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Estefanía de Mónaco, de princesa a domadora de elefantes

Estefanía de Mónaco, de princesa a domadora de elefantes

REVISTA JET-SET

La escandalosa hija de Rainiero y Grace de Mónaco rechaza el boato de la monarquía y hoy vive dedicada a los animales, según le confesó a Vanity Fair en una entrevista con la que rompió años de silencio.
A los 50 años, la princesa no ha olvidado los trucos que aprendió cuando se fugó con el circo Knie, y los practica con los elefantes que adoptó tras salvarlos de la muerte.
Por: 8/10/2015 00:00:00
Es famosa por haber hecho lo impensable en una princesa: acostarse con sus guardaespaldas, fugarse con un circo, andar con maleantes y lanzarse como modelo y cantante de pop. Así se ganó la fama de revoltosa y, cansada de ello, le dio una entrevista a la edición española de Vanity Fair en la que fue terminante: “Ya no tengo 21 años sino 50. Dejen de llamarme ‘princesa rebelde’. ¡Basta ya! Se han quedado anclados en los años 80. Ya no soy esa persona”.
Estefanía le dijo al periodista Alberto Pinteño que su pasado se volvió un cliché y dio su primera entrevista en los últimos siete años, para mostrar su nueva vida. “Me considero ante todo una madre, tengo tres hijos que he criado yo misma”, declaró, refiriéndose a Louis y Pauline Ducruet, a quienes tuvo con su exescolta y primer esposo, Daniel Ducruet, y a Camille Gottlieb, hija de otro de sus guardias, Jean-Raymond Gottlieb. 
Esos amores mal vistos hicieron de ella la mujer más escandalosa de la monarquía, pero no tiene remordimientos: “No me arrepiento de absolutamente nada. He disfrutado y aprovechado cada segundo. He hecho cosas que me han aportado felicidad. Todas las épocas de mi vida, incluyendo los errores, han construido a la persona que soy. Y amo a esa persona”, anota su serenísima alteza.
Sus hijos han crecido y al verlos de lejos en una calle con Estefanía, es difícil distinguir quién es quién, pues ella se viste como ellos, con jeans, chaqueta de cuero y tenis Converse desgastados. Tiene además tatuajes por todo el cuerpo: uno a lo largo de la espalda, otro en el tobillo izquierdo, más rosas y motivos étnicos dibujados en las muñecas.
“La ostentación no es para mí. No me adapto al rol de princesa, a tener que ponerme un vestido maravilloso, a ese lado glamuroso de la monarquía. Eso no es para mí. Soy una mujer como cualquier otra”, asegura Estefanía, quien pese a ser la hermana de Alberto II, el príncipe soberano de Mónaco, y muy rica, hace su mercado en el Carrefour de Mónaco, donde vive en un apartamento de 300 metros cuadrados. 
“Dio la casualidad de que mi padre era príncipe de Mónaco. Pero para mí era solo mi papá”, expresa. Sus amigos le contaron a Vanity Fair que, en efecto, ella era la niña de los ojos de Rainiero y que él casi siempre se ponía de su lado, ante sus travesuras. Ello no significa que no la corrigiera, dijeron los informantes, solo que no la enfrentaba y acudía a otros para que lo hicieran.
La muerte de él, en 2005, fue uno de los puntos de quiebre en la vida de la princesa, pues venía de la peor racha de su historia. Primero, fue el destape de la infidelidad de su marido Daniel Ducruet, de quien aparecieron unas fotos teniendo sexo con otra mujer. Una de las personas que mejor la conoce le contó a Vanity Fair que ella se encerró y nadie la volvió a ver por casi un año. La revista revela que él hoy cobra altas sumas de dinero por hablar de su vida con la princesa. 
Luego, Estefanía se enredó con unos mafiosos, al punto de verse involucrada en el asesinato de uno de ellos, el tunecino Eskander Laribi, ya que su novia llegó a la escena del crimen en un auto que le pertenecía. Su inmunidad diplomática la liberó de comparecer en el caso y su padre la confinó en un chalet en los Alpes. 
De vuelta al mundo, se enamoró de Franco Knie, un famoso cirquero suizo, quien era casado. Aún así, ella tomo a sus tres niños y se sumó a la caravana de la compañía de su amante, mientras que en Mónaco su familia se moría de la vergüenza y Rainiero le redujo la herencia. Ella fue el primer miembro de la monarquía en hacer algo semejante. En últimas, cambió a Franco por otro cirquero, el portugués Adans López Peres, con quien se casó y siguió en la vida del espectáculo hasta su divorcio en 2004. “La culpa de la ruptura fue mía. No entendía con quién estaba casado”, le manifestó López a Vanity Fair, y agregó: “Pero ella me enseñó cosas como la modestia, la naturalidad, su energía y alegría. Es realmente una bella mujer”. 
Con el deceso de Rainiero se inició el capítulo que Estefanía experimenta hoy. “Lo único que hago es aprovechar mi notoriedad para cambiar las cosas, para ayudar”, dijo. Cuando el cronista Alberto Pinteño le recordó que aún así goza de privilegios, ella insistió en que utiliza su estatus para servir a Mónaco, a través de sus instituciones benéficas. “Pero no olvide que todos somos iguales”, remató.
Estefanía se ha convertido en abanderada de la lucha contra el sida, un problema que conoció de cerca por una amiga. El otro eje de su vida lo conforman Baby y Nepal, dos elefantes que salvó de la muerte, los adoptó y los tiene viviendo en la finca de Fonbonne, en Francia, junto a perros, cabras y hasta un tigre. Con ellos, la princesa practica lo que aprendió en sus días de cirquera (afición heredada de su padre) y hace gala de sus números en sesiones programadas para promocionar su fundación en pro de Baby y Nepal, que obedecen a sus silbidos y la cubren de tierra con su trompa. “Soy como me ves. Con barro y arena, entre animales. No me hace falta el lado glamuroso de la vida. Así soy feliz”, le dijo a Vanity Fair.
El príncipe Alberto fue quien le dio la hacienda para los elefantes y le confió a la revista: “Siempre pensé que algún día su vida sería esta. No creí que fuera a suceder aquí ni de esta manera, porque es una gran aventurera, pero me encanta poder compartir esto con ella y el mensaje que transmite”. 


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