NEWSLETTER

Suscríbase

Reciba en su correo nuestras noticias y entérese de lo último de los famosos.

Gabor, una luz en la oscuridad

Gabor, una luz en la oscuridad

REVISTA JET-SET

Gabor, la película que ha sido premiada en varios festivales del mundo, tiene como director de fotografía a un ciego: Gabor Bene, un húngaro que vivió ocho años en Bogotá y tiene una hija colombiana.
Con su perro lazarillo Liberty, que lo acompaña a todas partes y estuvo con él en el rodaje de Gabor, la película que tiene como tema la ceguera.
Por: Revista Jet-set.20/12/2016 00:00:00

Durante su paso por Colombia Gabor Bene trabajó como director de fotografía con grandes realizadores: hizo cine y publicidad con Sergio Cabrera; documentales de naturaleza con Fernando Riaño y participó en el diseño de fotografía del set de los noticieros de Caracol y Noticias Uno. Trabajó con Yamid Amat y Daniel Coronell. Dirigió la fotografía de telenovelas como Marido y mujer, Amor a mil y Siete veces amada, y fue el director técnico de La virgen de los sicarios, que dirigió Barbet Schroeder y fue el proyecto más ambicioso que se había rodado en Colombia hasta la época.

A los 45 años, cuando estaba en el esplendor de su carrera, un glaucoma irreversible lo dejó ciego. Poco a poco las luces se apagaron y fue cambiando los trípodes por el bastón y la cámara, su inseparable compañera, por Liberty, un labrador negro, su perro guía. Pero ni siquiera la oscuridad total fue capaz de apartarlo de la pasión por la fotografía que lo ha llevado a recorrer el mundo en busca de imágenes.

Con 12 años lo primero que quiso inmortalizar fue la vista desde su ventana de las tablas de hielo bajando por el Danubio en el invierno de su Budapest natal. Soñaba con irse encima de una de esas tablas y antes de cumplir los 16 lo consiguió. Escapó de Hungría que por esa época formaba parte de la Cortina de Hierro. Luego vendrían los campamentos de refugiados en Alemania; la vendimia en Italia, el París de los estudiantes, el tráfico en Egipto, los mercados en Turquía, las amapolas en Holanda, los kibutz en Israel, los veleros en Vancouver, el desenfreno de Ibiza, la movida madrileña y los micos del Amazonas, a donde llegó en 1994 para un documental de dos meses y en donde se quedó ocho años.

En ese recorrido aprendió cinco idiomas, estudió dos carreras, se casó tres veces, tuvo una hija y se reinventó cada vez que la vida se lo pidió. En una de sus más sorprendentes reinvenciones dirigió la fotografía de Gabor, una película galardonada con el primer premio en los festivales de Málaga, Valladolid, Madrid, Moldavia, Belgrado, Nueva Delhi y recientemente en el Film Festival en Bélgica. Jet-set habló con él en Vancouver sobre su vida, su paso por Colombia y la paradoja que implica ser fotógrafo ciego.

¿Cómo es quedarse ciego?

"Al comienzo era muy llamativo. Cuando decidí, bueno cuando la vida decidió por mí, que no había vuelta atrás y que no iba a recuperar la vista monté una productora en Madrid para alquilar mis cámaras y equipos de video. Todos los trámites se hacían por internet o por teléfono, así que cerraba un alquiler, y cuando llegaban los productores a recoger el equipo y se encontraban con un ciego que les hacía el inventario ya se podrán imaginar el impacto".  

¿Qué decían, se devolvían de inmediato?

"No. La gente no dice nada en la cara sobre la ceguera por discreción o porque tiene miedo. Indirectamente supongo que muchos dieron media vuelta, susceptibles. Otros no, la gran mayoría, porque el equipo era puntero. Incluso hubo algunos que me quisieron llevar como parte del paquete. Eso pasó con Gabor, el director estaba buscando un tipo de cámara que por aquel entonces solo yo tenía en Barcelona, así que la reservó y cuando llegó a recogerla se encontró conmigo y dio la casualidad que el tema de su película era la ceguera. Así que después de pensarlo mucho, me imagino, me propuso hacer la fotografía".

¿Y cuál fue el resultado?

"No lo he visto (risas). Me han dicho que está muy bien. Cuando has trabajado toda la vida con imágenes oyes una historia y la vas traduciendo de inmediato a planos de secuencias. Empiezas a imaginar dónde van las cámaras, por dónde entra la luz, cuál es la composición visual, hacia dónde van los movimientos. Es más, muchas veces sabes lo que quieres contar pero tienes que cerrar los ojos para que esa película que tienes en la cabeza eche a rodar. Yo ya no tengo que cerrar los ojos…".

¿Qué es lo último que recuerda haber visto?

"No hay algo "último”. Es como en una relación amorosa que se acaba. No se puede decir ‘cuál fue el último momento en el que me amaste‘, eso no lo sabes. Simplemente se va desvaneciendo. Lo que sí recuerdo es la última imagen que quise atrapar: la de mi hija jugando en la arena con la espátula en la mano y mirando recta a otros niñitos con una cara preciosa. Ahí hice clic y me dije: ‘Esta es la imagen de la que me tengo que acordar‘".

¿Qué es lo más difícil de ser ciego?

