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Colombia inspira a Sophia Vari

Colombia inspira a Sophia Vari

REVISTA JET-SET

La nueva obra de la esposa de Fernando Botero surgió de sus largas jornadas en las plazas de mercado de Rionegro, Antioquia. El resultado fue una treintena de collages elaborados con materiales de reciclaje como cartones y fibras de costales. Con estas creaciones arrancó la agenda cultural de la galería El Museo de Bogotá.
La serie Pueblos colombianos de Sophia Vari nació en su taller de Rionegro, pero en realidad forma parte del aprecio que le tomó a toda la tierra antioqueña y sus alrededores. Algunas obras llevan nombres como Marinilla y Apartadó, dos municipios de la región paisa.
Por: 27/2/2015 00:00:00
Rionegro, Antioquia. Al filo del mediodía, la artista Sophia Vari, casada con el maestro Fernando Botero, recorre el mercado público de verduras y viandas populares de la población paisa. La pintora y escultora griega camina con decisión y altivez entre los vendedores y cargadores de bultos que notan su presencia en la plaza. Lleva gafas, pero muchos saben quién es ella desde que decidió abrir su taller de arte en una casa, propia de la arquitectura de la región cafetera, muy cerca de la que tiene Botero. El inmueble se lo compraron a una prima del pintor antioqueño, cuando Sophia decidió buscar la inspiración en Colombia. “El maestro Botero y yo viajamos juntos, pero nos separamos de siete a nueve horas en el día para meternos de lleno en nuestros procesos creativos”, dijo la escultora mediterránea.

Sus paseos por las calles, tiendas, pulgueros y ferias del municipio antioqueño prácticamente marcaron el inicio de una serie de collages que tituló Pueblos de Colombia, que hacen pensar en una alegoría al bullicio y colorido que ella ha vivido durante estos recorridos. La experiencia de largas caminatas le permitió recolectar pedazos de fique, fibras plásticas con las que fabrican costales, fragmentos de carteles que invitaban a festejos paganos y cartones amontonados entre tomates, papas y fríjoles desvainados. “Una vez compré unas papas y reciclé la bolsa con el fin de nutrir uno de mis cuadros. Me encantaron el color y la textura de papel en las que venían envueltas. Debo admitir que todo esto me pareció muy divertido, pero a la vez extenuante porque la idea era conjugar todos los elementos que recopilé, pero de una manera racional y artística”.

Esta obra rionegrina fue concebida y elaborada en el propio pueblo. De lo contrario, según la artista, los resultados habrían sido diferentes: “Tengo cuatro talleres. Además del que está en Rionegro trabajo en los de Nueva York, Grecia y Pietrasanta. Cada uno me inspira de una manera diferente. En mi país y en Italia surgen mis esculturas gigantes, de hasta cuatro metros, y de contrastes cromáticos. Cuando me refugio en mi pequeño taller de Estados Unidos encuentro esos chispazos para producir mis joyas”. 

Los óleos, collages y esculturas de la creadora europea reflejan sus obsesiones, casi siempre enfocadas en la simplicidad geométrica, el color y la monumentalidad de las figuras. En este último aspecto tiene un punto en común con Botero. Según los críticos, “a nivel artístico son muy diferentes, pero en el camino tenían que encontrarse en algún momento”. 

Sophia Vari y Fernando Botero recorren juntos el mundo y ese trajín tiene el sentido de un viaje interior que los conduce a los hallazgos de los temas que nutren sus obras. Aunque están en las mismas ciudades, llega un momento en que se separan para internarse en sus respectivos espacios creativos. “Procuramos no molestarnos. Yo no entro a su taller, ni él al mío. No permito factores distractores. Con tono jocoso le digo que si estuviera a mi lado mientras estoy creando, sería como tener un perro en el estudio. Tampoco acepto llamadas telefónicas porque me desconcentran demasiado”. Sin embargo, después de varias semanas de trabajo e introspección, cuando sienten que maduraron o terminaron los cuadros y esculturas, los artistas se dan una licencia para ingresar a sus templos de inspiración. “Es cuando criticamos con respeto los resultados finales. Nos decimos qué cosas nos gustan y cuáles no”, explicó la artista.

Por ejemplo, para crear la colección Pueblos de Colombia, que presentó hace poco en la isla griega de Andros, Vari se tomó por lo menos cuatro meses. Solo después de este tiempo, Botero contempló los collages de su esposa e hizo los respectivos comentarios en los que destacó aspectos como las composiciones de los cuadros, la yuxtaposición de materiales de reciclaje y los destellos de color. “Aunque mi obra es abstracta, a él le gusta. Para mí es importante escuchar su aprobación”.

Después de esta exposición, que fue colgada hace días en la galería El Museo de Bogotá, la escultora se alistará para una agenda de viajes y muestras pictóricas en lugares tan distantes como Londres, Shanghái y Nueva York. Allí, en la Gran Manzana, se concentrará una vez más en el diseño de nuevas joyas en oro, plata y ébano, que serán fabricadas, como lo ha hecho hasta ahora, por el mismo equipo de las casas Cartier y Boucheron. Estas piezas únicas son comercializadas desde Londres por Ileana Bouboulis, la hija de su primer matrimonio. “La gente dice que hago accesorios, pero me gusta enfatizar que en realidad son esculturas, no importa que no tengan cuatro metros”, dijo entre risas. Precisamente su trabajo de joyera ha despertado el interés de galerías como La Contini, de Venecia, que exhibió sus anillos y pulseras, casi siempre de formas contundentes y geométricas.

“Amo los sitios donde tengo mis talleres. Pero en especial al país de Botero. Me siento colombiana”, finalizó la creadora. Dentro de poco regresará a Antioquia, donde espera que la luz de Rionegro la inspire para hacerle otro homenaje al país.

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