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Cayetana Stuart y Silva la duquesa rebelde

Cayetana Stuart y Silva la duquesa rebelde

Revista Jet-set

Su fogosa vida sexual, su enorme fortuna y constantes cirugías plásticas marcaron la eterna extravagancia de la aristócrata con más títulos del mundo.
Nació en Madrid el 28 de marzo de 1926 pero se sentía más de Sevilla, en cuya Feria de Abril acudía a los toros en La Maestranza rodeada de una corte de manolas. Foto: Look Press Agency.
Por: Edición 2961/12/2014 00:00:00
Todo en ella desbordaba los límites de lo normal. Su nombre era María del Rosario Cayetana Paloma Alfonsa Victoria Eugenia Fernanda Francisca de Paula Lourdes Antonia Josefa Fausta Rita Castor Dorotea Santa Esperanza Fitz-James Stuart y de Silva Falcó y Gurtubay.

Una neumonía apagó en noviembre la vitalidad de esta española de tan alta cuna, que era la única con derecho a entrar a caballo a la catedral de Sevilla y a no reverenciar al papa. Se decía “la más moderna de todas”, pese a que se destacaba como una especie de reliquia viviente de las tradiciones feudales. Gran testimonio de ello, sus 52 títulos de nobleza, más que nadie en el mundo, a partir de los cuales se podría contar la historia del Viejo Continente. Era duquesa de Almazán, de Arjona, de Liria; condesa-duquesa de Olivares; marquesa del Carpio, de Moya, de Osera y de Villanueva del Río, así como condesa de Ayala, de Fuentidueña y de Ribadeo, vizcondesa de la Calzada y señora de Moguer, entre otras dignidades. Era también 20 veces Grande de España, el más alto rango de la nobleza de ese país, pero el mundo la conoció solamente como “duquesa de Alba”, linaje protagonista del devenir ibérico desde antes del siglo XV.

“Los dichosos títulos”, como ella decía, llevaron a Oriana Fallaci a afirmar que si la reina Isabel de Inglaterra se topara con la española en un ascensor debía hacerle la venia y cederle el paso, porque su sangre era más azul. Cayetana odió a la periodista italiana por eso; aclaró en su autobiografía que se trataba de “una sandez” y remató: “Si algo he aprendido en mi vida es a estar en mi sitio, y sé muy bien cómo se hace una reverencia a una reina”. De hecho, cuando las dos se encontraron en 1988 en Madrid, le rindió pleitesía a la que fuera su amiga de juegos en la infancia en Londres, donde su padre, Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, duque de Alba, era embajador de España durante la Segunda Guerra Mundial.

Con Isabel, Cayetana compartió un ancestro, el rey James II, a través de cuyo hijo ilegítimo, el duque de Berwick, la madrileña llevaba el apellido Stuart de la casa real de Escocia. Por esta línea, estaba emparentada con Winston Churchill y Diana de Gales, y cuando el referéndum separatista de ese país fue noticia en septiembre pasado, se conjeturó que ella podría reclamar ese trono.

Su fortuna, calculada por Forbes en más de 3.500 millones de euros, abarca un vasto patrimonio de tierras y castillos por los que se cree que ella podía atravesar España de un extremo a otro sin salir de sus dominios. Palacios como Liria, Arbaizenea, Monterrey y Las Dueñas, su favorito, guardan tesoros fabulosos como un ejemplar de la primera edición de Don Quijote de La Mancha, el testamento del rey Fernando el Católico y el primer mapa de América hecho por Cristóbal Colón, otro de sus ancestros. Sus muros, igualmente, exhiben obras de maestros como Tiziano, Velásquez y Goya, amante de la XIII duquesa de Alba, la supuesta modelo de su famoso cuadro La maja desnuda, según viejos runrunes. Cayetana se arrepintió de haber rechazado la propuesta de Picasso de posar para él sin ropa, y así repetir la historia. Ahora, los cerca de 18 mil libros y 50 mil obras de arte de la noble quedan en manos de la Fundación Casa de Alba, que no puede vender nada sin autorización del Gobierno de España.

