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La resurrección de Gustavo Álvarez Gardeazábal

La resurrección de Gustavo Álvarez Gardeazábal

REVISTA JET-SET

El escritor cumplió 70 años el 31 de octubre y los celebró con un fiestón en El Porce, su finca a las afueras de Tulúa, con sus mejores amigos, 8 perros y 29 gatos. Desde su refugio habló con Jet-set sobre lo que significa llegar al séptimo piso y de su próxima novela, El resucitado, que desmiente la teoría de que Jesucristo murió en la cruz.
Empresarios y políticos de todo el país lo visitan, en su hacienda El Porce, no solo porque es un buen anfitrión sino un tipo bien informado y un buen estratega .
Por: 19/11/2015 00:00:00
Gardeazábal nació un 31 de octubre pero no cree en brujas. La fecha, satanizada por muchos, parece que hubiera labrado su estilo ácido y mordaz en la literatura y el periodismo. En su finca El Porce, tiene una especie de consultorio de “gurú”, donde, sin leer las cartas ni el tabaco, predice el futuro con asombrosa exactitud a políticos y empresarios del país que lo buscan para contarle sus cuitas y los oriente en algunas decisiones. 
Para este cumpleaños el escritor hizo un balance de su vida. 
¿Cómo fue la celebración de sus 70 años y con quién? –Lo hice en El Porce, la casa de campo donde viví casi 20 años con mi madre y que heredé a la muerte de ella. No se encerraron ni los gansos, ni los patos, ni los perros, ni los gatos, burbujeaban a la vista de los invitados. Fueron los amigos de siempre. No pude invitar a ninguno de mis amigos ministros ni a altos funcionarios del Estado para que no los regañara el patrón. 
Cumple el Día de las Brujas, ¿cree en ellas? –Cuando nací, en 1945, en Colombia no se celebraba ese día. Ahora es una fiesta nacional para niños y adultos. Me he ido uniendo a ella cada año. No creo en brujas, pero hace seis meses una candidata a diputada me introdujo un maleficio dentro de un regalo que me trajo, y la muy boba creyó que no lo iba a descubrir. Claro, me alcanzó a hacer daño y grave, aunque yo no creyera que era por ese maleficio camuflado que me dejó. Espero que esa bruja no le vaya a hacer lo mismo a Dilian Francisca Toro, la gobernadora, porque ganas no le han faltado de embrujarla.
¿Por qué querían embrujarlo? –Nunca supe para qué lo hicieron, pero el sortilegio estaba debajo de una gigantesca ponchera que me trajeron como ancheta de champañas. Cuando lo descubrimos, era un nido de gusanos, con ramas de yerbas y clavos torcidos que destilaban hediondez. Eso fue a principios de marzo de este año. 
¿Qué le hizo el embrujo? –Me comenzó una dermatitis craneal que recién estoy superando y que médicamente no le han encontrado aún explicación. Y comenzó una racha de accidentes caseros, de aguas brotando del piso, de botellas de vino tinto sudadas de frío en un barril de madera, debajo de donde estaba la ponchera. Lo grave era que yo me reía, hasta cuando voltearon la ponchera y encontraron el sortilegio.
¿Qué hizo para combatir el maleficio? –Regalar la ponchera y botar al Cauca todo lo que sobraba de la ancheta. Claro que el pobre que se la llevó se accidentó unos kilómetros adelante de El Porce. Afortunadamente no le pasó nada, pero me dijo que también la había botado.
¿A sus celebraciones van desde jóvenes hasta gente de su edad? –No puedo hacer excepciones. Por mi oficio de consejero, que unas veces llaman de “gurú”, debo reunirme con gente de todas las edades y en la fiesta los había. Con los jóvenes uno se descresta. Con los viejos hablamos de medicamentos y experiencias. 
¿Siente que han sido 70 años bien vividos o le falta algo por hacer? –He vivido tanto, tan intensamente, desde muy temprana edad, y de manera tan apabullante, que ya es hora de ir alistando la maleta.
