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La hija filántropa de Óscar Iván Zuluaga

La hija filántropa de Óscar Iván Zuluaga

Revista Jet-Set

Juliana Zuluaga, la hija menor del candidato a la presidencia por el Centro Democrático, trabajó tres meses como voluntaria en un orfanato en África, donde solo podía bañarse con totuma y alimentarse con bienestarina. Ahora apoya a su padre con los temas sociales de la campaña presidencial.
A Juliana le molesta que la gente le pregunte por qué se fue a ayudar a África y no lo hizo en Colombia. Su explicación es que quería experimentar la sensación de vivir lejos de su casa y conocer otra cultura. Foto: ©Camila Reina/14
Por: Edición 2825/5/2014 00:00:00
De los tres hijos de Oscar Iván Zuluaga, Juliana es la que más se parece a él, no solo físicamente, sino también en su forma de ser. Ambos comparten la pasión por el fútbol y el interés de servirle a los demás. La joven, de 19 años, trabajó como voluntaria durante tres meses en un orfanato ubicado en un suburbio a 40 minutos del centro de Nairobi.

Después de graduarse del colegio, Juliana quería vivir una experiencia diferente, que no fuera la típica elección de irse a estudiar un idioma al exterior. Fue entonces cuando una amiga, a quien conoció en un retiro de jóvenes católicos, le regaló un libro de una americana que se fue de voluntaria a Uganda y se quedó a vivir allá. Empezó a investigar y encontró Internacional Volunteers HQ. “Obviamente, cuando le di la noticia a mis papás de que me iba sola para el África fue difícil porque les paniqueaba mi seguridad, pero duré dos meses insistiéndoles hasta que los convencí”. Partió de Bogotá el 28 de agosto de 2013 y aterrizó en Kenia el 1.º de septiembre. La primera impresión que tuvo al llegar fue muy fuerte, pues las calles no solo estaban sin pavimentar, sino que tenían montañas de basura. Ella era la única latina entre los voluntarios; los demás eran canadienses, ingleses, australianos, y un par de franceses.

Durante las mañanas, Juliana era profesora de inglés, matemáticas y sociales; en las tardes, jugaba con los niños, y en las noches, dormía en la casa de una familia africana que la acogió. Durante tres meses aprendió a vivir en condiciones de extrema pobreza, incluso a bañarse cada dos o tres días, y con totuma. Si contaban con suerte, el agua llegaba al orfanato solamente tres veces por semana, y luego se almacenaba en tanques, en condiciones de salubridad bastante dudosas. No tenían baño, sino letrina; no había electricidad y dormían cuatro niñas en la misma cama. Pero lo más difícil para la consentida hija del exministro fue la alimentación. El desayuno era medio vaso de porrish, una especie de avena mezclada con agua. El almuerzo y la comida eran bienestarina, papa, arroz, fríjoles y lentejas; no había carne, pues era costosa y no tenían dónde refrigerarla. Cocinaban al carbón o en una miniestufa de gas, con agua recogida. “Un día entramos a la cocina y encontramos varias cabras comiendo de la olla; lo que hicieron fue espantar los animales y servir el almuerzo porque la comida no se podía botar”, cuenta aún con escalofrío. Durante su estadía, subió nueve kilos.

Aunque suene a cliché, dice que esta experiencia le cambió la vida, y que lo que más aprendió fue a valorar el dinero, a pesar de que siempre ha sabido que ha sido muy afortunada al tenerlo. Recuerda el día en que llegaron al orfanato y encontraron a una niña con la pierna hinchada y preguntaron por qué no habían consultado un médico. La respuesta fue simple: “No hay plata”. Entonces, ella y otros voluntarios llevaron al médico a la niña, que tenía una infección en la sangre que, de no haber sido tratada a tiempo, probablemente le hubiera causado la muerte. “Lo más impresionante de todo es que la atención, la medicina, los exámenes y el tratamiento nos costaron solo 10 dólares. Yo miré a mi compañera y le dije: ‘20 mil pesos es lo que uno se gasta en un almuerzo en Crepes, y aquí con eso se le puede salvar la vida a alguien’”. Lo más bonito fue entender que no necesitaba cosas materiales para vivir a plenitud. “Yo nunca había sido tan feliz como allá, y no tenía televisor, computadora ni nevera, etc.”. Todo el dinero que le dieron sus papás y sus abuelos como regalo de grado lo donó al orfanato, y actualmente apadrina con su mesada la educación de uno de esos jóvenes.

Siente temor de perder la libertad que le ha dado su espíritu aventurero si su papá llega a la presidencia, como asegura que efectivamente pasará en las próximas elecciones. “A mí nadie me cree que la hija del candidato anda en Transmilenio. Piensan: ‘A esta le ponen carro con escolta’, pero no es así. No soy muy rumbera, pero me gusta salir mucho a visitar a mis amigos o, por ejemplo, ir a San Victorino de compras. Sin embargo, soy consciente de que esas cosas no las podré hacer de la misma manera. Ahora en junio estaba viendo si me iba a con unos amigos a recorrer la Sierra Nevada a pie, y en la semana de receso al Chocó, pero hay que esperar a ver qué pasa”.

En enero, ingresó a los Andes a hacer un programa de estudios dirigidos que le permite cursar materias de distintas carreras antes de decidir qué estudiar. Ahora está viendo clases de arquitectura y economía, y cree que el semestre entrante se va a matricular en administración. Sin embargo, ella tiene claro que lo suyo es la filantropía, y precisamente a eso se quiere dedicar en un futuro, ojalá desde la Presidencia de la República.
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