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Cindy Crawford “¡Cómo duele envejecer!”

Cindy Crawford “¡Cómo duele envejecer!”

REVISTA JET-SET

Próxima a cumplir 50 años, la estrella de la era dorada de las top models confiesa en sus memorias lo duro que le resulta asumir los efectos del tiempo sobre su figura.
53Cumple 50 años el próximo 20 de febrero. Revela que ahora prefiere un estilo más sofisticado, aunque la aqueja un sentimiento de pérdida por su estilo provocativo de hace dos décadas.
Por: 8/10/2015 00:00:00
La llegada al cuarto piso no le gustó, pero a los 50, explica en su nuevo libro, “ya no me puedo engañar a mí misma y creer que sigo siendo la que era a los 25. Igual, esa tampoco es la persona que quiero ser. Pero no dejo de pensar: ‘Dios mío, 50 es una cifra grande’. Lo que me pasó con los 40 fue que al día siguiente me desperté y pensé: ‘Sigo siendo yo’, y estoy convencida de que así me pasará cuando cumpla el medio siglo”.
Tan relevante cumpleaños será el próximo 20 de febrero y para celebrarlo Cindy escribió Becoming, volumen en el que narra su vida, a la vez que reflexiona, como quien piensa en voz alta, sobre la imagen que tiene de sí misma, ser madre y la edad.
Sobre este último punto, continúa: “Hombres y mujeres tienen maneras distintas de lidiar con el envejecimiento (...). A nosotras nos preocupa más lo que vemos en el espejo: las canas, las arrugas y no poder desafiar las molestas leyes de la gravedad. Ver tales cambios, tras haber sido modelo por más de 30 años, en los que he dependido de mi imagen para trabajar, resulta más duro para mí”.
La mujer que hizo historia con sus desfiles para casas como Chanel, sus provocativas poses en campañas publicitarias para Escada, Versace y Revlon, además de destacarse como la maniquí mejor pagada del mundo en 1995, siente que la presión de dar la talla en la moda es apabullante. “Aún puedo ponerme minifalda y tacones muy altos para unas fotos, pero no en la vida real. Y la verdad es que si pudiera, no estoy segura de querer hacerlo. Hoy me siento atraída por un estilo más sofisticado, aunque admito que también me aqueja un sentido de pérdida de mi viejo modo de ser”, medita Cindy. 
Desde finales de los años 80, fue envidiada por sus congéneres por obra de su triunfante belleza y objeto de deseo para el sexo masculino. No obstante, no siempre se sintió segura de su silueta. En el colegio, por ejemplo, fue matoneada por sus piernas delgadas y largas y le pusieron de apodo “Mosquito”, pero con los años, ganó peso. “Nunca tuve el típico cuerpo de modelo”, recuerda. Cuando debutó en la profesión, aún en bachillerato, sus 57 kilos sobrepasaban los estándares de la época.
Para su desembarco en Nueva York, empeñada en seguir su ascenso en la industria del estilo, no cabía en las prendas de diseñador. Jamás, revela, había hecho una dieta ni ejercicio en su Illinois natal, donde se crio comiendo papas y carne. En la Gran Manzana conoció la pasta y se engordó, por lo que le tocó ponerse en manos de Radu, entrenador de famosos como Bianca Jagger y Calvin Klein. “¡Nunca había estado tan en buena forma en toda mi vida!”, exclama, pero acepta que no llegó a ser tan flaca como lo deseaba.
Cindy cuenta que hoy su peso oscila entre 61 y 63 kilos, con los cuales se siente cómoda, aunque así mismo le dan celos los cuerpos superdelgados de sus sucesoras en las pasarelas. “No importa lo bien que te sientas contigo misma, porque cuando alguien en un vestidor te pasa unos pantalones que difícilmente te llegan a la mitad de las caderas, se siente feo”, expresa la favorita de Vogue y grandes fotógrafos como Richard Avedon. “Creo que el mensaje más importante que puedo promover y ejemplificar es uno que apoye la diversidad y la salud”, reflexiona Crawford. 
La modelo, quien protagonizó junto Claudia Schiffer, Naomi Campbell y Christy Turlington, entre otras, el momento de máxima celebridad de las top models, se sincera sobre el dilema que enfrentó entre maternidad y vanidad. Luego de dos embarazos, apunta, “mi cuerpo no volverá a ser el mismo. Mi cintura se ha engrosado, mis senos perdieron algo de su frescura y a menudo tengo círculos negros alrededor de los ojos. Pero sin duda, valió la pena”, concluye refiriéndose a la dicha de tener a Presley y Kaia, sus hijos con su esposo, Rande Gerber.
Cynthia Ann Crawford proviene de una típica familia obrera de DeKalb, un pueblo cerca de Chicago. Allí, cultivó maíz y vio sucumbir a su familia por la muerte de su hermano, el bebé Jeff, de leucemia. Sus altas calificaciones le valieron graduarse con honores y una beca para estudiar ingeniería química en la Northwestern University. “Al día de hoy, no sé qué hace un ingeniero químico”, declara, pues pospuso la carrera por el modelaje y nunca la retomó. 
Su primer trabajo fue un aviso para las tiendas Marshall Field, que apareció en el Chicago Tribune, por el que ganó 150 dólares. Hoy, su fortuna bordea los 100 millones de dólares y no siempre fue grato ganar sus jugosos cheques. En el libro recuerda que en una sesión de fotos para Vogue casi se sancocha en una ducha de vapor y que en otro trabajo una pitón maloliente estuvo a punto de matarla.
Las memorias también traen a cuento su matrimonio con el actor Richard Gere. Con él nunca se sintió casada en realidad, sostiene, porque la suya fue la típica boda exprés en Las Vegas, y todo era “surreal”: no vistió el típico traje largo de novia sino un sastre de Armani; Herb Ritts, su fotógrafo favorito, hizo de “dama” de honor; y el anillo era de papel aluminio. Entonces, el hombre más churro de Hollywood y la reina del glamour formaron la pareja show, pero el cuento de hadas duró poco y Cindy dice haber quedado destruida por el divorcio, en 1995.

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