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Rainiero III y Grace Kelly protagonizaron la boda del siglo

Rainiero III y Grace Kelly protagonizaron la boda del siglo

REVISTA JET-SET

Hace 60 años Mónaco encandiló al mundo con el que llegó a ser el matrimonio más glamuroso de la pasada centuria.
La entrada de la novia a la catedral fue flanqueada por la Compañía de Carabineros del Príncipe. Grace iba del brazo de su padre, el millonario y medallista olímpico John B. Kelly, quien pagó los dos millones de dólares de la dote de su tercera hija.
Por: 5/5/2016 00:00:00

Ni siquiera el casamiento de Carlos de Gales con Diana Spencer, o el de su hijo William de Cambridge con Kate Middleton, superaron la pompa, los innumerables festejos y la lista de invitados famosos que conllevó el enlace del príncipe monegasco con una de las actrices más bellas y admiradas en la historia de Hollywood.

El cuento de hadas surgió de una cruda realidad: el principado de Mónaco, venido a menos a causa de las dos guerras mundiales, necesitaba volver a ser el destino favorito de los más ricos, como lo fue en el siglo XIX, y Rainiero aceptó el consejo de sus asesores de casarse con una actriz del star system para dar un golpe de imagen y garantizar la permanente presencia de Mónaco en las noticias y páginas de alta sociedad.

Rainiero primero pensó en Marilyn Monroe, pero finalmente cortejó a Grace Kelly, conocida protagonista de las cintas de Alfred Hitchcock y ganadora del Premio Oscar. El príncipe, a punto de cumplir 32 años, la invitó a su palacio en 1955, luego de que ella asistiera al Festival de Cannes, y a los pocos meses los diarios del planeta no hablaban de otra cosa que de la muñeca de mirada de hielo a punto de pasar a la historia como la primera mujer de clase media en convertirse en princesa, toda una transgresión para los rígidos tronos europeos, pero no para Mónaco, que ya había tenido a dos actrices como princesas consortes y a otra estadounidense, Alice Heine.

Nacida en el hogar de John B. Kelly, quien se hizo millonario en Filadelfia con una empresa de albañilería, Grace tenía todos los atributos para dar el salto. Sabía francés y era católica (el idioma y la religión de Mónaco), tenía dinero, modales finos y cinco años como celebridad internacional.

Luego del compromiso en Filadelfia, el 5 de enero de 1956, comenzaron tres meses de preparativos que incluyeron la remodelación del castillo de los Grimaldi y la repartición de las invitaciones a personajes de la realeza, las letras, la industria y demás protagonistas del jet-set, que apenas despuntaba. Entre los convidados de Hollywood figuraron Ava Gardner, Gloria Swanson, Cary Grant y Hitchcock, lo que no animó a todas las casas reales a enviar a sus representantes. Pero aquella era la clientela, mundana y derrochadora, que Mónaco necesitaba en el Casino de Monte Carlo, su mayor fuente de ingresos, y no una tacaña e inhibida como la monarquía.

La novia llegó a Mónaco desde Nueva York, en el barco Constitution, con sus padres, tres hermanos, tíos, primos, damas de honor, su perro y 80 maletas ante las cámaras de 1.700 fotógrafos ávidos de cubrir lo que la prensa ya había denominado ‘la boda del siglo’.

Ese mismo 12 de abril comenzaron los homenajes a la futura princesa, fiestas a todas las horas del día y, también, actos religiosos, ya que Grace era muy rezandera, según contó la bailarina Sonia Osorio, quien la conoció cuando estuvo filmado en Colombia la cinta Fuego verde, en 1954. El 17, por ejemplo, los novios recibieron el Rolls Royce que les regaló el pueblo monegasco y presenciaron una velada cultural con 400 artistas. Rainiero y Grace se casaron por lo civil seis días después, en el Salón del Trono de Palacio. Siguió una recepción para 3.000 personas y una noche de ballet en la Ópera de Monte Carlo.

El 19 de abril Mónaco hizo gala de pompa y circunstancia. El atrio de la catedral de San Nicolás fue escenario del desfile de 600 invitados, entre ellos no pocas personalidades, escoltadas por miembros del cuerpo de carabineros, quienes también abrieron calle de honor para la llegada de la novia del brazo de su padre. Por protocolo, ella esperó al novio en el altar.

Grace vestía un modelo de Helen Rose, la vestuarista de mayor renombre de Hollywood. Permaneció mayestática y sin una sonrisa durante todo el rito y su experiencia en el escenario no permitió que le traicionaran los nervios como a Rainiero, a quien le temblaban las manos y casi no pudo colocarle el anillo nupcial.

Con un nuevo buffet en los patios y jardines del castillo, y en las calles centrales del principado, los novios celebraron su enlace, tras el cual se pusieron ropa más cómoda para abordar el Deo Juvante II, el yate de Rainiero, rumbo a su luna de miel en la isla de Mallorca.

Un festejo tan opulento no se ha vuelto a repetir, pero la estrategia comercial y publicitaria que empezó en esos días rindió sus frutos: gracias a la sagacidad de Rainiero y el encanto de Grace, los siempre escandalosos Grimaldi hoy tienen una fortuna de más de mil millones de dólares y han podido darle uno de los niveles de vida más altos del globo a sus súbditos, quienes no saben lo que es pagar impuestos.

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