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El enigma de Édgar Negret

Los críticos de arte, coleccionistas y amigos del maestro están preocupados por su paradero, porque hace tiempo no aparece ni para supervisar su obra. Dos de sus trabajadores más cercanos, Rodolfo Buitrago y Germán Alvarado, lo custodian con recelo y administran sus esculturas, por decisión del artista, que hoy padece de Alzheimer. Esta es la historia.

El enigma de Édgar Negret. Édgar Negret, de 91 años, vive en su mansión del barrio Santa Ana, de Bogotá, donde eventualmente quedaría su casa-museo, como siempre lo ha soñado. Foto: Revista Arcadia (Camilo Rozo)

Édgar Negret, de 91 años, vive en su mansión del barrio Santa Ana, de Bogotá, donde eventualmente quedaría su casa-museo, como siempre lo ha soñado. Foto: Revista Arcadia (Camilo Rozo)

El pasado 24 de julio, el crítico de arte Eduardo Escobar tituló su columna ‘Contravía’, del periódico El Tiempo, con la pregunta “¿Qué se hizo Édgar Negret?”. “De él se oyen muchas cosas. Que esta sumido en la inconciencia. Que, como a García Márquez, le cayó la peste del olvido; que vive preso en la capilla de sus viejos amigos e, incluso, que está muerto”, escribió antes de rematar el texto con una frase como extraída de una novela de misterio: “Édgar Negret es hoy un enigma”.

Unos meses antes, en ese mismo medio, otro columnista, Fernando Gómez Echeverry, le había dado las primeras puntadas al tema del misterioso paradero de Negret. El aislamiento del artista se lo atribuyó a Rodolfo Buitrago y a Germán Alvarado, dos personas de la entera confianza del escultor de Popayán. Los dos empezaron como sus subalternos a principios de los 80, hasta ascenderlos a la categoría de sus potenciales herederos. “Buitrago y Alvarado son los que cuidan de la salud de Negret. Y también son los que impiden que tenga visitas”, denunció Gómez Echeverry.

La polémica, que sobrepasó las páginas de El Tiempo, llegó a la revista Arcadia, que se encargó de echarle más sal a este debate: “Traicionado, encerrado, no lo dejan ver, lo explotan, lo mantienen vivo para fines comerciales”.

Con tantos cuestionamientos, Rodolfo Buitrago y Germán Alvarado buscaron la asesoría legal del abogado Pedro Rodolfo Díaz, quien explicó que, por decisión del escultor payanés Édgar Negret, ellos son los encargados del manejo de su obra y de su legado en el mundo. “Como el artista no tiene herederos, los convirtió en su familia, y como tal, tienen potestad para atender todos sus asuntos”, complementó el jurista.

Entre esos derechos adquiridos desde hace diez años, Rodolfo Buitrago administra la galería Casa Negret Buitrago, en cuya razón social fue incluido su apellido. Por su parte, Alvarado se ganó la representación artística, con más beneficios que un marchant, que le permite administrar y negociar las esculturas coloridas.

Pero hay más. Negret les entregó la facultad de reproducir unas cuarenta obras, de pequeño formato, para la manutención de las familias de ellos. Cada uno tiene cuatro hijos que el escultor consideró como sus nietos, antes de complicarse su salud mental y física.

“Nos autorizó a hacer las reproducciones de cada una, pero sin excedernos de una cifra que él mismo aprobó. Me explico: a una de las esculturas de la serie ‘La Luna’ le pudimos hacer unas sesenta copias, y ni una más”, afirmó Buitrago. Según él, de esta manera también mantienen la nómina de trabajadores que cuida al artista. “Entre enfermeras, terapeutas y cocineros invertimos unos catorce millones de pesos mensuales”, dijo.

Por estas reproducciones, que tienen un valor similar, Buitrago y Alvarado han sido señalados de falsificadores. El abogado de ellos insistió en que existe una denuncia en la Fiscalía para rastrear el paradero de los “verdaderos piratas que imitan las esculturas de Negret”. Sin embargo, hasta el momento las investigaciones no han arrojado resultados satisfactorios.

El maestro, de 91 años, quien no identifica a sus amigos ni puede valerse por sí mismo, no está en condiciones de defender a sus dos grandes herederos, que habrían sido incluidos en un testamento que solo será leído cuando él muera. “Tiene Alzheimer, según el diagnóstico médico. No vale la pena hacerle fotos de lo enfermo que está”, reveló Alvarado, a manera de disculpa.

En una mansión ubicada en el barrio Santa Ana, de la capital de la República, Édgar Negret es cuidado por una legión de profesionales de la salud, incluidos tres enfermeras, dos terapeutas y una nutricionista, y varios operarios del taller, que todavía funciona, donde los coleccionistas hacen el mantenimiento de las obras que se encuentran deterioradas.

El oficio de herrero fue aprendido por Buitrago y Alvarado en sus años mozos, cuando el artista empezó a decirles a sus amigos que ellos eran sus familiares. “Para que me considerara su hijo, primero fui el señor de los tintos y el amo de llaves que atendía a las personas que visitaban al maestro”, afirmó Buitrago, oriundo de la población de El Espino, en Boyacá, y sin estudios profesionales. Alvarado, nacido en Bogotá, tampoco fue a la universidad. “Pero mis hijos sí, gracias al maestro Negret, quien les pagó todo y nos ayudó a comprar la casa donde vivimos hoy”.

Las criticas hacia ellos continúan, atendiendo una carta que les envió Gloria Zea, en la que recalca que “Negret no supervisa personalmente las obras”. “La gente nos cuestiona porque no estudiamos en París, y no somos de abolengo”, dice Rodolfo Buitrago. Negret sigue sin decir nada, porque parece que no puede.

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