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Felipe Ossa, el librero más famoso de Colombia

Felipe Ossa, el librero más famoso de Colombia

REVISTA JET-SET

Felipe Ossa Domínguez no solo lleva medio siglo como librero sino que es el hombre detrás de la Librería Nacional, la tienda de libros más grande de Colombia, que celebra sus 75 años y que vende más de 1,5 millones de libros al año. Él es sobreviviente y defensor de un oficio muy raro en Colombia y que cada vez se ve menos.
Felipe Ossa, de 72 años, entró a trabajar a la Librería Nacional de Cali en los años sesenta, cuando estaba de moda la literatura latinoamericana, el hipismo y la revolución sexual. Luego él se encargó de abrir las de Bogotá y Medellín.
Por: Revista Jet-set7/1/2017 00:00:00

Felipe lleva toda su vida entre libros. Su papá, Luis Ernesto, fue librero y un apasionado bibliófilo. En su casa, en Buga, tenía una biblioteca de tres enormes salones con más de 15.000 volúmenes. “La primera vez que me di cuenta del significado de la literatura fue cuando él me regaló La isla del Tesoro, de Robert Louis Stevenson. Tenía 9 años y quedé deslumbrado, no paré hasta que terminé. Me gustaba el mar y quería ser marino”, recuerda Felipe.

Su padre fue un librepensador y en esos estantes había obras de Voltaire, Diderot y literatura erótica francesa del siglo XVIII que él, siendo apenas un niño, podía leer con total libertad. A los 12 años se sumergió en el mundo de Las mil y una noches, con toda la poesía erótica que eso implicaba. “Por supuesto eso me exaltaba y ¿quién pagaba el pato? pues las bugueñas, pero eran bastante retrecheras”, complementa con humor. “A mí me gustaba conquistar mujeres y leer libros, eso era lo mío”. Se refugiaba en ellos con la esperanza de convertirse en uno de los héroes de estas historias de aventuras.

En los años cincuenta cambió la suerte y vino la decadencia de su acomodada familia vallecaucana. Felipe cuenta que su padre era un bohemio, que le gustaba la poesía, las mujeres, la parranda y no le paraba muchas bolas a los negocios, por eso quedó en la ruina y tuvo que vender la biblioteca. “Eso para mí fue como si me hubieran echado de la casa o se hubiera muerto mi mamá. Era el desarraigo absoluto, me había quitado mi mundo”.

Desde entonces se dedicó a buscar esa ‘biblioteca perdida’ y llegó a la Librería Nacional de la Plaza Caycedo de Cali, donde se sentaba en la cafetería durante largas horas a ojear las novedades. Una de esas tardes se encontró con Jesús María Ordóñez, el fundador de la librería, y le pidió que lo dejara trabajar ahí. El escéptico librero le preguntó qué experiencia podía tener un joven de 18 años y su respuesta fue: “He clasificado los libros de la biblioteca de mi padre”.

Él se rio y le dijo que volviera al día siguiente para hacerle un examen de literatura, que pasó, como era obvio, con honores. Al señor Ordóñez no le quedó más remedio que contratarlo. Empezó como ayudante de bodega, que quedaba en un sótano y tenía que subir y bajar cajas todo el día. “Afortunadamente en esa época yo era fisicoculturista y tenía una gran musculatura”.

Corrían plenos los años sesenta, época del boom de la literatura latinoamericana, el marxismo, el psicoanálisis con Sigmund Freud, los escritores rebeldes, el hipismo y todo el despertar de la revolución sexual. La Nacional era el lugar de tertulia de la intelectualidad de la época y de las primeras modelos que tuvo Cali que iban a las fuentes de soda a tomar helados.

Poco a poco, con la bendición y los inquisidores quices de su maestro Ordóñez, Felipe fue ascendiendo hasta llegar a jefe de planta. Se ganó el respeto de todos y le encargaron abrir la Nacional de Bogotá y la de Medellín, donde se convirtió en el librero oficial de Pilar Castaño, Amparo Grisales, Lina Moreno, y el senador Iván Duque, entre muchos otros.

La Nacional era su segunda casa, allí conoció a la mayoría de sus amistades y amores. “El señor Ordóñez siempre me decía: ‘una manera de conquistar a una mujer es regalándole el libro adecuado’”. Y el truco le ha funcionado con Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda; Inventario de Mario Benedetti y El amante de Marguerite Duras. Dice que cuando se regala este último es porque ha avanzado y la mitad de la fortaleza está al otro lado. “Eso sí, no vayan a ser tan atrevidos y tan burdos de regalar en primera instancia El Kamasutra, eso sí no”, cuenta y se nota que se divierte.

Con esa táctica conquistó a su esposa, quien también es librera y se encarga de la parte administrativa de la Nacional. Ella le acolita la compra de libros y le organiza la biblioteca de su casa con más de 9.000 ejemplares, entre los que hay 1.500 de cómics, que van casi del piso al techo. “Qué más puedo pedir, eso es como si a un sultán la más antigua del harén le organiza el harén”, dice Felipe. Tiene una sección con los más amados en la que sobresalen Borges, Stevenson, Juan Rulfo, Julio Verne, Dickens, Thomas Mann, Milan Kundera y Elias Canetti, la lista es infinita. De los colombianos tiene casi toda la bibliografía de Gabriel García Márquez, un recurrente visitante de la Librería Nacional de Barranquilla antes de ser famoso, y de Álvaro Mutis.

Felipe, de 72 años, lee más o menos unos 50 libros al año y le preocupa que no le alcance el tiempo para devorarlos todos. “Quiero seguir vivo para seguir leyendo. Cuando empecé a contar los libros que tenía me encontré con uno que se llamaba Cómo vivir 100 años y dije: “Este me lo tengo que leer de primero, para poder continuar con los demás. Como decía Canetti: ‘mientras yo tenga libros pienso que no voy a morir’”, cuenta, sentado en el sofá de la librería de Unicentro a donde en esta época de vacaciones llegan los clientes a buscarlo para que les recomiende qué regalar y qué leer.

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