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Cristina de Borbón y Grecia es la infanta sin corona

Cristina de Borbón y Grecia es la infanta sin corona

REVISTA JET-SET

La prensa de Madrid asegura que la deshonrosa revocación del título de duquesa de Palma de Mallorca a la princesa, por parte de su hermano, el rey Felipe de España, es solo el primer paso para la supresión de sus derechos dinásticos, por terca y por el lío de corrupción en que está involucrada junto a su marido, Iñaki Urdangarin.
Cristina, de 50 años, insiste en que las acusaciones de corrupción a ella y a su marido son “infundadas”. Es el primer miembro de la casa real que se sentará en el banquillo de los acusados.
Por: 25/6/2015 00:00:00
Los recientes acercamientos entre el rey y Cristina hicieron suponer un cambio en la inflexible actitud que él ha guardado con su hermana desde 2011, cuando estalló el escándalo del caso Nóos, por el cual ella y su esposo, Iñaki Urdangarin, son señalados de robarse y malversar más de seis millones de euros del tesoro público de las Baleares y Valencia. Primero, él la invitó, sin Iñaki, a la Primera Comunión de su hija, la princesa de Asturias. Luego, Cristina fue al funeral del príncipe Kardam de Bulgaria, en Madrid, al que asistieron miembros de varias casas reales europeas. 
Pero a los pocos días los rumores de perdón a la infanta resultaron infundados. La Casa del Rey anunció que él le revocaba su título de duquesa de Palma de Mallorca, un regalo que su padre, el rey Juan Carlos, les hizo a ella y a su esposo cuando se casaron en 1997. Ante la humillación, la infanta trató de poner las cosas a su favor, filtrando a la prensa una carta según la cual fue ella la que primero renunció a la distinción. 
Esta actitud, comentaron diarios como El País, es otra muestra de la testarudez que Cristina ha mostrado desde que surgió el alboroto, uno de los detonantes de la abdicación de su padre, hace un año, y del colapso definitivo de la familia, que ya era disfuncional pero guardaba las formas. 
Si ayer los Borbón eran intocables, hoy sus trapos sucios se ventilan sin pudor. Se dice que ciega de amor por Iñaki, ella ha procurado torpedear la estrategia de la Casa del Rey para protegerse de la tragedia que ella les ha ocasionado. Si sus parientes apartaron a los Urdangarin del entorno real, en 2011, ella ha insistido en ser una invitada de piedra. Para la muestra, el año pasado, por estas fechas, el rey Juan Carlos la llamó a Ginebra, donde vive, para decirle que no se fuera a aparecer por Madrid para su abdicación y la proclamación de su hermano. Pero ella no hizo caso y le tocó ver cómo le cerraban las puertas de los actos.
Meses antes, cuando Juan Carlos estuvo hospitalizado, ella impuso la presencia de Iñaki en la visita familiar. Con ello, puso a hacer maromas a Felipe y a su esposa, Letizia, para no coincidir con ellos ante la prensa, coherente con su determinación de evitar que sus malos pasos los salpiquen. 
Eso es poco para dar cuenta de la terquedad de la infanta. Según El País, Juan Carlos se reunió con ella dos veces para exigirle que renunciara a sus derechos dinásticos (es la sexta en la línea de sucesión al trono), pero se negó con este argumento: “¿Y si se demuestra que soy inocente?”. Porque, como lo consignó en su carta de renuncia al título, cree que las acusaciones, por las cuales será el primer miembro de la familia real en ser juzgado en un tribunal, son “infundadas”. Esta solicitud del rey vino después de que él tratara de convencerla de divorciarse de Iñaki, otro modo de atajar el fiasco, pero ella también se rehusó, pese a que los documentos del caso Nóos han dejado al descubierto sus infidelidades, al parecer tanto con mujeres como con hombres.
“La infanta no valoró el daño que durante tres años y medio su cabezonería ha hecho a la institución”, dijo El País, quien también recuerda lo evasiva que estuvo en el interrogatorio en la corte de Palma, donde se ventila su caso. “No me suena”, “lo desconozco”, “no me consta”, “no lo sé”, fueron sus frecuentes respuestas.
Ante tanta obstinación, Felipe decidió quitarle el título, luego de tratar de persuadirla de que lo hiciera por iniciativa propia. Unas veces, señaló El País, lo hizo de manera dura y perentoria; otras, usó frases de cariño. Pero nada funcionó y dio el paso porque no quería cumplir su primer año de reinado sin ese asunto resuelto, luego de que en su discurso de proclamación insistió en que la realeza tenía que dar ejemplo de rectitud. 
Fuentes cercanas al rey señalan que este fue el zarpazo final a una relación de hermanos que fue entrañable. Cristina y Felipe compartían sus aficiones a los deportes, amistades, viajes, diversiones. Pero todo empezó a dañarse con la llegada de la reina Letizia, a quien Urdangarin acusa de tejer su desgracia, pues usó sus contactos en la prensa como periodista para ponerlo en la picota pública. 
Cristina, por otra parte, no ha dejado de hablarse con su padre, pero lo hace de manera esporádica y fría, pues él “se ha mostrado inflexible como monarca, pero herido y decepcionado como padre”, anotó el diario madrileño.
Pero en la desgracia de esta familia, Cristina no es la que está más sola, pues cuenta con el apoyo de su madre, la reina Sofía, y de su hermana, la infanta Elena, quienes se han saltado las sutilezas para acompañarla en su mal rato. El rey, en cambio, ha quedado completamente aislado, ya que ni la reina ni sus hijos lo determinan a causa de sus infidelidades, en especial con la princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein, otro de los motivos de su renuncia. Es más, a menudo, programas de televisión con credibilidad como Espejo Público, de Antena 3, se refieren sin tapujos a que la abdicación no fue voluntaria, sino que ellos conspiraron contra él, “a una”, usando la célebre frase de la pieza Fuenteovejuna, de su compatriota Lope de Vega.
El drama de la otrora discreta familia Borbón no cesará hasta que se defina el destino de Cristina e Iñaki, quienes están a punto de ser juzgados. La pregunta ahora es qué sucederá primero: la condena o absolución del tribunal por su supuesto enriquecimiento ilícito, o la pérdida de los derechos dinásticos de ella, que la gran mayoría de analistas dan por descontada, para salvar el mancillado honor de una monarquía que ya ha sido derrocada dos veces por los republicanos en casi 150 años. Evitar la tercera y definitiva es la consigna.

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