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Felipe de Borbón y Letizia Ortiz: diez años de matrimonio

Felipe de Borbón y Letizia Ortiz: diez años de matrimonio

Revista Jet-Set

Los Príncipes de Asturias cumplen su primera década de casados en medio de rumores de que su matrimonio está en crisis.
Se casaron el 22 de mayo de 2004 en la Catedral de la Almudena de Madrid. Las tiernas miradas de aquel día hoy se han endurecido. Se dice que se pelean delante de sus amigos y que el príncipe adora a Letizia, pero que le molesta que sea tan mandona. Fotos: Look Press Agency
Por: Edición 2825/5/2014 00:00:00
Fue una boda polémica porque removió siglos de rígidas tradiciones en la Corona. Los Borbón se apegaban al tabú de que solo podía ser consorte del rey una mujer que se hubiese casado con él siendo virgen, pero Felipe no podría cumplir con tan anticuada costumbre. Después de una época de ligues pasajeros, el Príncipe de Asturias había tenido publicitados noviazgos con Victoria de Cavajal, Gigi Howard, Isabel Sartorius, desaprobada por la realeza por ser hija de padres divorciados, y con la modelo Eva Sannum, a quien no aceptaron por haber posado ligera de ropa. En 2003, empezó a mostrar compulsión por sentarse religiosamente a ver la edición de la noche del Telediario de Televisión Española. La conducta del príncipe era tan inusual que su propia madre, la reina Sofía, le llamó la atención e indagó, relató ella misma. Descubrió que lo que lo atraía tanto del noticiero era una periodista nacida en Asturias en 1972, llamada Letizia Ortiz Rocasolano, popular en todo el país. Felipe, quien ya había coincidido con ella en algunos cubrimientos, se las ingenió para conocerla mejor, por intermedio del periodista Pedro Erquicia, en cuya casa se dio el encuentro. Desde ese día, ella lo flechó y él le propuso matrimonio.

Letizia, cuyo padre también es periodista, aceptó dejar su carrera y su estatus de mujer de mundo para convertirse en la futura reina de España, la primera nacida en el país desde María de las Mercedes de Orleáns. Pero la fantasía se topaba con un escollo: la escogida era divorciada, lo mismo que sus padres, lo que no la hacía apta para el trono, según los viejos convencionalismos. Ortiz, por otro lado, no era ni de la realeza ni de la nobleza, lo que tampoco le agradaba al rey. La alta sociedad se horrorizó al ver que Felipe no prefería a una de sus hijas, sino a la nieta de un taxista. Empero, el príncipe se empeñó en que, si no lo dejaban casarse con ella, renunciaría como heredero del trono. Según la prensa española, el rey atendió a quienes le recomendaron no oponerse, entre ellos, la reina Sofía, quien es de la idea de que la realeza tiene que abrirse, ella que es una de las últimas princesas de pura cepa, nieta, hija, hermana y esposa de monarcas.

La boda era atractiva por el ingrediente de movilidad social que conllevaba (otra plebeya se convertía en princesa) y por la belleza de la novia, quien acaparó el protagonismo en las portadas de las revistas. Pero la prensa también escarbó en su pasado y reveló que su exmarido, Alonso Guerrero, había sido primero su profesor en el colegio. Antes de su matrimonio con él, la periodista, egresada de la Universidad Complutense de Madrid, había estudiado en México, donde era recordada como rumbera, noviera y viajera por países como Colombia. Especulaciones nunca confirmadas insinúan que apoyaba la abolición de la monarquía. Pero terminó casándose con el más guapo de los príncipes.

Aquel 22 de mayo de 2004, los Borbón botaron la casa por la ventana en la primera boda de un heredero del trono en 200 años. La ocasión tenía cierto halo agorero, pues en 1906 los festejos del enlace de Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg terminaron en tragedia a causa de un atentado terrorista que dejó varios muertos. El traje nupcial de la nueva reina, considerado el más caro de la época, terminó teñido por la sangre de las víctimas.

