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Clara Rojas e Íngrid Betacourt, la reconciliación

Clara Rojas e Íngrid Betacourt, la reconciliación

REVISTA JET-SET

Una de las lecciones que le dio Clara Rojas a su hijo, Emmanuel, es perdonar. Diez años después del distanciamiento con Íngrid Betancourt, su amiga y compañera política con quien fue secuestrada, buscó el reencuentro que muchos colombianos estaban esperando.
Clara Rojas e Íngrid Betancourt se encontraron el pasado 5 de mayo en el foro La reconciliación, más que realismo mágico, convocado por la Fundación Buen Gobierno.
Por: 19/5/2016 00:00:00

Clara Leticia Rojas habla con una suavidad tal que a veces es difícil oírla. Dice que su mamá, Clara González, de 85 años, es como un ser de luz. Y parece que ella va por el mismo camino, ya que reconoce que los seis años de secuestro en manos de las FARC tallaron en su vida una palabra nueva: resiliencia, la capacidad de superar las adversidades. La representante a la Cámara por el Partido Liberal llega a la cita sin más escolta que su hijo, Emmanuel, quien desde su nacimiento, el 16 de abril de 2004, le ha dado la fuerza para seguir adelante. El bebé que conoció todo el país cuando se dio la noticia de que había nacido en pleno cautiverio en la selva, que a los ochos meses fue separado de su madre y a los cuatro años retornó milagrosamente a sus brazos, acaba de cumplir 12. Su actitud es como la de cualquier preadolescente: concentrado en el juego de su celular y en su malteada de vainilla, aburrido con los asuntos de los mayores, sin ganas de posar frente a las cámaras y cuidadoso de no salir en las fotos tomado de la mano de su mamá... porque ya no es un niño chiquito. Sin embargo, los dos se mueven cómodos, se entienden y se tratan con cariño. Son cómplices. Cuando Clara cuenta con orgullo que él es cinturón azul en karate y que toca guitarra eléctrica, se sonríen, y a los dos se les achican los ojos como dos rayitas. Se parecen. Emmanuel, que al igual que su madre no se muestra muy hablador, se entusiasma con el tema de la música y cuenta que ya ha compuesto dos canciones. Pero aclara que eso no quiere decir que esté seguro de que su futuro estará en los escenarios, porque como profesión prefiere la de chef. Le encanta cocinar y sus especialidad son los raviolis, aunque “mientras tenga la receta y todos los ingredientes puedo preparar cualquier cosa”, dice con seguridad.

En los ocho años que llevan juntos, Clara y Emmanuel se han propuesto tener una vida normal. A pesar de su experiencia, que pudo marcarlos negativamente, los dos se caracterizan por su tranquilidad y optimismo. “Hemos logrado una buena cohesión, porque asumimos que somos los tres con mi madre y nadie más. Tener claro que no somos tan diferentes a las otras familias nos ha facilitado el proceso de sanación. No estamos atados al pasado y disfrutamos el día a día como se nos presenta”, recalca Clara. Del pasado les quedan los tres libros que ella escribió, y que Emmanuel ya ha empezado a ojear. “En el primero, Cautiva, le cuento la historia de lo que viví en el secuestro y cómo llegó al mundo. En el segundo, A prueba de fuego, le enseñé de qué se trata la resiliencia, y que de una experiencia tan traumática como la nuestra se puede rescatar todo lo que aprendimos. De ahí surgió el tercero, Cartas a Emmanuel, en el que le di un contexto del conflicto colombiano en un lenguaje para niños”. Las cartas fueron publicadas en mayo de 2012 y para la Navidad de ese año los compañeros de clase de Emmanuel recibieron de regalo el libro. Fue una forma de ayudar a que su historia se ventilara más abiertamente y que los niños lo vieran con naturalidad. “En el colegio siempre se han preocupado por la situación emocional de todos los alumnos, y sus compañeros conocen su historia de la misma forma que saben que otros niños son adoptados, o que sus padres son divorciados”.

Madre e hijo viven en paz. Y según Clara eso es posible gracias a que ella pudo perdonar. “Ese es un capítulo que ya pasé. La paz es una necesidad y una forma de supervivencia que debemos cultivar como sociedad. Así nos cueste reconocernos, somos compatriotas. Estoy convencida de que a las personas de nuestra generación, que ya vamos por el quinto piso, nos corresponde dejarles a nuestros hijos un país diferente”. Pensando en esas palabras fue que Clara se lanzó al agua, y le escribió un correo electrónico a Íngrid Betacourt. Cuando se enteró de que las dos estaban invitadas al foro La reconciliación, más que realismo mágico, convocado por la Fundación Buen Gobierno, le propuso que se encontraran. La respuesta fue inmediata y positiva. Las amigas que se conocieron en 1998 como colegas en el Ministerio de Comercio Exterior, y se distanciaron incluso antes de ser liberadas del secuestro, lograron cuadrar sus agendas y se reencontraron en el Club El Nogal, de Bogotá.

¿Cómo fue su reencuentro? –Fue una reunión muy sencilla, en un espacio para conversar sin gente ni cámaras. Como lo hacíamos antaño: algo espontáneo y fluido. Siempre sentí que nuestra historia no terminó muy bien, y cada vez que hablaba de eso concluía que quería tomarme un café con ella y superar lo sucedido. El momento se dio ahora, después de diez años, y fue justo cuando estábamos listas. Le doy gracias a Dios, porque uno no siempre tiene la oportunidad de atar los cabos sueltos. Estábamos en corto circuito, pero ya quedamos conectadas de nuevo.

¿Cómo la vio? –Me di cuenta de que en realidad ha estudiado los temas del país a fondo, y vino a compartir su mirada refrescante con nosotros. Así como yo, ella está concentrada en el presente y ninguna de las dos quiere rasgar las cicatrices. La sentí con una gran actitud de escucha, de querer a las personas sin juzgarlas.

¿De qué hablaron? –Como pensé que para ella era muy difícil volver después de todo lo que había pasado, le pregunté cómo se sentía en el país, y la sentí con muy buena energía. Hablamos de las familias de cada una y quiso ver fotos de Emmanuel... se emocionó porque no se imaginó que estuviera tan grande. Me preguntó mi opinión sobre el proceso de paz, y como percibí que es mucho más espiritual ahora, le dije en broma que la platica que invirtió en su carrera de teología no se perdió.

¿Ustedes pueden ser ejemplo de reconciliación? –No creí que se fuera a despertar tanta expectativa sobre este encuentro. Pero si lo que pasó ayuda a que los ciudadanos se cuestionen sobre lo que cada uno puede hacer para resolver las diferencias con las personas cercanas, estaremos construyendo país. La paz la hacemos en el día a día.

Íngrid dijo que sus captores fomentaron las peleas entre rehenes “para lograr nuestra domesticación”. ¿Eso fue lo que les pasó a ustedes dos? –Tal cual. Cuando ella terminó, le pedí una copia de su discurso, y al día siguiente lo leí con calma. Habla de la deshumanización, que es lo que nos dividió. Por eso es tan importante que recuperemos la amistad, ya que la fractura es más honda de lo que uno puede imaginar.

¿Qué le ha dicho la gente después de su encuentro? –En general las personas se han alegrado, pero no faltan los que critican. Alguien me retó a que nos volvieran a poner juntas tres días a ver si nos aguantábamos. Le respondí que por qué mejor no hacía la prueba de estar secuestrado seis años y me contara qué hacía después. La gente juzga muy fácil. Lo que puedo decir es que la pasamos muy bien, porque sobrevivimos y rehicimos nuestras vidas.

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