Su personalidad, tan heterogénea al molde de su estirpe, le valió la fama de bella y rebelde. Fue una figura obligada de las páginas sociales, por su pelo rizado al natural, sus atuendos extravagantes y las insistentes versiones de sus estiramientos de piel e inyecciones de bótox en los labios cada vez más abultados. Así su fisonomía indicara otra cosa, nunca reconoció que recurriera a las cirugías.

Hija única del duque de Alba, nació en 1926 en Madrid, donde fue bautizada en la capilla del Palacio Real con su largo nombre que ella simplificaba en “Cayetana Stuart y Silva”. En casa era llamada “Tana” por su padre y un séquito de criados que la consentían, mucho más cuando, con solo 8 años, perdió a su madre, María del Rosario, víctima de la tuberculosis, en 1934. A los 3 años ya esquiaba; a los 14 oficiaba como anfitriona en la Embajada en Londres y en su puesta de largo fue aclamada por siete mil invitados, el 23 de abril de 1943.

Para entonces, empezó a contradecir los remilgos de su clase: se aficionó a las sevillanas y a lo gitano, se mezclaba con el pueblo y era la única que rejoneaba junto a Conchita Cintrón. En una de sus escapadas a la plaza de toros de La Maestranza se enamoró del matador Pepe Luis Vásquez, su primer amor, lo cual indignó a su padre quien la mandó a Londres y le escogió un esposo: Luis Martínez de Irujo y Artázcoz, el guapo hijo del duque de Sotomayor.

La prensa de esos días señaló que aquella fue la última boda feudal de Europa, “la más cara del mundo”, a un costo de 20 millones de pesetas, y mucho más espectacular que la de la futura reina Isabel de Inglaterra con Felipe de Grecia y Dinamarca, que tuvo lugar un mes después. Cayetana vistió un traje de raso y encaje de Bruselas del siglo XVIII, inspirado en la moda de Dior.

La pareja tuvo seis hijos, pero ella no dejó de ser liberada por eso. A finales de los años 50, contrató como profesor de flamenco al afamado Antonio el Bailarín, con quien tuvo un romance adúltero. Desde ese momento se rumoró que su cuarto hijo, Fernando, no era de su esposo sino del artista. Cuando una cadena de televisión difundió el rumor, ella demandó por calumnia y ganó el pleito con una indemnización de 400 mil dólares. Sin embargo, al morir el Bailarín en 1996 se hizo público su testamento, en el cual consignó que él era el verdadero padre de Fernando, duque de San Vicente del Barco.

Su marido murió de cáncer en 1972 y seis años después ella se casó con un excura jesuita, de izquierda e hijo ilegítimo, Jesús Aguirre, blanco de la antipatía de sus hijastros, en especial de Cayetano, favorito de la noble, y de los chismes de que era gay. Pero él también la dejó viuda en 2001 y una década más tarde, a sus 85 años, Cayetana de Alba sorprendió al declarar que se casaba con Alfonso Díez Carabantes, funcionario público de rango bastante insignificante, 24 años menor que ella. Creyendo ver en él a un cazafortunas, sus herederos se opusieron y hasta pidieron la intervención del rey Juan Carlos, a lo cual Cayetana ripostó: “Ellos cambian de pareja más a menudo que yo”, “todos se han divorciado”. En últimas, aceptaron el enlace cuando el novio renunció a cualquier pretensión sobre la fortuna de su madre, quien además les repartió la herencia por adelantado para quitárselos de encima. Tras la boda, la anciana volvió a vivir uno de sus legendarios saraos en Sevilla, donde una multitud la vitoreaba a la voz de “¡guapa!”, al verla danzar flamenco descalza, emocionada por el nuevo triunfo de su rebeldía y sus pasiones. Lo que pasaba en la habitación conyugal era también objeto de chistes y habladurías, mucho más cuando ella se rompió la pelvis, a consecuencia, según otro rumor, de una agitada vida sexual, a la cual muchos le atribuyeron su eterno espíritu joven.
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