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Fabiola de Bélgica ¡Qué historia de amor!

Fabiola de Bélgica ¡Qué historia de amor!

Revista Jet-set

El rey Baudouin de Bélgica quería una esposa. Tenía que ser virgen y muy católica. Como eso no era fácil, le recomendaron buscarla en España. Una monja fue enviada a encontrar la candidata. De ahí nació un cuento de hadas que terminó la semana pasada con la muerte de la reina Fabiola.
La reina, fallecida a los 86 años en el castillo de Stuyvenberg, era muy discreta pero sorprendía con gestos salerosos, como su saludo con abanico a la prensa en la alfombra roja de la boda de los reyes Felipe y Letizia de España en 2004. Foto: AFP.
Por: Edición 29715/12/2014 00:00:00
A los 30 años, Fabiola de Mora y Aragón se había resignado a quedarse solterona. Pero de repente su vida dio un giro que la hizo pasar de aristócrata desconocida a protagonista de una de las historias de amor más exitosas de la realeza europea. Un noviazgo fallido con un noble llevó a la tímida y rezandera joven a la decisión de meterse a un convento. A último momento prefirió ejercer la fe en el seno de su familia. Por esos años, publicó Los doce cuentos maravillosos, un libro infantil cuyas ganancias dio a la caridad e inició su entrenamiento como enfermera en hospitales militares. De noche cenaba en Zurbano, el palacio de su familia donde se crio en Madrid. Nadaba, jugaba tenis y era hincha del Real Madrid, cuyo escudo llevó en sus regios atuendos hasta sus últimos días.

Mientras tanto, en Bélgica, el obispo Leo Joseph Suenens movía los hilos para conseguirle una esposa al rey Baudouin I, quien no se había casado ni tenía un heredero. Era un personaje melancólico, movido por un sentido del deber y un profundo catolicismo. Soñaba con una aristócrata virgen y tan religiosa como él. Alguien así, le dijeron sus asesores, era más fácil de conseguirse en España que en los otros países de Europa.

Atendiendo el consejo, mandó a una monja de su entera confianza, Verónica O’Brien, a Madrid. Ella tenía la misión de inspeccionar las mujeres solteras de la nobleza española a ver si alguna llenaba los requisitos. La búsqueda comenzó por los colegios de monjas de la alta sociedad. Allá una exprofesora de Fabiola le dejó saber que ella le podría ayudar a hallar una candidata entre las hijas solteras de sus amigos. Sin embargo, al conocer a Fabiola, sor Verónica se impresionó profundamente con ella y concluyó que su búsqueda había terminado. Le escribió al obispo que “Ávila (el nombre cifrado de Fabiola) entró como una exhalación de aire fresco, alta, delgada, de buen cuerpo, guapa y llamativa, rebosante de vida, inteligencia y energía”.

Acto seguido, la monja la invitó a Bruselas, donde conoció al rey. A su regreso a Madrid, recibió una carta del obispo Suenens, en la que le pedía que se casara con el guapo Baudouin, dos años menor que ella. Antes que ufanarse por ser pretendida por el mejor partido de Europa, Fabiola se puso furiosa por el hecho de que prácticamente no se conocían. Sin embargo se calmó y volvió a Bélgica para reencontrarse con él, en secreto. En un paseo a Lourdes, los sorprendió la lluvia y se pusieron a rezar el rosario en el carro de él, se enamoraron y ella aceptó convertirse en reina.

Fabiola Fernanda María de la Victoria Antonia Adelaida de Mora y Aragón, nacida el 28 de junio de 1928, era una mujer de abolengo y fortuna. Su padre, Gonzalo de Mora y Fernández Riera del Olmo, conde de Mora, marqués de Casa Riera, fue uno de los terratenientes más grandes de España, gracias a la fortuna que su estirpe amasó con la minería. Su madre, Blanca de Aragón y Castillo de Albornoz, marquesa de Casa Torres, descendía del rey Sancho III. Fabiola, penúltima de los siete hijos del matrimonio, era ahijada de la reina Victoria Eugenia, quien era nieta de la reina Victoria de Inglaterra y esposa de Alfonso XIII. En el palacio de Zurbano, creció en medio de costumbres castizas, como el rezo diario del rosario junto a sus 17 sirvientes, todos de rodillas. Los nexos de los Mora y Aragón con la monarquía los obligaron a exiliarse cuando Alfonso XIII fue destronado en 1931. Fabiola, sus hermanos y sus padres vivieron en Suiza y Francia durante la guerra civil y retornaron en 1939.

Baudouin tampoco se movía en un valle de rosas. Su madre, la reina Astrid (una especie de lady Di de los años 20), falleció cuando él tenía 4 años. Al cumplir 20, su padre, el rey Leopold III, le entregó el trono, apenado por su rendición ante los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Los súbditos, además, vivían descontentos con su segunda esposa, Lilian, princesa de Réthy.

La boda real fue el mayor suceso de la sangre azul de 1960, pero las tensiones pronto afloraron en la corte de Bruselas. Lilian y Fabiola nunca se entendieron. Cuando Baudouin y Fabiola regresaron de su luna de miel en Sevilla, se encontraron con que Leopold y su mujer habían desmantelado el palacio de Laeken, su residencia. Las dos mujeres solo se volvieron a ver dos veces más en la vida. La última en 1983, en el entierro de Leopold.

Fabiola hizo honor a esa “exhalación de aire fresco” que sor Verónica vio en ella. En aquel país gris, impuso algo de su alegría española, con su majestuosa elegancia, aunque nunca dejó de ser la devota católica dedicada a sus obras sociales.

La popularidad de los eternos enamorados fue tal, que ni siquiera la afectó el peor drama de su vida: no tener hijos. Al adorarse con su marido y tener la responsabilidad de producir un heredero para el trono, la búsqueda de un bebé se convirtió en una obsesión. Año tras año quedaba embarazada pero siempre abortaba involuntariamente: “Perdí cinco bebés (...) pero a la final, pienso que la vida es bella y que todos los niños de Bélgica son mis hijos”, comentó Fabiola en una ocasión. El trauma de la infertilidad fue tan grande que cuando el parlamento belga promovió una ley a favor del aborto, la reina le pidió a Baudouin que no la firmara. Como el parlamento era soberano, el rey tuvo que inhabilitarse por un día como monarca, para que la ley fuera aprobada sin su firma.

Baudouin la dejó viuda en 1993 y la reina exhibió uno de esos gestos con que solía sorprender, pues eligió ir de blanco al funeral. El trono pasó a su cuñado Albert II y ella redujo su figuración, para no opacar a la nueva reina, Paola Ruffo di Calabria. A esta solo se parecía en lo azul de su sangre, pues Paola tenía un matrimonio abierto con el rey. De hecho, el año pasado, él abdicó a favor de su hijo Philippe, por la crisis que desató la aparición de una hija ilegítima. Fabiola pasó sus 21 años de viudez como un personaje discreto pero venerado por el pueblo belga. Conservó hasta el último día su sencillez, sus oraciones diarias y sus obras de caridad. Al comunicarse a comienzos de diciembre su fallecimiento, los súbditos que tanto la adoraron sollozaron por la española en quien vieron a la madre de la nación.
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