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El camino de espinas del capitán Carlos Ortega

El camino de espinas del capitán Carlos Ortega

REVISTA JET-SET

La justicia estadounidense reconoció que había sido un error la extradición del capitán Carlos Antonio Ortega, quien estuvo detenido un año, acusado de narcotráfico. Hoy, a pesar de que demandó a Estados Unidos y a Colombia, nadie le devuelve ni su tiempo, ni su reputación, ni los millones que perdió en su defensa. Solo Dios lo regresó a la paz espiritual.
Acusado de usar su oficina de asesorías de aviación para cubrir operaciones de narcotráfico, Carlos fue detenido y extraditado a Estados Unidos. Un año más tarde salía libre. No muchos pueden contar esa historia. Para él fue un milagro
Por: Revista Jet-set.7/9/2016 00:00:00

Si Carlos Antonio Ortega pudiera borrar de su vida la madrugada del primero de septiembre de 2011, lo haría con gusto. Pero ahora va de la mano de Dios y de su familia contando esta aterradora historia convencido, como aprendió después con sus guías espirituales de Emaús, que todo pasa por algo. Últimamente solo reconoce milagros en los acontecimientos que suceden a su alrededor y está dedicado a llevar su testimonio al famoso retiro espiritual, donde tanto oraron por él cuando injustamente fue detenido y extraditado a Estados Unidos acusado de narcotráfico.

Tenía 61 años, había dedicado toda su vida profesional a la aviación –24 años de piloto en Avianca, jefe de seguridad de la Aeronáutica Civil, y trabajaba en su propia empresa de asesorías aéreas– cuando la Policía irrumpió en su casa arrasando con todo: lo levantaron de la cama, lo sometieron a la fuerza y hasta patearon al perro, avisándole que estaba detenido. Ni él, ni su esposa Miriam, ni sus hijos Mariana y Daniel, entendían el caos. Eran las cuatro de la mañana, estaban en pijama, medio dormidos y se llevaban a su papá a la cárcel. Sus vidas nunca volverían a ser las mismas.

Carlos fue conducido al pabellón de extraditables de La Picota, donde había 200 reclusos, no entraba la luz del sol, llegaba el agua pero solo tres horas al día, y todo olía tan mal, que la primera noche que pasó ahí, embadurnó las paredes de su celda con el desodorante que Miriam le había empacado, para disfrazar el olor insoportable. Compartía con otros tres presos, uno de los cuales había sido su amigo y compañero en varios negocios, y habría metido las manos al fuego por él de no haberse dado cuenta por otros extraditables que el hombre traía aviones para venderlos al narcotráfico y que había sido él mismo quien, a cambio de una rebaja de penas, lo había involucrado en el proceso.

Mientras tanto su familia, de rejas para afuera, lo pasaba igual de mal: a Miriam le cerraron las cuentas bancarias y le rompieron sus tarjetas de crédito en la cara; Mariana perdió su puesto de productora de televisión; y les pidieron que dejaran el apartamento donde vivían en cuestión de días. Las visitas a la cárcel eran una infamia, especialmente para las mujeres, que como es costumbre, tienen que someterse a requisas exhaustivas e indignantes antes de ingresar. Pero el peor momento lo vivieron cuando la madre de Carlos, que estaba un poco enferma, se agravó al enterarse de que su hijo había sido detenido por narcotráfico y murió un día, mientras hablaba con él por teléfono desde la cárcel.

Todos lloraban pero no podían desfallecer. Contrataron al mejor investigador privado de los alrededores y de la historia del país. Él le entregó a Mariana las únicas pruebas del caso:

Dos mil audios de conversaciones que debía transcribir y traducir. Como eran tantas, toda la familia se puso en la tarea, y había momentos en la casa cuando llegaban a estar 14 personas con sus computadores trabajando. Y de pronto alguien gritaba en un extremo, cuando descubría algún detalle que pudiera servir. Solo uno, Daniel, es abogado, pero todos empezaron a manejar los términos legales, los códigos, los vericuetos del derecho. Y en medio de la espera, cuando se dieron cuenta de que las instituciones en Colombia no iban a atender sus apelaciones, acudieron a una fórmula llamada Extradición Express, mediante la cual lograron que lo enviaran rápidamente a Estados Unidos donde revisarían su caso con todas las de la ley. Carlos fue extraditado diez meses después de haber sido detenido y dos meses más tarde, cuando comprobaron su inocencia, fue liberado, sin necesidad de juicio. Este ‘milagro’, se lo atribuyen a que nunca quiso firmar la declaración de culpabilidad, a cambio de la cual le ofrecían la libertad casi inmediata, o en su defecto una larga condena.

En últimas el piloto fue confundido con otro Carlos, cuyo apellido no era Ortega sino Letona y no era colombiano sino costarricense. “Sus voces no se parecían. Y hasta el acento era diferente”, dicen sus familiares ahora con indignación, porque es cierto que el padre logró salir libre un año después de ser capturado, pero nadie va a devolverle el buen nombre que tenía, ni el tiempo perdido, y solo la invocación de Dios ha podido calmar su dolor. Carlos Antonio es católico pero, como dice, su Dios era bombero: solo lo recordaba en situaciones de emergencia. Un día, en La Picota, vio a algunos presos rezando el rosario y se les unió. Al poco tiempo la mayoría habían sido extraditados, era él quien dirigía el rezo y todos los días se les unían nuevos seguidores.

Carlos, su hijo mayor, ingeniero civil y autodeclarado ateo, terminó en un retiro de Emaús, engañado por su esposa que lo veía desanimado con la situación de su padre. Y si bien al comienzo se disgustó, acabó conmovido y al final, no solo se inscribió él para un nuevo encuentro que sería el 22 de septiembre, sino que dejó matriculado a su padre. Eso nadie lo entendió: él estaba preso y ni siquiera había sido enviado a Estados Unidos. Pero el sueño se cumplió: Carlos fue liberado el 31 de agosto de 2012, fue a Emaús y salió tan conectado con el retiro, que junto a su hijo se ha dedicado a promover los encuentros espirituales en las cárceles de Colombia, con los reclusos y los guardias. Ahí cuenta su historia, y todo lo bueno que obtuvo de esa pesadilla: su reencuentro con Dios, con su esposa que lo acompañó segundo a segundo y con sus hijos que no pueden ser más unidos, divertidos y amorosos.

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