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Beatrice Borromeo y Pierre Casiraghi protagonizaron la boda más larga del año

Beatrice Borromeo y Pierre Casiraghi protagonizaron la boda más larga del año

REVISTA JET-SET

El hijo de Carolina de Mónaco y la aristócrata italiana congregaron a la crema y nata del jet set para su esperado enlace nupcial, que abarcó dos elegantes ceremonias en sus palacios de Mónaco y Lombardía, y toda una semana de fiestas.
Se casaron por lo católico en el islote San Giovanni, en las islas Borromeas, de propiedad de la familia de la novia. Armani Privé vistió a Beatrice con un traje color marfil de encaje Chantilly y gasa de seda con larga cola y velo. Su ramo era de lirios del valle. Pierre lució un chaqué inglés y ramito de lirios en la solapa.
Por: 13/8/2015 00:00:00
El derroche de festejos a todas las horas del día, de trajes, de travesías y de lujo fue tal, que los periodistas que cubrieron el matrimonio se declararon exhaustos y sorprendidos. “¡Qué modo de celebrar el de esta gente!”, comentó uno de ellos, luego de perseguir entre Mónaco y las islas Borromeas, en el norte de Italia, a la tropa de amigos que aceptó la invitación del hijo de la princesa Carolina y la hija del conde de Arona para acompañarlos en su casamiento. 
Tras dos meses de despedidas y lluvias de regalos en honor de los enamorados, en varios destinos de Europa y América, había llegado el momento. El 24 de julio, Mónaco presenció un nutrido desfile de miembros de las familias más linajudas del Viejo Mundo, quienes fueron objeto de un coctel de bienvenida, del cual se retiraron temprano porque el día siguiente sería largo y cargado de diversiones dignas de la mundana estirpe Grimaldi. 
La mañana del 25, el minúsculo principado amaneció engalanado con la bandera nacional por doquier, en especial el antiquísimo castillo de la roca monegasca, en la costa azul francesa, escenario del enlace civil. Solo 70 personas, entre parientes, amigos muy íntimos y algunas autoridades, recibieron la invitación de su serenísima alteza Alberto II, príncipe soberano de Mónaco y tío materno del novio, para ser testigos de este rito que sellaría el idilio que comenzó hace siete años, cuando Pierre y Beatrice se conocieron en la Universidad Bocconi, de Milán. 
La familia principesca y el resto de la concurrencia hicieron su entrada al célebre palacio rosado de los Grimaldi en medio de artistas que, ataviados con el traje nacional, interpretaban aires folclóricos y le inyectaron las primeras notas festivas a uno de los acontecimientos sociales más anhelados y brillantes del año. 
La ceremonia fue muy privada, pero se cree que tuvo lugar en el Salón de los Espejos, para honrar la tradición. Fue allí donde se casaron la actriz de Hollywood Grace Kelly y el príncipe 
Rainiero III, abuelos de Pierre, en 1956. Años después, el recinto vio también los tres casamientos civiles de su madre, Carolina, princesa de Hanover, el primero de su tía Estefanía y, más recientemente, el de su hermano Andrea con la heredera colombiana Tatiana Santo Domingo, y el del príncipe Alberto con la princesa Charlene (la gran ausente de la cita).
Dado el secretismo que le imprimió el clan Grimaldi a la boda, el misterio del vestido de la lindísima Beatrice Borromeo Arese Taverna solo se develó cuando Valentino, la prestigiosa casa de modas de Milán, anunció en las redes sociales que la prenda salió de su atelier. La novia mostró una vez más los quilates de su regio estilo, al elegir un modelo de chiffon rosa pálido adornado con bordados y una capa de delicado encaje. Sobre sus sienes, una corona de flores, el nuevo emblema de las novias de alto turmequé. 
