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El divorcio más caro de la historia

El divorcio más caro de la historia

Revista Jet-set

Elena, la exesposa del billonario ruso Dmitry Rybolovlev, lo acusa de haber traspasado parte de su fortuna a su hija para robársela a ella. Aun así, recibirá 4.500 millones de dólares.
Dimitry Rybolovlev con su hija Ekaterina, “Katia”, en un partido de fútbol en febrero pasado en Mónaco, donde habitan en el apartamento más caro del mundo. Foto: Look Press Agency.
Por: Edición 2849/6/2014 00:00:00
Hace unos días la prensa internacional registró con sorpresa que el oligarca ruso Dmitry Rybolovlev deberá pagarle a su exesposa, Elena, 4.500 millones de dólares, más de la mitad de su fortuna calculada en 8.800 millones, según Forbes. Hasta ahí el tema amerita un titular y un par de líneas por tratarse del divorcio más caro de la historia, muy por encima del de otros magnates como el francés Alec Wildenstein o el australiano Rupert Murdoch. Pero en realidad la trama es mucho más escandalosa e interesante de lo que parece.

Elena, de 46 años, insiste en que su exmarido está haciendo todo tipo de artimañas para evitar que ella obtenga lo que le corresponde tras dos décadas de matrimonio. Y esas jugadas involucran nada más y nada menos que a su hija mayor, Ekaterina, de 25, quien últimamente ha acaparado los titulares por los extravagantes regalos de su papá. La joven, mejor conocida como Katia, es dueña de medio mundo: a su nombre figuran el apartamento más costoso de Nueva York estimado en 88 millones de dólares; una mansión en Palm Beach de 95 millones, que antes era de Donald Trump, y la isla griega Skorpios (150 millones), donde Aristóteles Onassis se casó con Jackie Kennedy.

Cualquiera podría pensar que esas propiedades no son más que caprichos de una niña consentida, acostumbrada a que todo lo que pide se hace realidad. Su papá pertenece a esa generación de empresarios rusos que se hicieron multimillonarios después del colapso de la Unión Soviética. Rybolovlev, particularmente, amasó su enorme fortuna en Uralkali, una compañía de fertilizantes. En 2010 decidió venderla y hoy él y su hija viven en un apartamento de 300 millones de dólares en Mónaco, pues, como oligarca ruso que se respete, es dueño del equipo de fútbol del principado en el que juega Radamel Falcao.

Con semejante reputación es apenas lógico que haga hasta lo imposible por complacer a su hija. Sin embargo, su exmujer dice que todos los bienes de Katia son una farsa porque Rybolovlev sigue teniendo el control de ellos. En resumidas cuentas, se trata de una estrategia para proteger el capital del magnate, pues como esas propiedades fueron puestas a nombre de la joven, no pueden ser parte del acuerdo de divorcio. Él niega esas acusaciones: “Todo lo que he hecho ha sido para asegurar el futuro de nuestras hijas (además de Katia, tienen otra niña, Anna, bajo custodia de Elena). Yo solo estoy cuidando sus intereses”.

Pero la defensa de Elena no cree que sean obsequios inocentes. “Si yo tuviera 20 y dijera: ‘Papi, quiero un caballo’, y él me lo da, me imagino que me sentiría obligado a ayudar a papi si me lo pide”, explicó al dominical The Sunday Times el abogado David Newman. Su cliente va más lejos. Según ella, su hija es víctima de la manipulación de su papá, al punto de que él se ha atrevido a confiarle sus más bajos secretos. Una vez, poco antes de que sus padres se separaran, el multimillonario le contó a Katia que se había ido de viaje a escondidas en su yate con varias jovencitas. A cambio de su silencio, le prometió un caballo y un carro.

Cuando Elena se enteró de esa y otras aventuras similares de su esposo, decidió pedirle el divorcio. Lo acompañó en los momentos más difíciles, como aquella vez que él tuvo que pagar 11 meses de prisión acusado de asesinar a un empresario rival, pero su infidelidad era algo que no estaba dispuesta a tolerar. La batalla legal tardó seis años, pero podría alargarse unos diez más. El fallo del tribunal de Ginebra, que le ordena al magnate pagarle exactamente 4.020.555.987 francos suizos y 20 céntimos a su ex, no es definitivo y sus abogados ya anunciaron que apelarán. La guerra, entonces, apenas comienza.
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