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Francia Escobar Field su casa es un museo

Francia Escobar Field su casa es un museo

Revista Jet-Set

La dueña de una de las colecciones privadas más importantes de arte colombiano tiene 152 obras de pintores de la talla de Obregón, Grau, Botero, Ana Mercedes Hoyos y Luis Caballero. Una de estas piezas puede estar valorada en un millón de dólares, pero su interés no es comercializarlas sino exponerlas en una casa museo en Bogotá.
Francia nació en Cartagena y se identifica mucho con el trazo y el colorido de Ana Mercedes Hoyos, una de sus pintoras predilectas. A la entrada de su apartamento tiene tres cuadros de la artista que componen la obra La fiesta de Palenque, y la escultura Tango azul de Enrique Grau.
Por: Edición 27611/2/2014 00:00:00
El apartamento de Francia Escobar Field en el norte de Bogotá es una especie de casa con galería de arte incluida. Apenas se abre el ascensor, en el hall de la entrada hay tres cuadros de la artista Ana Mercedes Hoyos, un autorretrato del maestro Obregón y la escultura Tango Azul de Enrique Grau. Las paredes de la sala y del comedor están llenas de pinturas de David Manzur, Fernando Botero, Luis Caballero, Carlos Rojas, Juan Cárdenas y muchos otros más. En el primer piso tiene dos salas dedicadas a la exhibición de arte en gran formato.

Empezó su colección hace 14 años, marcada por la sensibilidad que le despertó su abuela paterna que era francesa –de ahí su nombre–, y su abuelo materno, un inglés que adoraba la música clásica. “Recuerdo que cuando era una niña pasaba por la casa del maestro Obregón en Cartagena, donde nací, y lo veía hablando con la gente de la calle. Eso me parecía increíble”.

La primera obra que compró fue Mariposas amarillas de Grau y hoy tiene 151 más, que representan 120 años de historia del arte colombiano. Como si fuera poco, su museo privado ya tiene sucursales: sus casas de recreo en Cartagena y en Estados Unidos están decoradas con piezas igualmente impresionantes. Un gran patrocinador de su hobbie ha sido su segundo esposo, el empresario bumangués Gabriel Zárate con quien se casó hace 14 años. “Él trata de que yo esté feliz y de darme todo el gusto del mundo porque sabe lo especial que es esto para mí. Además, las personas que llegan a mi casa sienten la misma emoción que yo y se van alucinadas”.

Reconocidos curadores internacionales han visitado su colección, entre ellos Angel Kalenberg, director del Museo Nacional de Artes Visuales de Uruguay, y Luis Martín Lozano, exdirector del Museo de Arte Moderno de México.

Francia se considera una privilegiada por haber tenido acceso a esta pasión de la que no puede ocultar su alto costo. No le gusta dar cifras porque para ella el valor de estas obras es sentimental. Sin embargo reconoce que un cuadro de un artista cotizado, como los que ella tiene en su hogar, puede llegar a costar entre 25 mil y un millón de dólares, como en el caso de un Botero. “Todas las he comprado yo, no aceptó regalos porque soy consciente del trabajo que hay detrás de cada una de estas piezas. Los artistas y galeristas saben del respeto que tengo por su oficio y me invitan a visitar sus exposiciones antes de abrirlas al público para que escoja lo que quiera”, asegura.

Francia tiene una bonita amistad con reconocidas figuras del arte nacional como Ana Mercedes Hoyos, Juan Cárdenas o el maestro Manzur, quien por estos días le está pintando un retrato. “He tenido la fortuna de que ellos hayan creado obras exclusivamente para mí, como pasaba en la época del Renacimiento o el Romanticismo, cuando los pintores ponían su arte al servicio de los nobles”. Por ejemplo, el maestro Gustavo Zalamea pintó para ella su última obra antes de morir. “Lo visité en su taller y le dije que quería que me hiciera una representación de la Última Cena. Me dijo: ‘voy a tratar de hacérselo’. Yo no sabía y después una amiga me contó que él era ateo. Luego me llamó a decirme que fuera a recoger el cuadro porque él se iba al Amazonas a hacer una investigación con los alumnos de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional, de la que era decano, y no sabía cuánto tiempo se iba a demorar, podían ser diez días o más. Cuando llegué por el cuadro me mostró tres para que escogiera el que más me gustaba. A los 15 días me enteré de que el maestro había muerto y fue una noticia terrible para mí”, cuenta Francia, quien como esta, tiene infinidad de anécdotas que se reserva para el libro de su colección que quiere publicar muy pronto.

Francia asegura que su interés nunca ha sido vender o subastar las obras: “cuando reúna 200 quiero abrir una casa de colección en el centro de Bogotá, como la de la baronesa Thyssen-Bornemisza o como The Phillips Collection, donde pueda exhibirlas y en donde además haya un escenario para la literatura, la música de cámara y el folclor”. Según ella, esta es la herencia que le quiere dejar a los colombianos y a sus dos hijas: Mariana, de 23 años, quien está a punto de graduarse de politóloga, y Daniela, de 22, que estudia diseño e historia del arte.

Francia, además, es una reconocida gestora cultural: hace cuatro años creó la fundación Francia Field Collection, a través de la cual apoya eventos como el Hay Festival, Art Cartagena y el Festival de Cine de Bogotá. Además impulsa la edición de textos de poesía y ensayo, y otorga becas y auxilios a jóvenes estudiantes de música, artes plásticas y escénicas.

Su gusto por la plástica le ha hecho devorar libros sobre el tema, visitar ferias, galerías y museos en cada ciudad a donde viaja. “El arte es divino porque se presta para todo, hasta para la vida light. La gente quiere aprender y que vean que les gusta el arte porque eso les da estatus. Por eso, a los eventos artísticos llegan oleadas de personas, desde el más sencillo hasta el que tiene para regalar oro”, dice Francia, cuyo rostro ya es familiar en las páginas sociales de las revistas.
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