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La nueva ola colombiana nunca envejecerá

La nueva ola colombiana nunca envejecerá

REVISTA JET-SET

Antes de Shakira, Carlos Vives, Maluma y J. Balvin existieron Claudia de Colombia, Óscar Golden e Isadora, y otros artistas que se inspiraron en los exponentes de la música popular gringa de los sesenta y setenta. El país jamás podrá olvidarlos tal como lo demostró con la muerte de los baladistas Harold Orozco y Vicky.
El caleño Harold Orozco fue la piedra angular del fenómeno de la Nueva Ola de la balada y el rock del país. El intérprete pasó a la historia por sus temas Déjala que se vaya y Vida mía.
Por: Revista Jet-set.11/5/2017 13:57:00

La música colombiana siempre ha existido, incluso con el mismo vigor de las propuestas de Carlos Vives, Shakira, Juanes, Fonseca y Andrés Cepeda, entre otros. “Nunca hubo un hueco negro, ni un periodo oscurantista antes del éxito de estos cantantes”, dice el analista Manolo Bellón.

La muerte de Harold Orozco, que tomó por sorpresa a sus seguidores en Medellín, ha servido de excusa para mirar a través del retrovisor el fenómeno de la Nueva Ola de la balada nacional que los expertos ubican entre 1963 y 1968, aproximadamente. La moda llegó a Colombia, de manera tardía, si se tiene en cuenta que en la España franquista, pese a que odiaba este tipo de manifestaciones de la industria musical, comenzó en 1959 con Dyango, Fórmula V y Lorenzo Santamaría, entre más nombres. En esa época, Argentina tenía el grupo El club del clan, con la primera voz de Palito Ortega; y México, a un fenómeno de masas llamado César Costa, la figura más visible de Los Black Jeans.

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Colombia creó su propio Olimpo de dioses baladistas que nacieron y crecieron en una emisora llamada La Voz de Bogotá, en el espacio Los dos pegaditos, donde programaban temas de agrupaciones que se inspiraron en Los Beatles y Los Beach Boys e incluso tenía nombres de origen anglo, entre ellos The Flippers y The Speakers. Este último reunió al español Rodrigo García, los hermanos Dueñas y Oswaldo Hernández.

Foto: Archivo particular.

Al tiempo, la emisora Radio 15, con la programación de Alfonso Lizarazo, también agrupó a los ídolos de la Nueva Ola criolla. El sonado éxito derivó en un programa de televisión del mismo nombre, por donde pasaron Harold Orozco, Billy Pontoni, Óscar Golden, Lyda Zamora, Kenny Pacheco y muchos más. Lizarazo le dio otro empujón a la naciente industria con la creación de un sello fonográfico.

La competencia de Estudio 15 en el único canal de televisión que había en el país fue El club del clan, de RCN, que condujo Guillermo Hinestrosa, otro cazatalentos que es recordado como el precursor de los realitys de hoy, es decir Factor X, La voz y Yo me llamo. Harold, según Manolo Bellón, tuvo uno de los sitios más altos en el pódium musical de la época gracias a la facilidad para componer temas que abrazaron géneros norteamericanos tales como el funk, rhythm and blues y el country. Era una especie de reciclador curioso e investigador, pero no en términos peyorativos puesto que las fusiones estaban a la orden del día por influencia de los Rolling Stones que se apropiaron de la música negra del Mississippi y Chicago. El país no era ajeno a esas influencias foráneas.

A mediados de los setenta, Claudia de Colombia fue una artista de fama internacional. En México y Argentina vendía discos y llenaba conciertos. Foto: Archivo Revista Semana.

No obstante, en plena revolución sexual y educativa de 1968, la Nueva Ola nacional se había agotado tras un largo proceso de explosión creativa, con artistas y melodías megaexitosas, pero que no vendían discos. Colombia, a diferencia de España, Argentina y México, no tenía un mercado robusto. Mientras que las estrellas de la nación azteca obtenían sumas desorbitantes por las ventas de medio millón de copias, las de Colombia a duras penas llegaban a 10.000. Los analistas creen en la hipótesis de que el final de la Nueva Ola se debió al desgaste de las canciones chiclosas, de letras relacionadas con amores de loca juventud y al giro que siguieron algunos compositores al tomar el camino del rock metálico que se apoderó de las disqueras después de Woodstock.