Las bodas de Felipe y Letizia duraron dos días. Pasarán a la posteridad entre las más fastuosas de comienzos del siglo XXI y como una de las que mayor número de testas coronadas congregó, en ese momento en que abundaron los casamientos de los herederos reales del Viejo Mundo. Todo marchó bien, amén de la pelea entre los primos Víctor Manuel y Amadeo de Saboya.

Pasado el revuelo por el cuento con final feliz, Letizia no dejó de ser controversial. Ella es la princesa de la que mejor se habla, pero también de la que peor. Si hace poco la revista Paris Match la elogiaba como “imparable, hiperactiva y elegante”, “simplemente perfecta” y “esperanza de España”, también es cierto que Vanity Fair se colaba en los círculos palaciegos para averiguar que no es muy querida por los funcionarios de la Casa del Rey, quienes le hacen desplantes por su origen plebeyo. Por el mismo motivo es despreciada por la nobleza y ni hablar de su pésima relación al menos con una de sus cuñadas, la infanta Cristina, cuyo marido, Iñaki Urdangarin, la culpa de la desgracia en que cayó tras ser llevado a juicio por corrupción, en el peor escándalo de la realeza española.

De Don Juan Carlos se comenta que la ha llamado maliciosamente “lista”, y cree que le gusta tanto el puesto de reina que ayudará a Felipe a que lo haga bien para que no lo tumben los republicanos, en una España desilusionada con su familia real por excesos como la famosa cacería del rey en Botswana, en medio de la cruda recesión que golpea al país.

Un primo de Letizia, David Rocasolano, dijo pestes de ella en un libro titulado Adiós, princesa, en el que afirmó que había abortado antes de casarse con Felipe y que había provocado con su entrada a la realeza el suicidio de su hermana menor, Erika Ortiz. Letizia es además descrita por sus amigos como emotiva, profesional y perfeccionista, al tiempo que sus enemigos la tildan de arpía, fría y calculadora. “Ella lo que quiere es dar la lata, hacer sentir que manda”, se habría quejado Felipe una vez que ella modificó una orden. Él, así se enoje, es su único aliado en la hostil realeza, en la que se percibe sola y descalificada por defender su independencia. Hace poco, cuando los príncipes asistían a un cinema, un niño les pidió un autógrafo. Cuando Felipe iba a acceder, Letizia

lo detuvo con estas palabras: “No estamos trabajando”. Porque así es como ella se toma su rango de princesa.

Letizia, se murmura en Madrid, interrumpe imprudentemente al príncipe cuando habla con otras personas, y aún no le perdonan que en la rueda de prensa del compromiso lo hubiera “regañado” con la frase “déjame hablar a mí”. Hasta le tienen apodos como “Letizia, la Fistizia”, y la ridiculizan por ignorar el protocolo, en el cual la realeza española fue pionera, antes que la de Francia.

La princesa de Asturias también resulta antipática por su obsesión de hacer lo que el común de la gente en su tiempo libre. Va de compras sola y retira ella misma su dinero del cajero automático, como si quisiera darse un respiro de lo duro que debe ser oír las cosas más denigrantes de ella, durante diez años, sin derecho a defenderse.

La primera década del matrimonio de los Príncipes de Asturias coincide con chismes de que la pareja no pasa por un buen momento, mientras que testimonios publicados por la prensa local hablan de las peleas que sostienen delante de sus amigos. Una separación sería desastrosa para la imagen de Felipe, quien no es tan carismático como su padre. Según medios como Vanitatis, los asesores del Palacio Real han diseñado una campaña para mejorar la imagen de doña Letizia, a quien le sugirieron sonreír más y no mostrarse tan distante con los españoles. Parte de la estrategia son las fotos supuestamente espontáneas de los dos, paseando por Madrid como tortolitos, que han circulado últimamente. Se cree que se trata de un gesto concertado con los paparazzi para desmentir el desamor de la pareja, que tiene dos hijas, las infantas Leonor y Sofía. ¿Resistirá Letizia otros diez años de escrutinio despiadado? ¿Logrará mantenerse firme frente a los que esperan que cometa el mínimo desliz para expulsarla del palacio? El desenlace queda en manos del tiempo y de la pericia con que la nieta del taxista sepa manejar sus ambiciones.
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