Acto seguido, los jardines del castillo, diseñados con ideas de la princesa Grace, acogieron un pícnic para más de 600 invitados. Fieles a su espíritu jovial, los recién casados sugirieron a sus invitados asistir vestidos con trajes típicos de cualquier lugar del planeta. Ellos predicaron con el ejemplo: Pierre se atavió a la usanza de Provenza, en halago de los nexos de su linaje con esa legendaria tierra francesa, mientras que ella lo hizo con el atuendo de las monegascas, quizá para señalar el orgullo de llevar ahora esa nacionalidad. Al aire libre, la concurrencia disfrutó de juegos ancestrales como la cucaña y la petanca.
Muchas emociones quedaban aún por vivir en este que con razón ha sido llamado el matrimonio más largo del año. En la noche, la princesa Carolina fue anfitriona de una velada de gran gala, en el glamuroso Hotel de Paris, a la que Beatrice asistió con otra creación de Valentino, casa que vistió a otras novias de sangre azul como Máxima de Holanda, Marie Chantal de Grecia y Madeleine de Suecia. Pero Beatrice casi que se envolvía en sus sedas por derecho propio, pues en el pasado la maison perteneció al emporio textil de los Marzoto, sus abuelos maternos y los nombres más poderosos de la moda en Italia. 
Al día siguiente, el elegante desayuno corrió por cuenta de la madre de la novia, Paola Marzoto, en el hotel Fairmont y, horas más tarde, la fiesta se reanudó de nuevo en la discoteca Jimmy’z, donde hubo baile y tragos largos hasta la madrugada. 
No contentos con ello, el tercer día de diversión tuvo por escenario el Yacht Club de Mónaco, donde fondean todo el año los yates de las grandes fortunas. Allí, la reunión cobró un toque netamente caribeño, tanto por la música y las indumentarias, como por los juegos en el mar del novio, su hermano Andrea y su prima Pauline Ducruet, hija de su tía Estefanía, grandes amantes de los deportes acuáticos. 
En los días siguientes, con un grupo más reducido de amigos, los nuevos esposos siguieron celebrando su dicha con paseos en el yate Pacha III, de propiedad de Carolina de Mónaco; salidas al casino de Monte Carlo, y otras amenidades propias de la high life europea. 
Pronto, llegó la hora de trasladarse a las islas Borromeas, en el lago Maggiore, en la mítica Lombardía, donde la fiesta debía seguir. De propiedad de la aristocrática familia de Beatrice desde el siglo XV, este conjunto de ínsulas fue el marco perfecto para la boda religiosa, que se llevó a cabo en el islote de San Govanni. Esta vez, el ajuar de Beatrice llevaba la firma de otra gloria de la moda italiana, Giorgio Armani, quien también la engalanó para el posterior convite en el palacio de la Rocca di Angera, una de las tantas mansiones de la casa condal de los Borromeo, apellido de santos, nobles, lumbreras del Renacimiento y empresarios. 
Esta vez, los esposos se mostraron más abiertos a los curiosos que querían contemplar a la esplendorosa novia, y las celebraciones no se quedaron atrás en suntuosidad, bajo el espléndido marco de los jardines medievales del palacio y salones ensoñadores como el del Buon Romano, de la Mitologia, dei Fasti Borromeo, delle Cerimonie y el Ala Viscontea. En medio de sus muros de mármol decorados con obras maestras de la pintura y la escultura, se pasearon, rieron y bailaron asistentes como los príncipes Hakoon y Mette-Marit de Noruega, los Grimaldi en pleno, Stavros Niarchos, Diane von Fürstenberg, los herederos del magnate Gianni Agnelli y Christian de Hanover, entre otros. Lo mismo que en Mónaco, las rumbas continuaron en los días posteriores, como si los alegres festejantes quisieran obedecer el designio de otro italiano de alta cuna, Lorenzo de Médici, en su más famoso poema: “Juventud, tan bella y vana/que te vas, hora tras hora;/alegrémonos ahora/del mañana no hay certeza”.

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