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Ernst de Hanover Cambió a una princesa por una cabaretera

Ernst de Hanover Cambió a una princesa por una cabaretera

Revista Jet-set

El esposo de Carolina de Mónaco reapareció en Múnich junto a su amante, Simona, la bailarina que conoció en un burdel.
Ernst, de 60 años, fue visto tras largos meses de ausencia de las páginas de las revistas en el tradicional Oktoberfest de Múnich con Simona, quien es 34 años menor que él.
Por: Edición 29322/10/2014 00:00:00
Él es un príncipe alemán y el jefe de una de las casas reales más antiguas de Europa, entre cuyos primos figuran la reina Isabel de Inglaterra, la reina Margrethe de Dinamarca y el rey Felipe de España, entre otros. Ella es la hija de un hogar humilde de una pequeña ciudad de Rumania, que le quedó pequeño a los anhelos de fortuna que la inquietaron desde niña. Él no ha tenido que trabajar nunca gracias a la inmensa fortuna que amasó su padre, Ernst Augustus, a costa de empresas expropiadas a judíos en la Segunda Guerra Mundial. A ella, su belleza le sirvió para abrirse paso como modelo en Bucarest, donde conquistó cierta fama y empezó a sentirse cada vez más atraída por el alto mundo. Pero el sueño de llegar a ser una top model se vio eclipsado y tuvo que conformarse con un trabajo de bailarina en un burdel de Viena, donde, un buen día, su destino se cruzó con el del alemán, en un idilio de amor, como jamás lo hubiera podido soñar.

Simona es hoy la envidia de muchas en Europa, pues tiene comiendo de su mano al príncipe, Ernst de Hanover, quien se enamoró perdidamente de ella en una de sus famosas noches de juerga, la sacó del burdel, la puso a estudiar (como sucede en Mujer bonita, la famosa cinta con Julia Roberts) y la ha convertido en la musa de su nueva vida. Así, la rumana ha saltado del escenario de la casa de citas de Austria, donde la prostitución es un negocio legal, a codearse con los aristócratas, millonarios y bohemios de alto turmequé que conforman su círculo social. Lo más novelesco de la historia es que ella se puede dar el lujo de decir que, en el corazón de su amante, logró destronar a Carolina de Mónaco, una de las mujeres más elegantes del mundo, y quien sigue siendo la legítima esposa de Ernst, aunque están separados hace cuatro años, casi los mismos que él lleva al lado de Simona.

El romance de Hanover, de 60 años, con la cabaretera, de 26, como que va viento en popa, a juzgar por las recientes fotos de la pareja en el Oktoberfest, la tradicional fiesta de Múnich, donde él reapareció luego de una larga ausencia de la mirada pública. La revista Bunte señaló que aquel fue el debut de Simona en Alemania, donde Ernst no reside hace rato, además de “una nueva humillación para Carolina”.

La separación, como le aseguró un periodista de Bunte que pidió la reserva de su nombre, a El País, de Madrid, marcó un cambio de costumbres para el príncipe, quien “está más tranquilo desde que rompió con Carolina”. Mientras que con ella llevaba una agitada vida social, que le exigía vestir de frac a menudo y cumplir con copiosos compromisos oficiales, con la rumana todo es disfrute y no tiene que preocuparse mucho por su apariencia, al punto que se dice que anda como un “hippie viejo”. Ernst pasa el verano en Ibiza, el invierno en la isla de Lamu, en Kenia, y suele además organizar partidas de caza para sus amigos en su castillo de Grünau, en Austria. “Su vida salvaje se ha vuelto más tranquila y ahora tiene una pareja estable. Dejó de golpear a los fotógrafos y periodistas. Todo parece indicar que ya no le interesa lo que digan de él”, aseguró el reportero alemán, quien ha seguido de cerca la vida de Ernst, entre cuyos antepasados figuran varios reyes de Inglaterra, como Victoria I, y del extinto reino de Hanover.

En cuanto a su situación con Carolina, la prensa alemana, que ausculta con fruición su vida y milagros, insiste en que los esposos llegaron al acuerdo de llevar vidas separadas, pero sin divorciarse. Bunte desestima que haya un trasfondo económico en ello, sino que se trata de un “generoso regalo de despedida de Ernst”: con el matrimonio, celebrado en 1999, la hija de Rainiero III y Grace Kelly, emparentó con una familia de mucha mayor trascendencia en la historia de la realeza que la suya, de modo que sin divorcio puede seguir llamándose Carolina, princesa de Hanover, con tratamiento de alteza real, más elevado que el de alteza serenísima, que merece como miembro de la casa principesca de Mónaco.

Aunque la prensa asegure que Ernst tiene un pasar más sosegado, sus fotos en Múnich delatan que no ha dejado su afición al alcohol, que en varias ocasiones ha puesto en peligro su vida. Como se recuerda, su borrachera en la víspera de la boda de los reyes Felipe y Letizia de España fue tal, que Carolina tuvo que asistir sola a la ceremonia. En 2005, una pancreatitis casi lo mata, pero se recuperó y dejó la bebida. Seis años después, sufrió una recaída, que también hizo temer lo peor y volvió a salvarse. En su regreso a Alemania, se le ha visto apurando grandes jarros de cerveza, que no deben figurar en la lista de recomendaciones de sus médicos. Y su rostro visiblemente arrugado lo hace parecer mucho más viejo para su edad.

Pero él parece insistir en su gusto por disfrutar el aquí y el ahora porque del mañana no hay certeza. Por eso, le cedió todos sus bienes en Alemania y encargó del rico patrimonio artístico de la casa de Hanover a Ernst August, el mayor de los dos hijos que tuvo con su primera esposa, la millonaria suiza Chantal Hochuli, a quien dejó por Carolina, quien era amiga de esta. Por lo demás, dispone de una cuenta de cerca de 200 millones de euros, para derrocharlos con Simona, la bailarina de un prostíbulo con quien reemplazó a una princesa.
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