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Así era el papá del caricaturista Matador

Así era el papá del caricaturista Matador

REVISTA JET-SET

Ovidio González Correa murió con el título del primer hombre en lograr que le practicaran la eutanasia legalmente en Colombia. Su vida de bohemia estuvo ambientada de boleros y tangos. Y el sarcasmo que lo acompañó hasta el último día en su finca, en las montañas de Risaralda, es la herencia que le dejó al caricaturista Matador, su hijo mayor.
Julio César González, “Matador”, hizo público el caso de su padre después de que le negaron la eutanasia el pasado 26 de junio. “Resulta paradójico que mi padre, que no tiene cara porque la devoró el cáncer, se haya convertido en el rostro de los cientos de invisibles que afrontan un drama similar”.
Por: 24/7/2015 00:00:00
Al salir de su casa rumbo a la clínica Oncólogos del Occidente para que le practicaran la eutanasia, Ovidio González Correa se encontró con un vecino, quien desde su puerta le peguntó: “¿Se va de viaje, Don Ovidio?”. El hombre de 79 años, que había perdido 33 kilos de peso y parte de su cara por un cáncer irreversible en la boca, asintió y señaló al cielo. Así era el humor del padre de Matador. “Ojalá solo sea eso lo que haya heredado de mí y no el cáncer, le bromeó el viejo a un médico quien resaltaba nuestra particular forma de burlarnos de la vida y sus problemas”, recuerda Matador.
El caricaturista que le pone su dosis ácida a la realidad nacional todos los días en El Tiempo y cada mes en la revista SoHo, tuvo que defender la eutanasia de Ovidio desde sus dibujos. Mientras cuidaba a su padre en la clínica, lo pintaba con una venda en su cara, custodiado por la muerte, y explicando que tenía listas las maletas porque “se moría por viajar”. 
De la muerte asistida de Ovidio se ha escrito mucho. Su caso ha sido material de columnistas, periodistas y fotógrafos de distintos medios de comunicación del país y de otras partes del mundo. Su decisión de desafiar las trabas que le pusieron para ejercer su derecho a morir dignamente, contemplada en la Resolución 1216 de abril de 2015, también enfrentó a médicos, políticos y religiosos sobre el espinoso tema de la eutanasia. Su “triunfo”, después de que la abogada Adriana González interpusiera una tutela, lo convirtió en el primer latinoamericano que recibió legalmente la muerte en pequeñas dosis de calmantes y barbitúricos. 
A pesar de haber sido duramente cuestionado en las redes sociales donde, entre otras cosas, le decían que tenía bien puesto el nombre por “matar” a su propio padre, Matador nunca desfalleció en su propósito de cumplirle a Ovidio su última voluntad. Lo que nadie sabía, salvo su familia y sus más cercanos amigos, es que él prefirió morirse porque lo que padecía ya no podía llamarse vida. Desde el año 2010, cuando le diagnosticaron el cáncer vestibular, tenía claro que no se iba a someter a la tortura de ver cómo se consumía su cara en medio de insoportables dolores. A su memoria llegaron las imágenes de su hermana Elvia, quien murió de la misma enfermedad. 
El hombre que se casó con Alicia Quinceno, y que a los 33 años recibió en Pereira a su primer hijo, Julio César, vivió feliz, bohemio e irreverente hasta que el cuerpo no le dio más. A medida que perdía el aliento que lo llevó a ser un próspero fabricante de zapatos, confirmaba su propósito de dar su paso al más allá. En su casa el humor siempre fue un bálsamo, una forma de catarsis. Lo que para muchos podía ser una falta de respeto, para los González Quinceno era distensión. Después de la primera operación, en la que le quitaron parte del hueso de la cara, Ovidio cambió su manera de hablar. Enseguida sus hijos Julio César, Diego, Carlos Andrés y Mauricio aprendieron a imitarlo. Cuando hablaba de su muerte inminente, dejaba claro que el desprendimiento era sinónimo de libertad. “Mi papá decía: ‘Mijo, yo no conozco ataúdes con gavetas, todo es prestado’”, cuenta Matador remedándole la voz. 
Ovidio fue criado en una familia católica, pero no creía en la culpa. El discurso moral le preocupaba muy poco, y compartía con su hijo el pensamiento budista de la muerte como algo natural y personal. Amante de los boleros, la ópera y sobre todo del tango, Ovidio le pedía a su hijo filósofo, Carlos Andrés, que le pusiera El Gólgota, que fue como su banda sonora: “Crucificao te vas a ver por la moral de los demás”, repetía. Dos horas antes de su muerte invitó a uno de sus mejores amigos a “hablar mierda”, y para despedirse le regaló su disco preferido de Carlos José Pérez, conocido popularmente como Charlo. Como dedicatoria le escribió: “Para Gustavo Colorado, de Ovidio González. Motivo: viaje”.
El 3 de julio, a las 9:33 de la mañana, Ovidio González Correa emprendió su viaje más luchado. La partida del dueño de Lucas, el perro que lo acompañó durante años a ver las montañas del Parque Natural Ucumarí, frente a su finca, fue para sus seres queridos un acto de amor. En su funeral, que más parecía una fiesta, uno de los primos, el que sufre de esquizofrenia, sentenció su verdad: “Esta familia está muy loca”.

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