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El cuento de hadas del príncipe Carl Philip y Sofia Hellqvist en Suecia

El cuento de hadas del príncipe Carl Philip y Sofia Hellqvist en Suecia

REVISTA JET-SET

El hijo del rey Carl XVI Gustaf y la exstripper convencieron a la realeza europea y al mundo de su inmenso amor, con una pomposa boda en el Palacio Real de Estocolmo, tradicional y moderna a la vez, impregnada de rock, góspel y lágrimas de alegría.
"Y fueron muy felices”... Como en los relatos fantásticos, el príncipe, de 36 años, y su Cenicienta, de 30, recorrieron las calles de Estocolmo en el carruaje Parade, que ha usado la realeza sueca en sus bodas en el último siglo.
Por: 25/6/2015 00:00:00
La cita era a las 4:30 de la tarde y exigía la máxima etiqueta de día: chaqué o uniforme militar de gala para los hombres y traje largo y peinados de fantasía para las mujeres. Para las damas de la realeza, cinco reinas y más de 20 princesas, era obligatoria la corona, así que los fulgores iridiscentes de sus diamantes le conferían un halo mágico a la capilla del Palacio Real, obra de arte de mediados del siglo XVIII y escenario, una vez más, de un casamiento como sacado de los relatos de los hermanos Grimm. Para la ocasión, los floristas reales la adornaron con rosas, hortensias, claveles, peonías y guisantes de olor, de la gama de los tonos crema a los coral, además de follajes de abedul, perifollo y helecho. 
Los reyes Carl XVI Gustaf y Silvia fueron los últimos en llegar, seguidos por el novio, su segundo hijo, Carl Philip, duque de Värmland, uno de los príncipes más apuestos de Europa. Airoso, sonriente, el joven diseñador gráfico atravesó el oratorio, al son de graves notas de órgano, con su padrino de bodas, Jan-Åke Hansson, su mejor amigo desde niño. Como comandante de los Cuerpos Anfibios Suecos, lució el uniforme formal de tarde de la Armada, que data de 1878, con las insignias más honrosas del reino, como la Real Orden de los Serafines y la Orden de la Estrella Polar. 
Quedaban atrás los días en que su relación con Sofia, que se inició en una discoteca hace cinco años, fue motivo de polémicas, debido al pasado de ella, quien fue stripper en clubes nocturnos y se había hecho famosa por ganar el reality show Hotel Paradise y posar desnuda para la revista Slitz. Ahora, como instructora de yoga y líder de una fundación en pro de la infancia de Sudáfrica, su imagen estaba restaurada y él la esperaba para convertirla en su princesa.
Finalmente, el viejo órgano se calló y dio paso a los acordes new age de Father in Heaven, melodía de Enya, la cual anunció el aire fresco que los novios le inyectaron a su gran día, sin romper con las preciosas tradiciones nupciales de la realeza nórdica, como las coronas en el presbiterio, símbolo de la monarquía, o el ramito del mirto de Sofiero en el buqué de la novia, que usan las princesas suecas y danesas desde 1905. 
Del brazo de su padre, Erik Hellqvist, la bella modelo caminaba al altar “bella, anhelante y feliz”, engalanada con un vestido en tres capas de blanco y larga cola, de la diseñadora sueca Ida Sjöstedt, confeccionado con seda crepé revestida con organza italiana y apliques de encaje del español José María Ruiz. El velo, de tul bordado con encaje de algodón, partía de su moña a la nuca, mientras que una tiara de diamantes y esmeraldas coronaba sus sienes. La alhaja fue uno de los regalos de bodas de los reyes, quienes ahora la veían hacerles una profunda reverencia, antes de tomarse de la mano con el príncipe para dar inicio a la ceremonia. 
Concelebrada bajo el rito luterano, la religión de la familia real, por el obispo Lars-Göran Lönnermark, y el pastor de la parroquia real, Michael Bjerkhagen, la liturgia incluyó piezas como el Himno 289 (“Grande es tu amor, oh señor, como la playa y la pradera”), o el Himno a la caridad, de San Pablo (“El amor es paciente”), leído por la princesa Victoria, heredera del trono. Pero el real himno al romance de Carl Philip y Sofia fue Fix You, una canción del grupo de rock 
Coldplay que, escogida por ellos e interpretada por Salem Al Fakir, hizo mover en su banca al rey y llorar de emoción al novio. Pero las risas ya habían vuelto para el intercambio de argollas, pues el dedo anular de Sofía parecía haber crecido y casi no le entra la joya.
Al final del rito, no se oyó una marcha nupcial clásica, sino Joyful, Joyful, melodía basada en el final de la Novena sinfonía de Beethoven, pero interpretada en compás de góspel, por la Royal Stockholm Philharmonic Orchestra y el By Grace Gospel Choir. Ello, por supuesto, eliminó la tiesura propia de las bodas reales y puso a los concurrentes a acompañar el desfile de los nuevos esposos con palmas y contoneándose, como lo exige este ritmo afroamericano. 
El cuento de hadas se trasladó entonces a las calles del centro histórico de Estocolmo, por donde los nuevos esposos pasearon su dicha en el Parade Barouche, un carruaje tirado por cuatro caballos, de comienzos del siglo XX. Escoltados por el elegante Batallón Dragón de la Guardia Real, los novios vieron aparecer a su paso a 18 bandas tocando aires festivos y a cientos de curiosos que les brindaban hurras y aplausos. De regreso a la escalinata de palacio, brindaron con el pueblo. 
Los salones Vita Havet, con sus techos pintados, molduras cubiertas de oro, muros de mármol y pisos de maderas finas, original de 1845, acogió a los 300 convidados al banquete nupcial, de cuatro cursos. Allí, Carl Philip dio un discurso tan emotivo, que los presentes le tributaron un largo aplauso de pie. “Cada vez que tratamos de separarnos, Sofia, mi corazón se sentía vacío. Finalmente, hemos tomado (...) una decisión que me ha hecho el hombre más feliz del mundo”, dijo.
La mesa de honor, ocupada por los novios, sus parientes y la reina de Dinamarca, se cubrió con blancos de Union Linen, un fino tejido de damasco, elaborados en 1891 por la casa Lemaitre Demestre & Fils, de París. La dinastía Bernadotte desempolvó además el servicio de plata Geatish, que proviene del tiempo del rey Oskar I y diversos juegos de porcelana que podrían contar los fastos de la casa real desde el siglo XIX. La cristalería, de la casa Kosta Glassworks, fue un regalo de bodas del Parlamento y el Gobierno a los reyes en su enlace. El menú incluyó espárragos cocinados con flor de sauco, langostinos con cilantro servidos con vinagreta de yuzu, acedera y arvejas, más otras delicias inspiradas en la culinaria vernácula. Los platos fueron bañados con las champañas Diebolt-Vallois Brut Tradition y Pommery Grand Cru Millésimé 2005, y vinos como Trimbach Riesling Vieilles Vignes de Prince 2011, de Alsacia. Todo concluyó con el vals del príncipe y la Cenicienta, a quienes se unieron enseguida los demás invitados hasta el amanecer, en la no menos suntuosa galería Karl XI.

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