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Alejandro Santo Domingo y Charlotte Wellesley ¡Qué matrimonio!

Alejandro Santo Domingo y Charlotte Wellesley ¡Qué matrimonio!

REVISTA JET-SET

El empresario colombiano Alejandro Santo Domingo y la aristócrata británica Charlotte Wellesley, hija del duque de Wellington y descendiente de la reina Victoria de Inglaterra, unieron sus vidas en Granada, ante invitados ilustres como Juan Carlos I, rey emérito de España, y la duquesa Camilla de Cornualles.
Alejandro Santo Domingo Dávila, de 39 años, y Charlotte Anne Wellesley, de 25, a la salida de la ceremonia en la iglesia de la Encarnación, de Íllora. El traje de la novia, de piqué de seda, fue diseñado por Emilia Wickstead y su voluminosa falda realzaba el porte regio de la aristócrata.
Por: 10/6/2016 00:00:00

Casi todo el Almanaque de Gotha, la célebre guía de la realeza y la alta nobleza europeas, estuvo representada en esta romántica cita en Íllora, una antiquísima localidad cerca de Granada, tan del corazón de la familia inglesa de la novia, que la considera su segunda patria. Portadores de apellidos como Borbón, Hohenzollern, Windsor, Grimaldi, Guinness, Montagu o Mecklenburg-Schwerin, alternaron con representantes de grandes fortunas como los Getty, modelos de la talla de la checa Eva Herzigová, artistas como James Blunt y dignatarios como el colombiano Luis Alberto Moreno, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo.

Llegaron allí para presenciar la unión de dos de las familias más apreciadas del jet set, con tanta historia y fortuna a cuestas como la épica tierra que los acogía. Tras cerca de un año de preparativos, el gran día había llegado para calmar la creciente expectación no solo de los novios y sus invitados, sino de los cerca de 11.000 habitantes de Íllora, quienes vieron acordonar las calles de su centro histórico, que se remonta a la Edad Media, y engalanar sus balcones con la tricolor colombiana, la Union Jack británica y la Rojigualda española, para honrar uno de los sucesos más señalados de su historia reciente.

Aunque la cita era al caer la tarde del 28 de mayo, los ilurquenses, curiosos venidos de otros lugares y una nutrida representación de la prensa, se congregaron desde el medio día en los alrededores de la iglesia de la Encarnación. El templo, construido por mandato de los Reyes Católicos y diseñado por el gran arquitecto Diego de Siloé, fue otro de los hitos del acontecimiento, ya que Charlotte lo escogió para su boda, inspirada en sus recuerdos de infancia, cuando pasaba allí sus vacaciones.

Finalmente, Íllora pudo hacer gala de su talante andaluz, al recibir con bulerías y vívidas aclamaciones al incesante desfile de cerca de 300 invitados, cuya emoción saltaba a la vista ante semejante recibimiento. Todos arribaban por grupos en buses, pero cuando un airoso Bentley hizo su aparición, la concurrencia enmudeció y estalló inmediatamente en otra sonora ovación al descubrir que de él se apeaba nadie menos que Juan Carlos I de Borbón y Borbón Dos Sicilias, quien fue su rey por cerca de 40 años hasta su abdicación en su hijo, el rey Felipe VI, en 2014. La presencia del monarca emérito de España se explicaba por su vieja amistad con la familia del novio, en especial con su padre, el fallecido industrial colombiano Julio Mario Santo Domingo, quien amasó una de las fortunas más grandes del planeta.

Otra que llegó en un auto exclusivo fue Camilla, duquesa de Cornualles, esposa del príncipe Carlos de Gales, heredero del trono de Inglaterra. Aunque la parentela de su marido tiene viejísimos lazos de sangre y amistad con la de la novia, ella es especialmente íntima de sus padres, el duque de Wellington y su esposa, la princesa Antonia de Prusia, bisnieta del káiser Wilhelm II de Alemania, por quien desciende también de la reina Victoria I de Inglaterra.

El novio, Alejandro Santo Domingo, hijo de Julio Mario Santo Domingo y su esposa, Beatrice Dávila de Santo Domingo, no se hizo menos merecedor de los vivas del pueblo. “¡Guapo!”, le gritaron las espontáneas granadinas, al verlo llegar de la mano de su elegantísima madre, ataviado con un chaqué gris digno de sus sastres favoritos, Anderson & Sheppard y Ascot Chang, que han hecho de él uno de los hombres mejor vestidos del planeta, según Vanity Fair.

