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David Manzur en obra negra

David Manzur en obra negra

Revista Jet-Set

Iconoclasta, atrevido, melómano, autocrítico y creativo, así es el pintor David Manzur, quien sigue trabajando a los 84 años, cuando muchos de sus amigos ya se pensionaron. El artista prepara Obra negra, una muestra con la que se supera a sí mismo. La vida, el cine y Barichara lo inspiran.
Para el artista, Obra negra significa un rompimiento con lo atractivo para darle protagonismo a la esencia. Se inspira en los recuerdos como cuando a los 4 años se creía el capitán de un barco en África o aguantaba hambre en España por la guerra. Foto: Archivo particular.
Por: Edición 27926/3/2014 00:00:00
A los 84 años, Manzur sigue pintando con los mismos bríos de un adolescente. “Odio la palabra ‘jubilación’. Ver a tipos de mi edad gordiflones, sentados en el parque rascándose las pulgas es terrible. Yo voy a trabajar hasta que me muera”. Su nuevo proyecto es Obra negra, una serie de 15 lienzos con un toque dramático que expondrá en septiembre en la galería La Cometa en Bogotá. Es un quiebre con todo lo que había hecho antes. “En este trabajo me alejo de lo atractivo y le doy paso a lo esencial”, comenta.

Los cuadros que formarán parte de esta muestra son el resultado de las imágenes que marcaron su vida. Manzur nació en Neira, un pueblo de Caldas que según él desborda una gran sensibilidad por el arte. “De esa época me acuerdo mucho de las procesiones de Semana Santa. Era una mezcla de magnificencia y miedo. Ver esos santos agresivos ataviados con sus vestidos me impresionaba mucho”. A los 3 años el pintor se trasladó con su familia a Bata, África, donde vivía en un rancho en la playa. Justo al frente había un barco encallado, completamente oxidado, que se convirtió en su juguete. Con ese paisaje comenzó lo que sería su afán de pintar.

En su adolescencia su familia lo mandó solo a un internado en Canarias. “Mis padres eran muy diferentes. Mi mamá era colombiana y mi papá libanés. Peleaban mucho y a mí me aterraba eso. Hoy en día me pongo a ver y si tuviera un hijo de 7 años no lo mandaría a 15 días de distancia en barco. Por eso no tengo sentido de familia, lo perdí”. David recuerda ese colegio como una cárcel, no porque los monjes claretianos fueran malos sino porque las circunstancias de España durante la guerra eran complicadas. “La comida escaseaba, aguantábamos hambre y mientras tanto los curas nos leían la vida de los santos”. Diariamente rezaban el rosario, obligación que a él le aburría. De esos recuerdos nacieron sus famosos lienzos de San Sebastián y las transverberaciones de Santa Teresa. Esa religiosidad lo marcó de por vida. “La religión cristiana y católica en particular siempre han estado muy ligadas al arte. El Renacimiento era prácticamente de la Iglesia. Cada obra que uno hace es una forma de oración. En mi época los ejercicios espirituales eran una tragedia, uno sentía que con cualquier pecado que cometía ya estaba el

demonio al lado y cuando actuaba bien, el premio era el cielo. Entonces uno aprende a engañarse a sí mismo y a

privarse de unas cosas naturales para estar en ‘gracia de Dios’”. Por eso reconoce que está lejos de ser un santo: “soy oveja negra; todos los pecados del mundo se me pueden atribuir y vivo feliz de ello pues son la fuerza de lo que he hecho”, dice. En una entrevista que le concedió hace poco a Gloria Cecilia Gómez, bromeó con que él hubiera sido un perfecto delincuente.

Ahora se refiere a sí mismo como un viejo zanahorio. Se levanta a las 7:00 de la mañana y hace al menos una hora de gimnasia. El ejercicio y rodearse de gente joven son, en sus palabras, el secreto de su vitalidad. Felipe Achury, su asistente quien vive con él hace ocho meses, dice que David tiene una energía que apabulla. “Es atemporal, maneja las cámaras 3D con la misma facilidad con la que habla del Renacimiento”. Achury se ha convertido en su mano derecha y le ha servido de modelo en algunos de los cuadros que harán parte de esta exposición.

La muestra incluirá una película de siete minutos dirigida por Jaime López, con las obras en 3D que tendrán como hilo conductor a una dama de rojo que aparece en uno de los cuadros, un formato novedoso en Colombia. Otra de las pasiones de Manzur es el cine. Cada vez que termina un cuadro lo celebra viendo una cinta en el teatro que tiene en sus casas de Mosquera y Barichara, en Santander. Es fanático de Martin Scorsese, David Lynch y Ridley Scott. “Me gusta mucho James Cameron porque él es como un científico; en su película Avatar el contenido es muy superfluo pero es una belleza de tecnología”, comenta. Detestó Gravedad, la cinta de Alfonso Cuarón que se llevó siete premios Óscar. “Esa película se hizo solo para mostrar la belleza otoñal de la señora Bullock. Cualquier documental de la NASA es superior. Ese es el tipo de cosas infladas que a mí me dan rabia. La mejor escena es cuando George Clooney desaparece. Odisea en el espacio, del director Stanley Kubrick, que se hizo en 1968, es insuperable y eso que en ese entonces no había tanto efecto digital”.

La vehemencia con la que habla del séptimo arte le servirá a la hora de luchar para que en Barichara los festivales de cine, que allí se realizan desde hace varios años, tomen mayor fuerza. Es un proyecto que está gestionando con Dalita Navarro, Felipe Achury, y un grupo de estudiantes de la Universidad de Bucaramanga, liderado por Juan Diego Pinzón.

Este año, David se irá a vivir definitivamente a Barichara. “Allí tengo el estudio ideal que es como una enorme capilla donde hay una reminiscencia a mi colegio en España. He vivido en Nueva York, Quebec, Montreal, Madrid y en ningún lugar he podido trabajar como allí, tiene el clima y la luz perfecta”. David se esfuerza por convertir este pueblo en un gran centro cultural. “Una de las ideas que tengo es salir a pintar a la calle una vez al mes para que la gente vea lo que hago”.

Después de un centenar de exposiciones, una decena de reconocimientos y muchos cuadros vendidos, el artista asegura, sin reparos, que aún no ha pintado su mejor obra. “Uno a los 20 años cree que es el dueño del mundo pero a medida que ve la evolución del arte se da cuenta de que siempre puede ser mejor y eso, aunque parezca un contrasentido, me mantiene vivo y útil”, concluye.
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