"Que mucha gente alrededor ve (risas). Ser ciego no es difícil, llegar a ser ciego es lo difícil. Asumirlo es lo que cuesta. Practicarlo es fácil, mucho más fácil que ver porque hay menos cosas de qué preocuparse. Ya no pierdo mi tiempo con coches bonitos ni mujeres bellas. En realidad creo que lo trágico no es, no ver; sino mirar y no ver. Esto no es una apología de la ceguera, por supuesto es mejor ver; pero si no, la vida sigue pasando. Es lo que hay".

Es un difícil aprendizaje…

"Yo tuve la suerte de no tener opciones. Cuando te lo puedes permitir te quedas sentado lamiéndote las heridas y esperando ayuda. Yo no pude. Cuando a mi hija se le perdía el chupete le explicaba que teníamos que esperar a que llegara su madre del trabajo para buscarlo, pero los bebés no entienden de cegueras. Levantaba la casa a gritos hasta que lo encontrara. Así que no hubo mucho tiempo para lamentaciones. Ella y yo aprendimos otra vez a andar juntos, ella sin caerse, yo sin estrellarme contras las puertas. Con una niña de un año no hay mucho tiempo de autocompasión: hay que comer, cambiar pañales, jugar a las muñecas, así que el aprendizaje fue inmediato y continuo. Ella nunca me ha visto de otro modo así que siempre me ha exigido lo mismo. He tenido que ayudarle a buscar a sus amigas en el parque, a contestar sin titubeos si la veo muy gorda o a decidir el color de una bufanda que se quiere comprar. Ella, en cambio, me ha salvado de un par de novias que llevaban tatuaje y claro eso al tacto no se puede diferenciar".

Su hija es colombiana, ¿qué lo llevó al país después de dar tantas vueltas por el mundo?

"Me propusieron hacer una serie de documentales por América que era mi asignatura pendiente. Yo había leído Cien años de soledad y llevaba mucho tiempo esperando la oportunidad del sueño suramericano. Así que aunque la paga no era muy buena y los productores no muy fiables acepté de inmediato. Empezamos por Panamá y en Colombia ya no había presupuesto. Mientras los productores remontaban me metí al mercado local: telenovelas y telediarios. Una época fascinante con un ritmo de producción enloquecedor. Había días en las que se grababan 15 y 20 escenas. Era el nacimiento de los canales privados y cada día había un nuevo problema, una nueva propuesta, un nuevo reto, así que me fui quedando y el par de meses se me volvieron ocho años que viví en Bogotá".

¿Cuándo empieza a perder la vista?

"No me enteré porque el glaucoma no duele, entonces no lo sabes. Empiezas a perder visión periférica, a ver como por entre un tubo que cada vez se va estrechando más. El cerebro, mientras tanto, va suplantando la información que no le llega así que la tragedia se tapa. Con el cerebro entrenado para trabajar con imágenes creo que vi mucho menos de lo que debía estar viendo hasta que ya pasan cosas que no puedes ignorar".

¿Como cuáles?

"Empiezas a ser más torpe: a conducir peor, a tropezar, a regar las cosas. Y no prestas atención porque crees que es algo pasajero, hasta que te estrellas y ya es muy tarde. En los rodajes me aguantaron mucho más tiempo del que debieron. Mi querida amiga Magdalena La Rotta, que era la directora del proyecto en el que trabajaba, me tuvo hasta el final; si yo hubiera sido mi jefe me hubiera despedido antes. Para mí el momento de decir estoy ciego fue cuando ya no pude leer más. Ese fue el punto oficial de quiebre".

¿Qué pensó en ese momento?

"Las circunstancias tampoco es que te permitan mucha filosofía. Con los colores se fue la vida que conocía y no tenía sentido montar una nueva con los pedazos de la anterior. Así que empecé un proceso solo y me fui a lo práctico: ‘Qué sé hacer y de qué voy a vivir‘. Llegué a la conclusión de que no sabía hacer nada. Me metí a estudiar traducción simultánea para aprovechar los idiomas que sabía pero repetir y repetir nunca se me ha dado bien, así que monté una productora. Es curioso porque siempre que trato de alejarme del mundo visual por algún lado me vuelve a atrapar. Ahora estoy estudiando Comunity Counselling en Vancouver y una de las terapias en las que me quiero especializar es netamente visual y consiste en ayudar a tus pacientes a encontrar lo que quieren para su vida mediante la construcción de imágenes; es como plasmar en una fotografía lo que quieres para tu vida con gente que ha dejado de verlo o como lo que me acaba de pasar en Colombia, que fui invitado al Smart Festival para hablar de cómo hacer cine con un móvil…".

¿Qué imagen fuerte tiene de Colombia?

"En Colombia todo es fuerte. Es un país que me encanta y al que le debo mucho porque mi hija es colombiana, con lo bueno y lo malo que eso implica. Allí no hay tiempo para el aburrimiento. Es el país de las paradojas cotidianas: de esas camionetas súper veloces que circulan a paso de tortuga en los atascos, de la bandeja paisa, de los corrientazos y de las cervezas calientes en terrazas frías. El “no se le tiene pero se le consigue monito”, allí todo es posible. También pienso en la anarquía de los queridos bolardos bogotanos. La anarquía de la creatividad".

LO MÁS VISTO