dicha que vivió antes de llegar a ser lo que fue.

¿En alguna carta le contó a alguien que estaba guardando este legado? –No. Los primeros sorprendidos con la manera compulsiva de acumular cartas y papeles fueron sus familiares. También se encontraron más de cien recibos de envíos de rosas, porque socialmente era muy cumplido. Hallamos el rapé de la pipa doblado entre las cartas a punto de deshacerse, o una cajita en la que reposaban algunas diapositivas que nadie había visto.

¿Esta es la biografía de López Michelsen? –No. Tampoco son sus memorias. Las páginas fueron distribuidas por personajes y no tienen un orden cronológico. Por ejemplo, en la primera parte están las cartas que le escribió a su mamá, María Michelsen Lombana, en los diferentes momentos en los que estuvieron separados.

¿Cómo era esa relación de madre e hijo? –De adoración. Ella era su paño de lágrimas, a quien le contaba sus penas de amor. El recuerdo de su mamá en la vejez le producía lágrimas porque con ella creó empatía desde la sensibilidad.

¿Cuál fue su primera pena de amor? –A los 22 años se enamoró de Lucía Salazar, una mujer sui géneris para la época: autónoma e independiente, que viajaba por el mundo, manejaba carro y jugaba golf sin chaperona, así la describe él mismo en el obituario que escribió y publicó sin firma, el día de la muerte de Lucía en 2005 en El Tiempo. Cuando ella terminó la relación, él entró en una crisis nerviosa y decidió tomar distancia en Chile. Allí, su mejor amigo de entonces, Roberto García Peña, le recomendó hacerse un tratamiento con el Dr. Fernando Allende Navarro, pionero en psicoanálisis en América Latina, para superar lo que llamaron su “neuroLucía”.

¿Le sirvió el psicoanálisis? –En el diván del Dr. Allende indagó en las raíces de su timidez y de sus inseguridades. Profundizó en la tensión que significaba el contraste entre las influencias Michelsen: austeros, católicos y científicos; y los López: encarnados en la figura de su padre Alfonso López Pumarejo, dueño de una inteligencia emocional avasalladora. Toda esta crisis se reflejó en las cartas a sus padres y fue el mejor aprendizaje para la formación de su carácter.

¿Cómo construyó su amor con Cecilia Caballero?
–Desde los 18 años ella fue su gran amiga, su interlocutora de todas las horas y de todos los temas. La mujer con la que sostuvo un diálogo enriquecedor e ininterrumpido hasta las puertas de la muerte. Su noviazgo epistolar, mientras él estaba en Estados Unidos y ella en Colombia, muestra unas páginas cargadas de romanticismo, ansiedad y picardía. En estas le expresa que quiere hacer de ella “la piedra angular de su vida”.

¿Qué hay en la correspondencia con el padre de él, Alfonso López Pumarejo? –Es como tenerlos en vivo. Escribían de manera directa, franca y desprevenida. Era una conversación de absoluta confianza y sin terceros. El valor de este epistolario reside en que permite conocer con transparencia las raíces que afirmaron lo que sería su vida futura. Además, desata importantes nudos de la historia de Colombia, susurrando los dictados del pensamiento de quienes la protagonizaron.

¿Cuál es la conclusión? –Que fue precisamente él, con su legado epistolar, quien nos enseñó su método de analizar a las personas. Solo así pudimos conocerlo mejor: cuando nos dejó indagar en las razones más profundas de su ser.

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