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El burdel más famoso del mundo

El burdel más famoso del mundo

Revista Jet-set

Vanity Fair descubre detalles desconocidos de Madame Claude, la enigmática proxeneta francesa que hizo de la prostitución un servicio de lujo, favorito de personajes como Kennedy, Onassis y el sha de Irán, entre otros.
El prostíbulo de Madame Claude estaba ubicado en el número 18 de la Rue de Marignan, de París. Los ilustres clientes pagaban 200 francos en los años 60, unos 40 dólares de hoy. Foto: Google Maps.
Por: Edición 28925/8/2014 00:00:00
“Nadie me conoce, pero yo los conozco a todos”, decía Madame Claude, el nombre que Fernande Grudet escogió para operar como la proxeneta más célebre de la historia reciente. No le faltaba razón, ya que por más de cuatro décadas recibió en sus prostíbulos a una amplia gama de clientes que no podían vivir sin ella, entre los que se destacaron los más poderosos e influyentes de los años 50 y 60, cuando su local, en el número 18 de la Rue de Marignan de París, vivió su máximo apogeo.

Como lo comenta William Stadiem en un artículo de la edición de septiembre de Vanity Fair, Madame llegó a ser una leyenda viviente, en una época en que ir a estos locales no era mal visto. “Aquello sucedió antes de la píldora y cuando las chicas ‘no lo daban’”, apunta el cronista, además de evocar cómo en ese entonces estaba lejana la actual noción de sexo casual y por ende los hombres tenían que pagar más a menudo por momentos de placer. Claude llegó a ser tan influyente, recuerda el artículo, que la CIA contrató a sus prostitutas para que atendieran a los participantes de las mesas de los Acuerdos de Paz de París, que buscaban el fin de la guerra de Vietnam, con el propósito de mantener su moral en alto.

Madame asegura haber sido anfitriona del presidente John F. Kennedy, quien le solicitó una mujer que se pareciera a su esposa Jackie, “pero caliente”, mientras que el sha Reza Pahlavi de Irán le daba costosísimas joyas a modo de propina. Gianni Agnelli, el magnate de la Fiat, por su parte, hacía orgías en su burdel y luego llevaba a todos los participantes a misa. La proxeneta también recuerda cómo el armador griego Aristóteles Onassis y su amante, la soprano María Callas, le solicitaron servicios tan depravados que la hicieron sonrojar. Actores como Marlon Brando y Alain Delon, dictadores como Muammar Gaddafi o genios del arte como Marc Chagall, también desfilaron por el exclusivo lupanar parisiense.

Ellos, explicaba la dueña, no pagaban por sexo sino por una experiencia. Sus mujeres no tenían nada que ver con la típica meretriz callejera, dado que ella las convertía en damas refinadas, cultas, perfeccionadas en el quirófano, ataviadas con trajes de diseñador y joyas de Cartier, quienes no salían a la calle sin sus carteras de Hermès o Louis Vuitton. Muchas eran modelos de Dior y otras casas de alta costura, así como hermosas actrices de cine fallidas. Claude las prefería escandinavas, “altas, frías, rubias, perfectas”, anota William Stadiem, pero como lo atestigua Jean-Pierre de Lucovich, quien cubría el jet set para Paris Match en esa época, siempre ofrecía jovencitas entre los 18 y 25 años de diversas partes del globo. Todo por un precio más bien barato: en 1965 la tarifa era de 200 francos, que equivalen a 40 dólares de hoy (menos de 80 mil pesos), cuando una prostituta de esquina cobraba 40 francos. En los años 70, con la llegada de los petrodólares árabes a París, los precios se dispararon a 500 dólares actuales.

La actriz Françoise Fabian encarnó a la alcahueta en la cinta Madame Claude, en 1977, por lo cual se reunió varias veces con ella. Recuerda que era una arpía que sometía a sus empleadas a una real esclavitud sexual, aunque solo se quedaba con el 30 por ciento de la ganancia para evitar que la traicionaran. También es cierto que no todas se quedaban como rameras por siempre, sino que a muchas las casó con millonarios y personajes de la realeza. Perversa, cuando se las encontraba en alguna fiesta de la alta sociedad, murmuraba: “Vamos a ver si me saluda”, como queriendo decir: “Ella es mi obra y podría destruirla”, escribe William Stadiem.

Claude también tiene un pasado turbio. Odia el sexo, la raza humana y hasta su hija, a quien abandonó. “Para ella los hombres eran billeteras y las mujeres agujeros”, afirma Françoise Fabian. En la construcción que hizo de su propio mito, declaraba provenir de la nobleza y haber sido educada en un convento y prisionera de un campo de concentración nazi en la Segunda Guerra Mundial, debido a sus labores en la resistencia francesa. Pero las pesquisas de William Stadiem, quien la conoció en los años 80, concluyen que nada es cierto y que si fue apresada fue por ser judía. Le había dicho al escritor que empezó comerciando biblias puerta a puerta, cuando en realidad lo primero que vendió fue su cuerpo en las calles de París. Cuando descubrió que sus escuálidos encantos no podían competir con los de sus lindas colegas, resolvió hacerse con su dinero en el rol de proxeneta, según su examiga Sylvette Balland.

Madame Claude ha sido siempre un personaje escurridizo, especialmente desde los años 70, cuando el Gobierno francés empezó a perseguirla y huyó a Los Ángeles, donde montó su negocio. Allí, se casó con un mesero gay para obtener la visa de residencia y fue encarcelada. Luego se radicó en la isla de Vanuatu, en el Pacífico sur, y regresó a Francia, donde finalmente fue procesada por proxenetismo en lo que se conoció como el “juicio del siglo”. Solo pagó seis meses de cárcel porque el Gobierno quería evitar un mayor escándalo. Pero la leyenda llegó al paroxismo, pues todos los medios de comunicación quisieron entrevistarla. En los años 90 desapareció y de acuerdo con el texto de Vanity Fair, hoy está recluida en un asilo cerca de Niza, nonagenaria, pero lúcida, insensible como en el pasado. Lo más sorprendente es que hay indicios de que sigue activa en el negocio de la prostitución, echándose al bolsillo los millones de los oligarcas rusos que han invadido el sur de Francia.
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