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En el mismo Estados Unidos, los artistas entraron en un proceso de interiorización con reflexiones acerca de la amistad y la soledad al mejor estilo de Carole King y James Taylor. En una Colombia que reclamaba este tipo de música aterrizaron en los estudios de grabación algunas baladistas del talante de Claudia de Colombia, Isadora y Mariluz. Óscar Golden hizo una transición exitosa de los sesenta a los setenta con canciones más alegres e inolvidables, tipo Zapatos pom pom y Boca de chicle. En México lo amaron por ese sonido un poco beatle.

Los años setenta se asomaban tímidamente con la consolidación de los grupos afrodescendientes o el llamado black power, que reclamaba más visibilidad y respeto por los derechos civiles de las minorías raciales. Christopher, imponente y cálido como todo sanandresano, fue la respuesta criolla a la explosión del poder negro que se tomaba al mundo entero.

El sanandresano Christopher se impuso como el mejor showman colombiano. Todavía se presenta en conciertos, donde su público le pide los temas Volverás a mis brazos y El hombre de la cima. Foto: Archivo particular.

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En Norteamérica los exponentes del folk, con Bob Dylan y Joan Báez a la cabeza, habían abonado un largo camino de seguidores gracias a las canciones rabiosas pero a la vez poéticas que pregonaban un mensaje social y político. Por supuesto nuestro país se apropió de esa tendencia hasta el punto de que catapultó a Pablus Gallinazus con su tema Mula revolucionaria; los hermanos Ana y Jaime, famosos por Ni chicha ni limoná; y Vicky, la verdadera hippie del grupo. La intérprete de Pobre gorrión, y Emilce, quien se negó a usar minifaldas y tacones, tenían claro el mensaje: “No mires lo que tengo puesto, sino lo que soy”.

Al tiempo, la balada nacional creaba su propio estilo elegante, cercano al de las divas españolas Paloma San Basilio y Rocío Jurado. En esta lista se incluía a Claudia de Colombia, de peinado enlacado y vestidos aparatosos, inolvidables por sus mangas con formas de pétalos de rosas y faldas corte trompeta. Los temas con toques folclóricos encabezaban los listados de la radio y las letras de la canción protesta calaban en los corazones. Pero lo mejor fue que la gente salía a comprar este tipo de música poética que generaba conciencia frente a los problemas comunes de América Latina.

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En este periodo, que muchos consideran una respuesta o extensión de la Nueva Ola sesentera, los artistas llenaron estadios. Aún se recuerda la multitudinaria gira Milo Go-gó que recorrió 14 ciudades del país con Billy Pontoni y el caleño Óscar Golden, entre otros cantantes.

La carrera musical de Billy Pontoni, nacido en Cartago, despuntó en el programa El club del clan, que se derivó de uno de los espacios más sintonizados de Todelar. Foto: Archivo Revista Semana.

Cuando los setenta estaban llegando a su fin, también agonizaba la era conocida como ‘pos Nueva Ola’. Ximena, Claudia Osuna, Isadora, Carmenza Duque y Lyda Zamora renunciaron al brillo de la fama, al punto de que la consideraron demasiado ‘ruidosa’ para vivir a plenitud sus relaciones de pareja. Por su lado, Harold Orozco y Jaime encontraron en los jingles publicitarios una jugosa fuente de ingresos.

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El siglo XX llegó a su fin y en la nueva era, con sonidos electrónicos y el reguetón, le bajaron el volumen a las carreras de Claudia de Colombia, Billy Pontoni y Fausto, quienes se limitaron a alimentar el recuerdo de las audiencias de la vieja guardia con esporádicas presentaciones en recintos cerrados y fiestas privadas. Algunos manejan su propia carrera, sin intermediación de representantes, pero con la seguridad de que ellos abrieron las trochas por donde transitan Carlos Vives, Shakira y Juanes.

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