¿Qué se ha reprimido con la edad? –Por cuarta vez tuve que cambiar la forma de hacer el amor. Yo aprendí a trepar y bajar en la generación anterior al sida. Después me tocó inventarme la forma de hacer el amor mientras encontraban la causa y las prevenciones contra ese azote. Enseguida tuve que aprender a tirar con condón. Y ahora de viejo cardíaco, a hacerlo sin subirme al trapecio ni realizar las maromas que tantas veces me deleitaron.
¿Qué es lo más difícil que, políticamente, ha vivido en 70 años? –Ganar con tantos votos, casi 700 mil, en 1997, la Gobernación del Valle. Cometí la equivocación de sacar demasiados votos y todos se pusieron en la labor de atajarme, porque creían que yo podía ser candidato presidencial. ¿Qué tal? Con lo que gozo ahora inhabilitado…
¿Qué hecho del país lo marcó? –La tragedia de Armero. Me había pasado años advirtiendo que el volcán iba a estallar a través de mis columnas en La Patria, El Colombiano y El País. Fui hasta Armero a dictar una conferencia a la que me invitó el juez Aquileo Cruz, un mes antes de la culminación de la estulticia y no me creyeron; porque entre el poder de un profesor de bachillerato, optimista a morir, y el de los medios de comunicación que controlaban los azucenos de Manizales, lograron convencer al gobierno intonso de Belisario Betancur que no tomara ninguna medida, ni siquiera poner un sismógrafo en el Ruiz. Según los manizalitas, con la perra pastor alemán del Refugio del Ruiz, que se ponía nerviosa cuando el volcán exhalaba ceniza, era suficiente. Por eso escribí mi novela Los sordos ya no hablan, que Planeta va a reeditar en 2017.
¿Háblenos un poco de su próxima novela, El resucitado? –Espero que no sea otro escándalo. Se cuentan y explican dos cosas. La primera, que Cristo no murió en la cruz sino que le dieron mandrágora para poder simular su muerte y después decir que había resucitado. La segunda, que Ramsés, un capo del norte del Valle, no murió en la cárcel, como se dijo, que le hicieron lo mismo, porque él sabía de lo de Cristo y el manejo de la mandrágora, por eso lo repitió y así quedó libre.
  Usted siempre ha dicho que no es lo mismo escribir a los 68 años que a los 24. ¿Por qué? –Uno es un atrevido a los 24 (Cóndores no entierran todos los días), un metódico a los 50 (Comandante Paraíso) y un viejo loco a los 70 (El resucitado).
A los 60, cuando estaba a punto de retirarse, apareció la propuesta de La Luciérnaga donde estuvo casi diez años. ¿Añora volver a la radio? –Lo que pasó, pasó. Si me llaman de nuevo, lo pienso mucho; así se lo dije a Peláez, ahora que lo han vuelto a tentar. Hay páginas que pasan y otras que comienzan, no importa que tenga 70. 
¿Y quién los quiere tentar? –La oferta, que ha seguido en pie, es para dizque hacer un noticiero en la mañana de 6:00 a 9:00 con Pachito Santos y Peláez. Lo que no me ha gustado es que resultó ser para reemplazar a un conocido periodista y su equipo, a quienes todavía no han echado, y yo para eso no me presto.  
El nuevo alcalde de Cali tiene su misma edad. ¿Cómo lo percibe? –Armitage es un viejo terco, rico y poderoso, que nunca ha tenido jefes y va a hacer lo que se le dé la gana. De pronto, tengo el pálpito de que a Cali le puede ir muy bien con él. A esa edad, uno no aspira a equivocarse sino a creer que acierta, aunque en verdad la esté cagando. 
¿El amor se concibe diferente a los 70? –La posibilidad de aventurar ya no existe a esta edad. Solo queda comprar el polvo, y eso no es amor.
¿Le aseguró el futuro a Alfredo, su pareja? –Por testamento Alfredo está asegurado. Espero que mi hermano Fabio no le vaya a amargar la vida demandándolo. Es capaz.
¿Qué tan activa es la sexualidad a su edad? –La mía ya no es tan vigorosa como cuando me devoraba a todos los bellos de la Universidad del Valle, pero entre tener ganas y lograrlo sigue existiendo mucho trecho.

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