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Catalina Gómez Ángel: colombiana en zona de guerra

Catalina Gómez Ángel: colombiana en zona de guerra

Revista Jet-Set

Hace siete años dejó su trabajo en la revista Semana para convertirse en la única mujer entre los ocho reporteros internacionales en Irán. Es corresponsal de guerra en Oriente Medio y sus historias son publicadas en RCN Noticias, El Tiempo y El Mundo de España. Su más reciente experiencia periodística en la Franja de Gaza ha sido la más dura de toda su carrera.
Catalina ha hecho el cubrimiento de conflictos en Oriente Medio, pero nunca había visto tanta destrucción en tan poco tiempo como en Gaza. Foto: ©Patrick Tombola/14
Por: Edición 28814/8/2014 00:00:00
Hace casi una semana que Catalina Gómez regresó a su hogar en Teherán, y aún trae consigo el peso de no haber conciliado el sueño durante muchas noches. La única periodista de guerra de habla hispana en Oriente Medio vivió en la ciudad de Gaza nueve días de bombardeos y desgarradoras historias de mujeres y niños, que no le permitieron dormir en paz. Sentada en el sofá de la casa que comparte hace tres años con su esposo, el fotógrafo iraní Kaveh Kazemi, no alcanza a recostar la cabeza sobre el espaldar antes de que sus ojos grandes y expresivos se le cierren. Hacer el cubrimiento periodístico del conflicto palestino-israelí ha sido una de las experiencias más duras en los siete años que lleva en Irán y trabaja como corresponsal para Noticias RCN y El Tiempo. Su vida profesional trascurre entre conflictos políticos y ataques armados. Antes de viajar a la Franja de Gaza, una estadía de un mes en Irak ya la había debilitado. Allí cumplía con la misión de enviar informes sobre la incursión de grupos extremistas islámicos a Bagdad. Cubierta de la cabeza a los pies con una burka negra y expuesta a temperaturas que alcanzaban los 53 grados centígrados, su salud le jugó una mala pasada al final de la misión informativa. Las defensas se le fueron al piso y la fiebre anunció un herpes estomacal. Volvió a su casa sin fuerzas y estuvo dos semanas encerrada, recuperándose.

Pero como dicen en Pereira, su tierra: “Al que le gusta le sabe”. Catalina siempre quiso ser corresponsal en Oriente Medio, y por eso no es casualidad que en su tesis de maestría en relaciones internacionales de la Universidad Complutense de Madrid analizara la política exterior iraní. Luego de trabajar tres años como periodista y editora en la revista Semana, en 2007 le dio un arrebato y decidió irse por un año a Irán: “Quería aprender farsi, hacer periodismo freelance y ver cómo era la vida en este país”, cuenta. Desde entonces se quedó a vivir allá y aunque aún no habla el idioma a la perfección, se hace entender. Sus historias se han publicado en los periódicos La Vanguardia y El Mundo de España; en las revistas Gatopardo de México, Paula de Chile; y SoHo, Semana, Don Juan, Summus y Arcadia de Colombia. Sobre las costumbres de esos países aprendió que las leyes y las tradiciones culturales son estrictas con las mujeres, quienes siempre están en inferioridad de condiciones. Catalina aclara que en ese sentido nunca ha pasado malos ratos. Al contrario, es una ventaja porque, a diferencia de los hombres que cubren la guerra, ella tiene vía libre para hablar con las madres y sus pequeños hijos. “El acceso a ellas siempre me da otra dimensión del conflicto, ya que van a los detalles con mayor precisión y expresan sin reserva el dolor por el que atraviesan como sociedad civil”, dice.

Desde su trinchera de escritora, Catalina también sufrió la guerra. En Gaza ningún lugar era seguro, la gente estaba atrapada y en la medida en que el ejército israelí se movía más adentro, lo que ellos llaman la buffer zone, caían bombas. “Pasamos momentos en los que, junto con la traductora y el camarógrafo, tuvimos que parar porque las historias nos conmovían hasta las lágrimas”. En la sala de cuidados intensivos de un hospital conocieron a un niño que perdió a su hermano y a su abuelito cuando, en la calle frente a su apartamento, un proyectil interrumpió sus juegos y sus vidas. Cinco horas después de una cirugía, se enteraron que él tampoco sobrevivió.

En medio del sonido enloquecedor de los drones y los cimbronazos de las constantes explosiones, Catalina no se dejó embargar por el miedo: “Si uno piensa en la muerte está jodido. Sería imposible moverse ya que por donde uno pasa hay un cadáver, sangre, una escena dramática”, recalca.

¿Qué piensan sus padres de lo que hace?: “Les da muy duro y me da tristeza ponerlos a sufrir, pero tiene que haber gente dispuesta a arriesgarse para contar la realidad de los conflictos desde una mirada humanitaria”, comenta. Para ella, las cifras de las guerras aparecen todos los días en los periódicos, pero las historias de las personas, más allá de los juegos políticos, son las que realmente crean empatía en los televidentes o los lectores. “Creo mucho en la gente y su bondad. Los agradecimientos y sus sonrisas después de las entrevistas me dan fortaleza para seguir adelante”. En medio de la guerra y las negociaciones, ella también se da una tregua y prepara un viaje de vacaciones a España, con Kaveh, su esposo, uno de los fotógrafos más reconocidos en Irán. Él, luego de 35 años de cubrir guerras, se retiró porque sintió que ya era suficiente. A Catalina aún le quedan muchas historias que contar y cuerda para seguir con su trabajo de reportera en Oriente Medio.
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