Suscríbase

Reciba en su correo nuestras noticias y entérese de lo último de los famosos.

El Annabel’s Club, la discoteca más famosa del mundo, el fin de una era

El Annabel’s Club, la discoteca más famosa del mundo, el fin de una era

REVISTA JET-SET

Este lugar cierra sus puertas después de medio siglo de entretener al jet set en Londres.
El club nació en un sótano del glamuroso distrito deMayfair en 1963, en pleno swinging de Londres. Marcó una revolución en la rígida estratificación social inglesa,pues juntó por primera vez a aristócratas con celebridades emergentes.
Por: 27/2/2015 00:00:00
La reina Isabel de Inglaterra, que se sepa, solo ha pisado una discoteca una vez en su vida y esa fue Annabel’s. Fue una velada inusual para una mujer como ella, que prefiere las fiestas en sus palacios, pero no podía faltar, pues en aquella noche de 2003 se celebraban los 70 años de la condesa de Airlie, su gran amiga y dama de compañía. La presencia de la reina en el lugar más mundano de Londres fue todo un suceso, entre otras cosas porque quien le dio la bienvenida fue lady Annabel Goldsmith, en cuyo honor fue bautizado el lugar, hija del marqués de Londonderry, y una de las mujeres más escandalosas de la nobleza británica (ver recuadro). Según Mohamed Grahann, el barman de la época, Isabel solo bebió un gin Martini, sin limón, y se retiró a la medianoche.

Muchos años antes de la histórica visita real, la princesa Margaret, hermana de Isabel, no solo había disfrutado de las legendarias noches de farra en Annabel’s, sino que fue amante de uno de sus cofundadores, Robin Douglas-Home, quien se suicidó poco después del romance. Otro socio proveniente de la realeza es el príncipe Andrés, tercer hijo de la reina, quien en 1986 celebró allí su despedida de soltero, antes de casarse con Sarah Ferguson. Ella y su concuñada Diana, la princesa de Gales, se colaron en la fiesta disfrazadas de mujeres policía. Según lo recordó Cass, el discjockey del sitio, las nueras reales entraron a carcajadas y haciendo bromas, por lo que los asistentes se quejaron con el maitre, Louis Emanuelli: “Hay dos idiotas molestando a los clientes”. Nadie las había reconocido.

Hoy, son los hijos de Diana y Sarah, los príncipes William, Harry, Beatriz y Eugenia, quienes se divierten en Annabel’s, pues si algo encantador tiene el club es que ha sobrevivido al paso de las generaciones, como guarida de un espectro de socios “que oscila entre los ricos y famosos y los ricos y fatuos”, según Damian Whitworth, periodista de The Times.

Este viejo sótano, en el número 44 de Berkeley Square, predestinado en principio a ser un bar cualquiera en el refinado distrito de Mayfair, saltó a la fama en 1963 cuando Mark Birley, publicista y exalumno del encopetado colegio de Eton, fundó allí un club privado que “debía oler a exclusividad y sexo”, con 500 socios iniciales, entre ellos 5 duques, 5 marqueses y 20 condes. Cada uno pagó 12,60 libras, equivalentes a 224 libras de hoy, por comodidades como valet parking, aire acondicionado y el mejor equipo de sonido de la ciudad. No tenían permitido invitar a cualquiera a sus salones, decorados al más puro estilo de las casas aristocráticas de la campiña inglesa.

La idea le vino como anillo al dedo a la capital británica, que tras el desastre de la Segunda Guerra Mundial, recuperaba su categoría de urbe cosmopolita, a través del célebre swinging, como se llamó al florecimiento de su escena cultural y de la moda. Londres era una fiesta, dominada por la juventud, el optimismo, el hedonismo y la revolución cultural y bajo el nombre de la entonces esposa de Mark Birley, Annabel’s juntó y puso a hablar de tú a tú a aristócratas de la vieja guardia con la nueva estirpe de celebridades de los 60, década que marcó el fin de la rígida estratificación que dominó a la sociedad inglesa por siglos. “Todos esos mundos tan distintos comenzaron a integrarse. Un peluquero como Vidal Sassoon, de repente, era tan famoso como una duquesa, y Annabel’s se convirtió en su punto de encuentro”, de acuerdo con Anna Wintour, la editora de Vogue y socia del club. 

Allí ha dejado su huella la crema y nata de la fama: Frank Sinatra no pedía tragos de whisky Jack Daniel’s, sino de una vez la botella. Tom Cruise es más amigo del tequila puro, mientras que John Travolta lo es del Martini Belvedere. La extravagante Lady Gaga estuvo un poco salida de tono al iniciar su show con un despectivo “hola, ricachones”, y John Wayne, la leyenda, fue expulsado por manosear a una joven, pasado de copas. 

En medio siglo, el centro nocturno evolucionó, pero mantiene ciertas condiciones inamovibles y he ahí también la clave de su éxito. El vizconde Linley, hijo de la princesa Margaret, opina que es un bastión “en contra del modo en que las cosas se hacen hoy en día. Tú puedes aparecerte en shorts y zapatos tenis en cualquier parte, pero aquí no”. 

El dress code de Annabel’s ya no obliga a los hombres a asistir con corbata, pero sí con camisa de vestir y a no quitarse la chaqueta mientras estén en el recinto. A las mujeres, por su parte, ya se les permite usar pantalones, algo impensable en los años 60, siempre y cuando sean de sastre. Están prohibidos el dénim, el cuero, las t-shirts, los leggings y las botas de vaquero, para preservar la “discreta elegancia” de la que el club manifiesta enorgullecerse. Eso sí, el único que puede romper estas reglas es Mick Jagger, el vocalista de The Rolling Stones, por una concesión que le hizo Birley. A The Beatles, en cambio, se les negó la entrada porque llegaron sin zapatos. 

Y así como en 1963 acogió la mezcla de nobles con los debutantes del jet set, hoy también le ha abierto sus puertas a millonarios emergentes, ejecutivos y otros que ven en Annabel’s la cima del buen vivir. “Creo que pasar un buen momento trasciende la clase social”, le dijo a The Times su actual propietario, Richard Caring, quien recibe a todo el que pueda pagar el ingreso (entre 950 mil pesos y 3 millones de pesos, según la edad), más el año de suscripción (de 1.300.000 a 4.500.000 pesos), así como los caros consumos de cada noche. Y no se da crédito.

Un riesgo de que toda esa quintaesencia de la sofisticación se derrumbara se vio venir en 2007, cuando Birley le vendió el club, por la friolera de 95 millones de libras, a Caring, un nuevo rico que figura entre los más acaudalados de Gran Bretaña. “¿Y ese no hacía ropa?”, preguntaban con sorna los socios que querían desdeñar los orígenes modestos de su fortuna y les parecía un “lobo”, como se diría en Colombia. Incluso, se ha puesto en duda la legalidad de sus negocios, mucho más ahora que se ha visto involucrado en el escándalo de las cuentas del banco HSBC en Suiza. 

El relevo de dueño no le ha restado lustre a Annabel’s, pero el nuevo reto es atravesar sin sobresaltos el cambio de sede, a pocas calles de su tradicional subterráneo, a un local con mejores comodidades, ya que Caring se propone hacer del club una franquicia internacional con locales de Annabel’s en París, Nueva York, St. Tropez o Aspen. Como negocio, eso puede funcionar, consideran los expertos, pero lo cierto es que el club que por 52 años se conoció como el símbolo de la máxima exquisitez en Mayfair no se volverá a repetir.


LO MÁS VISTO