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Gustavo Quintana, el doctor muerte colombiano

Gustavo Quintana, el doctor muerte colombiano

REVISTA JET-SET

¿Quién iba a pensar que el polémico médico que ha realizado más de 230 eutanasias le tiene terror a la muerte? El tulueño le vendería el alma al diablo a cambio de que le diera más tiempo de vida. Se opone a la resolución del Ministerio de Salud de que los pacientes tengan que consultarle a un psicólogo o un abogado la decisión de recurrir a este procedimiento.
Gustavo dice que antes de aplicar una eutanasia tiene que amar a sus pacientes y entender por qué quieren irse. Luego el procedimiento dura solo nueve minutos.
Por: 12/6/2015 00:00:00
El doctor Gustavo Quintana ha hecho más de 230 eutanasias en Colombia y eso lo hace una autoridad en el tema. Su nombre vuelve a sonar ahora que el Ministerio de Salud emitió una resolución que regula el derecho a morir dignamente y dispone a un comité científico evaluar la voluntad del paciente o de sus familiares. “Yo no estoy de acuerdo con eso, un desahuciado tiene todo el derecho de escoger cómo quiere morir, sin tener que consultárselo a nadie, eso viola el secreto profesional con el médico. Ahora bien, si un psiquiatra o un abogado llega a objetar el procedimiento, la apelación va a tardar al menos un año, cuando ya la persona esté muerta. Eso no tiene sentido”. 

El médico de la Universidad Nacional empezó a practicar eutanasias hace 34 años, luego de sufrir un accidente automovilístico que le comprometió la médula espinal. “Le dije a mis colegas: ‘Si voy a quedar cuadripléjico no me ha hagan nada, déjenme morir’. Eso me hizo entender que finalmente uno es dueño de su vida”, cuenta. Dos meses después ayudó a morir a la mamá de una amiga a quien le diagnosticaron un cáncer cerebral. “Era una mujer bellísima y un día fui a visitarla y encontré a una persona en posición fetal, que pesaba menos de 30 kilos, un guiñapo humano. Le pregunté a su hija por qué dejaba que la vieran en esa condición, eso no se compadecía ni con su orgullo ni con su dignidad”. 

Antes de practicar una eutanasia, el doctor Quintana cumple con un protocolo simple. El primer paso es conocer al paciente y “amarlo, para entender por qué se quiere morir”. El procedimiento dura solo nueve minutos. Lo primero que hace es canalizar la vena y aplicarle un anestésico. Luego le inyecta un medicamento que detiene el corazón. El oxígeno que hay en la sangre se empieza a agotar y los procesos metabólicos dejan de funcionar. “Lo que ven los familiares es que el paciente se queda dormido tranquilamente como cuando va a entrar a una cirugía, no hay ningún tipo de dolor”. 

Lo apodan el “doctor Muerte”, y eso no lo ofende. “Miren mi cara, yo soy un hombre bueno que entiende el dolor de sus pacientes, los toma de la mano y les ayuda a cruzar el umbral”. Muchos lo ven como un bicho raro pero asegura que no hay morbo en lo que hace. Es, ante todo, muy práctico. Habla despacio, con tranquilidad, como si las 230 eutanasias que ha practicado no lo atormentaran. Asegura que no siente culpa ni se considera un enviado de Dios. En su juventud estuvo a punto de ser sacerdote, entró al Seminario Mayor e incluso alcanzó a tener sotana, pero el maestro de novicios le recomendó colgar los hábitos. “Yo era un adolescente muy bonito, muchos estaban enamorados de mí y eso era un problema”. Ahora es agnóstico. “Mi religión es hacer el bien. La Iglesia respeta mi pensamiento, al Dios misericordioso no tiene por qué gustarle el sufrimiento de un moribundo”, dice Gustavo, quien confiesa que le ha aplicado la eutanasia a varios curas. 

Pese a su oficio nunca ha estado ante los estrados judiciales. Sabe que colegas suyos le han pedido al fiscal investigarlo y él les responde que le lleven el cuerpo del delito. “La Corte Constitucional estableció que la vida es un derecho y que cada cual puede disponer de ella”. El procurador Alejandro Ordóñez lo llamó “asesino”: “Pienso que se le fueron las luces, un asesino es quien le quita la vida a alguien que la quiere mantener, yo no hago eso. Siempre es el paciente el que me dice: ‘Doctor, no quiero seguir viviendo, ayúdeme’”. Enfatiza en que él no se enriquece con esta profesión como algunos lo han hecho querer ver. “El 40 por ciento de las eutanasias que he practicado han sido gratis. Las familias a veces me dan algún dinero que luego empleo en comprar los medicamentos para quienes no pueden pagar”. 

Vive en el barrio La Esmeralda en Bogotá con un hermano que tiene un leve retardo mental. Es el mayor de siete hijos, tres son médicos, pero él es el único que aplica eutanasias. “Ellos respetan lo que hago”. Cuenta que hasta ahora no ha tenido que ayudar a morir a nadie de su familia pero que lo haría sin problema. “Para mí terminan siendo más valiosas las razones que tengan ellos de no querer seguir viviendo que mi deseo de tenerlos cerca. Mi hijo mayor es piloto, una vez tuvo un accidente aéreo y nunca dejé de pensar qué pasaría si él me hubiera dicho: ‘Papi, no quiero vivir, ayúdame a terminar mi vida’”. 

Paradójicamente, Gustavo le tiene pavor a la muerte y dice que si el diablo se le aparece y le pide que le venda el alma a cambio de 50 años más, lo haría sin pensarlo. “Entiendo que algún día llegará mi final pero que me guste, ni cinco”. Es un gocetas de la vida y sus placeres. 

Su debilidad son las mujeres. Se ha casado cuatro veces y de cada matrimonio tiene un hijo. La menor, de 20 años, estudia Derecho en la Universidad de los Andes, y en una ocasión le dijo que si a él le tuvieran que practicar una eutanasia tendrían que pasar por encima de su cadáver. “Le dije: ‘Mi cielo, te agradezco que me digas eso, porque quiere decir que me amas, pero te pido que me dejes ir con mi pudor indemne’. Yo me haría una eutanasia el día que sea impotente o me mire a un espejo y me vea tan feo que piense: ‘¿Para qué me quedo?’”. Es muy vanidoso, tiene 68 años y espera vivir por lo menos 20 más.

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