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Chiqui Echavarría la gurú de las buenas fiestas

Chiqui Echavarría la gurú de las buenas fiestas

Revista Jet-Set

Chiqui Echavarría, reconocida como una de las mejores anfitrionas por su buen gusto y poder de convocatoria, se estrenó como wedding planner con el matrimonio en Cartagena del hijo de Woods Staton, uno de los hombres más ricos según la revista Forbes. La nueva empresa, unida a Casa Chiqui, su almacén de decoración en la Ciudad Amurallada, darán muchas cosas buenas de qué hablar.
Después del éxito en la organización del matrimonio de Francisco Staton y Jennifer Burrys, Chiqui ha recibido algunas ofertas para seguir en un negocio que no descarta. Foto: Andrés Rozo/13
Por: 14/3/2013 00:00:00
A finales de enero pasado a Chiqui Echavarría le llegó una propuesta inesperada. Francisco Staton y Jennifer Burrys, amigos de su hijo Felipe, tenían problemas con la preparación de su boda, que sería el 17 de febrero en Cartagena. “Pipe me propuso que les ayudáramos, y yo me quedé fría, porque nunca lo había hecho –cuenta Chiqui–. Me avisaron solo tres semanas antes de la fecha del matrimonio, y corría el riesgo de que algo saliera mal y dañara mi reputación. Finalmente dije: ‘Aquí no hay cómo negarse y lo más importante es la buena voluntad’”.

Entonces se embarcó en el papel de wedding planner confiada en que sus contactos y conocidos la ayudarían. Para empezar con los detalles de la decoración, acudió a su buen amigo Antony Todd, diseñador de gran prestigio en Nueva York. “Los novios querían algo muy sencillo, pero claro, todo muy lindo. A pesar del corto tiempo encontramos una florista maravillosa, y el menú de la cena no fue difícil de organizar. El padre del novio (el reconocido empresario colombiano Woods Staton) acaba de inaugurar un hotel muy lindo (Casa San Agustín), con un restaurante magnífico, Alma”.

Fueron quince días de mucho trabajo, pero Chiqui reconoce que sin el apoyo del equipo de casi cuarenta personas, entre floristas, luminotécnicos, logística, meseros y mucha gente más no lo hubiera logrado. “Todos dimos lo mejor, a pesar de que ninguno tenía experiencia en bodas. Me guié por el instinto, ya que una fiesta de matrimonio está colmada de sentimientos, emociones y detalles”, recalca.

El éxito de su trabajo en la organización de esta boda no es gratuito. Su fama de excelente anfitriona entre el jet-set nacional trasciende las murallas del Corralito de Piedra. Jon Lee Anderson, periodista estadounidense, se refirió a ella en Eyes Wide Open, su columna de internet de la revista de viajes Departures, en la que destacaba la vida social de Cartagena. “Fuimos a la recepción, que se celebró en la impresionante casa de una mujer llamada Chiqui. Cientos de personas, en su mayoría vestidos de lino blanco, se arremolinaban entre columnas de piedra en el jardín al aire libre, iluminado con grandes velas blancas. (…) Los invitados se sentaban en divanes y cojines de estilo marroquí. (…) Tarde en la noche conocimos a la anfitriona radiante, que tenía para cada uno de los asistentes a la fiesta unas cintas rojas y corazones de oro, cada uno marcado con un verso de Neruda. Era, de lejos, la más fabulosa residencia en la ciudad”.

“Mi casa en Cartagena es un espacio maravilloso”, dice Chiqui, y como si la reconstruyera en su memoria, recuerda los más de veinticinco años que han pasado desde cuando la compraron con su esposo, el fallecido empresario Felipe Echavarría Rocha. “Era muy pequeñita, y con el paso de los años la fuimos ampliando. Las casas son parte de las personas, la nuestra tiene el sello de la familia. Es un lugar lleno de sentimientos, de color, de alegría”. Así también la recuerda Clocló, la hija menor de los Echavarría, como un espacio en construcción permanente. Un lugar que pasó de tener dos cuartos, a las once habitaciones hoy dispuestas para recibir a los amigos que se han encontrado por el mundo. “Como crecí fuera del país, casi todos son extranjeros. En Semana Santa llegan desde Nueva York, Líbano, Pakistán, España o Italia. A mi mamá le encanta tener la casa llena”, cuenta.

Quienes la conocen, destacan a Chiqui como una persona auténtica y generosa. “Sus fiestas son muy divertidas –afirma su amiga Claudia Valenzuela–, además ella sabe atender a sus invitados de una forma exquisita, no escatima en nada. Llena sus jarrones de flores, decora las mesas con velas, alegra los espíritus con buena música, impregna el ambiente de olores deliciosos y satisface los paladares con comida colombiana”. Detrás de la inmensa puerta de la casona de la Ciudad Vieja, se han conocido muchas de las parejas que luego han regresado para casarse en la romántica ciudad. “Me he convertido en la Celestina de mis amigos. Invito a jóvenes y viejos sin complicaciones, que no tienen que vestirse de una manera especial. No hay una preocupación de quedar bien con nadie. Los extranjeros se vuelven colombianos, y la idea es juntar gente que quiere conocer más gente, y que espera pasar una maravillosa fiesta de Fin de Año”, explica Chiqui.

En la planeación de la boda también tuvo un papel especial su buen gusto, que además se ve reflejado en su tienda de decoración Casa Chiqui: una bodega de los años 30, en la Calle de la Universidad, restaurada con su mejor estilo. Allí van a parar los objetos que trae de sus viajes por Indonesia, Bali, Mozambique, Marruecos, India o México.

“Cuando voy de compras para la tienda, traigo todo lo que me gusta. Lo que es un problema, porque muchas veces me quiero quedar con piezas que son únicas y que de pronto no se pueden conseguir otra vez”, cuenta sonriente. Ella disfruta de este negocio que abrió hace un poco más de un año, no solo porque la ha unido más a su hija Clocló, con quien hace la mayoría de los viajes, sino porque ha encontrado más amigos en los clientes de todo el mundo que la visitan diariamente. “Cartagena es un diamante precioso”, resume Chiqui. Y en su buen ánimo se siente que ya está lista para organizar el siguiente matrimonio, que podría ser incluso el de uno de sus dos hijos, quienes están felices porque ya tienen una wedding planner en la familia.
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