La novia, por supuesto, se hizo aguardar e igualmente recogió un mar de elogios, tanto por su finura, como por el buen humor con que se tomó los aprietos en que la puso su velo de seda, bordado con polka dots (círculos rellenos) y de largo estilo catedral, al salir de su auto y al jugar con el viento de la tarde andaluza. Al contrario de como lo acostumbran las mujeres de su estirpe, Charlotte no llevaba una de las tiaras del fastuoso joyero de su casa, a lo mejor para darle todo el protagonismo a su asombroso traje nupcial, diseñado por la neozelandesa Emilia Wickstead, favorita de la duquesa de Cambridge, futura reina de Inglaterra.

De piqué brocado de seda, el modelo se adornaba en su escote palabra de honor con un detalle que daba el efecto de una capelina. La falda era el detalle más impactante de la pieza, por la imagen realmente majestuosa que su voluminosa falda le confería a una de las mujeres más linajudas de Europa. Su padre, quien la conducía orgulloso, es Arthur Charles Valerian Wellesley, el IX duque de Wellington, título que ocupa el primer lugar en la rama mayor de la nobleza del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Su antepasado, el primer duque de Wellington, el mariscal de campo Arthur Wellesley, figura en los anales de la historia universal como

el héroe que acabó con el poderío del emperador Napoleón Bonaparte, a quien derrotó en la batalla de Waterloo, en Bélgica, el 18 de junio de 1815. Pero antes de esta hazaña contra quien se había convertido en el amo del Viejo Mundo, Wellington ayudó a España a liberarse del yugo de Napoleón y así nacieron los profundos lazos de la familia con el país, que volvían a resonar en el gran día de Charlotte y Alejandro.

Después de entrar por la Puerta de San Pedro, lord Wellington le entregó su cuarta hija al heredero colombiano, quien caminó con ella al altar al son de la Marcha del príncipe de Dinamarca, de Jeremiah Clarke, una obra clásica en las nupcias de la monarquía, al igual que el Ave María, de Schubert, y el Gloria, de Vivaldi, entre otras, interpretadas por la Orquesta de Granada, la Orquesta de la Escuela Superior de Música Reina Sofía, dos sopranos, una mezzosoprano y un tenor.

La misa, bajo el claroscuro que proyectaba la luz de las velas, juntó los ritos de las iglesias católica y anglicana, y fue oficiada en español e inglés por Javier Martínez, arzobispo de Granada, y Richard Chartres, obispo de Londres. A lo largo de la liturgia, varios invitados no pudieron evitar distraerse con la iglesia, sus variados estilos arquitectónicos y su decoración, cuyas flores blancas fueron un regalo de Beatrice Dávila de Santo Domingo.

Pero quizá el detalle de La Encarnación más enternecedor para los novios fue el Cristo de los milagros, obra barroca muy querida por los ilurquenses y por Charlotte, quien pidió tenerlo al pie del altar donde juró ser la señora de Santo Domingo por el resto de sus días. Luego de la ceremonia, los nuevos esposos y sus amigos se trasladaron a El Molino del Rey, conocida popularmente como La Torre de los Ingleses, la finca de 955 hectáreas que España le regaló en 1813 al primer duque de Wellington en agradecimiento por sus servicios. Los Wellesley han hecho de ella el epicentro de la élite en España y la favorita del príncipe Carlos de Gales, quien adora las partidas en su coto de caza.

Una de las invitadas le dijo a Jet-set que si algo maravilló, además de la elegancia que dominó la velada, fueron las dos largas mesas en que fueron servidos todos los convidados. El menú no podía honrar más a la península ibérica: para comenzar, mucho jamón serrano, tapas de boquerones (pescado azul), gazpacho, croquetas, ajoarriero (pasta típica del país), seguidas de cordero original de la hacienda y postres, todo bañado con los mejores vinos, champañas y bebidas espirituosas.

En el lagar de la estancia, los Wellesley mandaron a instalar una enorme carpa donde siguió la rumba. La idea era gozar de verdad, de modo que Charlotte cambió su ampuloso traje por algo más sencillo

para danzar al son de la sorpresa de la noche: Bryan Ferry, el músico más influyente de su generación junto a David Bowie. La diversión siguió al son de los aires flamencos y algunos vallenatos, en evocación de Colombia, que tras el enlace de Tatiana Santo Domingo con la casa principesca de Mónaco vuelve a contemplar cómo otro miembro de una de sus familias más prestigiosas se funde con la realeza y la alta nobleza de las islas británicas.

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