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Felipe Grimberg el arte de vender Boteros

Felipe Grimberg el arte de vender Boteros

Revista Jet-set

El marchante colombiano tiene el récord de ser el que más obras de Botero ha vendido en el mundo: más de 400, entre esculturas y cuadros. Anualmente visita mínimo 10 ferias de arte y hace 15 años vive en Miami, donde tiene su negocio Felipe Grimberg Fine Art, que cuenta con gran prestigio internacional.
Felipe Grimberg está recopilando información para publicar un libro con las 400 obras de Botero que ha vendido.
Por: Edición 2944/11/2014 00:00:00
Felipe Grimberg ha sido el marchante de arte que más obras ha vendido de Fernando Botero. Han sido más de 400 entre cuadros y esculturas, una cifra “gorda” teniendo en cuenta que en la actualidad el precio de un Botero puede estar por el orden de los 500 mil dólares, cerca de 1.000 millones de pesos. “Botero es el artista latinoamericano vivo más importante del mundo. Su carrera ha sido extensa y muy compleja, con el tiempo aprendí a apreciar su obra y a entenderla”, dice Grimberg. Ahora se dedica a recopilar información para publicar un libro titulado Selling Botero, donde aparecerán cada una de estas obras, que tanta gloria le han dado al país.

Grimberg no solo vende cuadros del maestro antioqueño sino que además tiene un catálogo de artistas contemporáneos europeos y americanos. Este marchante ha conseguido récord de ventas con piezas de artistas como el mismo Botero, Marc Chagall, Wifredo Lam, entre otros. “Ahora estoy muy enfocado en artistas norteamericanos de la vieja guardia”.

Lleva 28 años en el negocio y es sin duda uno de los dealers de arte colombiano con más reputación en el mercado internacional. “Empecé porque las personas que me veían en las galerías me preguntaban si yo les podía conseguir obras de arte”. Lo primero que vendió fue un dibujo en papel de Darío Morales. “Lo conseguí en dos días y lo vendí al tercero. Ahí empecé a saborear por primera vez lo que era el mercado del arte”, comenta.

Felipe explica que para vender una obra el primer requisito es que le guste a él mismo. “A mí por ejemplo me queda difícil ofertar arte digital porque no sé cómo expresar lo que el artista quiere decirle al público”.

¿Hay alguna que no haya podido vender? “Las obras de arte siempre encuentran novio, lo que pasa es que a unas les toma más tiempo y otras se van más rápido. Hay artistas latinoamericanos que compré hace años que tenían una carrera promisoria y no fue así”.

Perspicaz e intuitivo, Grimberg conoce el mercado como pocos. Asiste cada año a mínimo 10 ferias de arte, participa en las subastas de Sotheby’s y Christie’s, en Nueva York y Londres, y visita las exposiciones de los artistas que le interesan. Vive hace 15 años en Miami, una ciudad que para él es la capital de Colombia en Estados Unidos. En su casa, en el Design District, tiene varias obras, aunque no tantas como quisiera. Muchas veces se siente tentado a quedarse con algunas pero sabe que su trabajo es entregárselas a los coleccionistas. “Mientras las vendo, las miro y las gozo”. Recuerda que cuando llevaba pocos años en el negocio tenía varios cuadros de Alejandro Obregón que le hubiera gustado conservar, pero costaban más o menos tres millones de pesos de la época y en ese entonces no tenía los medios para hacerlo.

El marchante aplaude el buen momento por el que está pasando la plástica colombiana, que se ve reflejado en una feria como artBO que cada vez gana más prestigio y el aumento de coleccionistas. “Hace 20 años la movida cultural del país era completamente diferente. Hoy los artistas tienen una importancia que no tenía ninguno en el pasado”. Evita comprometerse con nombres aunque destaca a quienes trabajan con Catalina Casas y con la galería Nueveochenta. “Tener a Óscar Murillo, quien es representado por una de las mejores galerías de arte contemporáneo del mundo, es algo extraordinario para el país, aunque a mí no me gusta su obra”, dice.

A pesar de vivir en la Ciudad del Sol, Grimberg sigue muy conectado a su tierra. Viene por lo menos tres veces al año. “Me fascinan los colores, los sabores, la gente, las montañas, etc.”.

Dice que su oficio es bien pago pero requiere de mucha dedicación. “Hay que hacer el mismo trabajo para vender una obra de 100 mil dólares o de 500 mil. Además el mercado es muy irregular. Hay semanas en las que no vendemos nada y otras en las que nos va muy bien”. A la hora de hablar de sus clientes es reservado. “Por eso soy dealer privado. Le he vendido a varios personajes del jet set nacional e internacional y me encantaría poder contarles, pero eso forma parte de la confidencialidad”, dice.
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