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Cornelius Gurlitt el ermitaño del arte

Cornelius Gurlitt el ermitaño del arte

Revista Jet-set

Jet-set presenta en exclusiva las primeras fotos que se conocen del alemán que ocultó por años una magnífica colección de pinturas acumulada en tiempos de los nazis y cuyo valor se estima en más de mil millones de dólares.
Así fue captado en un supermercado de Múnich, por los días en que estalló el escándalo. Hasta hace tres años se creía que Cornelius Gurlitt se había suicidado. Sus vecinos lo describen como tímido y poco comunicativo. Foto: BestImage / The Grosby Group
Por: Edición 27220/11/2013 00:00:00
“¿Por qué no podían esperar a que me muriera para hacer esto?”. Tales fueron las pocas frases que el taciturno Cornelius Gurlitt les dirigió a los policías alemanes que tardaron tres días en sacar de su apartamento en Múnich las cerca de 1500 piezas del arte universal que con singular astucia ocultó por décadas. Creaciones de genios como Chagall, Picasso, Matisse, Rodin, Degas y muchos otros, algunas desconocidas, componían este tesoro ligado al robo y a los crímenes de guerra.

Las autoridades alemanas se toparon con la colección hace casi dos años, pero solo hasta ahora se supo de ella a través de la revista Focus, cuya primicia alborotó al mundo del arte y reabrió viejas heridas. Como lo reseñó la publicación, detrás del hallazgo, calificado por Julian Radcliffe, presidente del Registro de Arte Perdido de Londres, como el más grande ligado al Holocausto judío, está un anciano de 80 años y quien habría pasado inadvertido el resto de su vida de no ser por una casualidad. El 22 de septiembre de 2010, el tren en el que regresaba a la capital bávara desde Zúrich fue objeto de una inspección policial en busca de posibles entradas ilegales de divisas desde Suiza. Gurlitt, recuerdan los policías, se puso nervioso al verlos y lo estuvo más cuando le encontraron un sobre con 9.000 euros, justo por debajo del límite permitido. Los agentes lo dejaron en paz por el momento, pero quedaron dudosos y al rastrearlo en las bases de datos, se dieron cuenta de que prácticamente no existía: no figuraba en los servicios sociales, no tenía pensión, ni seguro médico y sobre todo, un hombre con tal cantidad de plata en el bolsillo no estaba registrado en los archivos fiscales. Una pesquisa se puso en marcha y cuando esta llevó a la policía a realizarle una visita en su apartamento, la sorpresa fue mayúscula. Había montones de comida vencida incluso desde los años 80, puertas y ventanas estaban aseguradas con doble cerradura y reinaba una oscuridad casi absoluta, indicio de la voluntad de un ermitaño. El balcón del apartamento, único punto de contacto con el exterior, se asemejaba a un miniescenario de guerra, debido a las cajas ordenadas como barricadas que parecían defenderlo. Pero resultó que la guarida de este anciano cojo que rara vez salía, escondía un patrimonio cultural por el que los mejores museos o coleccionistas pagarían una fortuna. Había óleos, dibujos, acuarelas, litografías de los siglos XVII al XX. “Unas 120 obras estaban enmarcadas y almacenadas en un estante. Otras 1285 no tenían marco y se apilaban en gavetas”, según un informe de The Sunday Times, de Londres, que continuó: “muchas eran de artistas vilipendiados por los nazis y habían sido incluidas en la exhibición del llamado ‘arte degenerado’, que se inauguró en Múnich en 1937 antes de recorrer Alemania y Austria”.

En efecto, fue en aquella ominosa época del Tercer Reich cuando comenzó a amasarse este repertorio del que Cornelius dice cándidamente no saber nada, cuando en realidad, aseguran las autoridades, resultó ser el hijo que se daba por muerto de Hildebrand Gurlitt, quien le dejó tan polémica herencia. La familia fue un semillero de artistas destacados desde antaño y para comienzos del siglo XX él era un reputado marchante y curador de arte, admirado por su sapiencia sobre el tema, que hasta había impulsado a maestros como Paul Klee. Terminada la Segunda Guerra Mundial, cuando los aliados empezaron a buscar el arte que los nazis habían expoliado a los judíos y otros ciudadanos, él fue llamado a declarar y se presentó como una víctima. Dijo que cuando Hitler, quizá en su resentimiento como pintor frustrado, empezó a perseguir al “arte degenerado” (el arte moderno), él fue obligado por Joseph Goebbels, el temible ministro de propaganda del führer, a rastrear y adquirir las obras “indeseables”. La verdad fue que él se aprovechó de esa comisión oficial y de la angustia de los perseguidos judíos por salir de Europa, comprándoles piezas de alto valor por precios irrisorios. Incluso, viajó a París a adquirir el acervo del museo que Hitler quería fundar en su natal Linz, lo cual en efecto hizo, aunque también hizo movimientos para seguir juntando una cara selección que ocultó de los invasores rusos tras el fin de la guerra, en una aventurera travesía por Alemania. Hildebrand fue tan ladino que los investigadores de la posguerra le creyeron su historia de que fue presionado a cometer sus fechorías, que hasta le devolvieron 139 obras que le habían confiscado. En 1956 murió en un accidente de auto y, años después, su viuda, quien afirmaba que la colección había sido destruida en el bombardeo de Dresden en la contienda, lo siguió a la tumba. El destino de las obras permaneció así en el misterio por 60 años, hasta ahora que finalmente reposan bajo la protección del Gobierno alemán, que las publicó en Internet a la espera de que los sucesores de sus dueños las reclamen. Tales páginas web han colapsado por tantas solicitudes.

Cornelius Gurlitt, investigado por evasión fiscal, se escondió cuando estalló el escándalo pero reapareció defendiendo el nombre de su familia. Fue visto en un lujoso auto y haciendo mercado en Múnich, a lo mejor con la ganancia de alguno de los cuadros que ocasionalmente vendió para obtener dinero extra. Las autoridades alemanas creen que aún oculta más riquezas artísticas, pues ha seguido negociando con algunas que no estaban en su apartamento. El misterio es dónde las esconde.
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