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Los viajes de Jacanamijoy

Los viajes de Jacanamijoy

Revista Jet-Set

El maestro Carlos Jacanamijoy celebra sus 20 años de trabajo con la exposición retrospectiva Magia, memoria, color, en la que hace un viaje a su interior a través de sus raíces indígenas y el yagé.
La retrospectiva está compuesta por 70 obras entre las que hay dibujos, serigrafías, acuarelas y óleos de grandes dimensiones pintados desde 1992 hasta este año. Foto: Gerardo Gómez/13
Por: Edición 26830/9/2013 00:00:00
Hace un año y medio Carlos Jacanamijoy empezó a buscar a sus amigos y coleccionistas para que le prestaran las obras que tenían de él. El pintor preparaba el catálogo y la exposición de sus 20 años de trabajo. Los primeros cuadros llegaron de los museos del Banco de la República, La tertulia de Cali, y de la Universidad Nacional. El expresidente Andrés Pastrana, Rodolfo Llinás, Manuel Elkin Patarroyo, Mercedes Salazar, Andrés Hoyos, Isaac Lee y muchos otros, también dejaron el vacío en las paredes de sus casas para colaborar con la exposición.

Hoy Jacanamijoy recorre las salas del Mambo, en donde su retrospectiva estará expuesta hasta el 8 de noviembre. Su emoción al ver juntas las 70 obras se evidencia en el brillo de sus ojos rasgados. “Son muchos recuerdos”, dice con voz suave. Y lo primero que le viene a la mente es su graduación en la Facultad de Artes de la Universidad Nacional, en 1991. “Cuando terminé la carrera conocía la técnica a la perfección, sabía pintar desnudos, paisajes o hiperrealismo. Pero no hallaba qué decir en mis cuadros”, comenta. El pintor se tardó dos años en la búsqueda de la originalidad, hasta que un “aleteo por allá en el cerebro” lo condujo hacia lo que había olvidado: su niñez.

Su temprano viaje a Pasto para terminar el colegio y los años de universitario en Bogotá lo alejaron de sus raíces indígenas. Atrás quedó su infancia en el Valle de Sibundoy, Putumayo, al lado de su padre Antonio Jacanamijoy, un chamán de la cultura inga; de su madre Mercedes Tisoy; de sus 11 hermanos, y de su abuela Conchita, una sabia indígena que se resistió a hablar español. “Se me ocurrió indagar en mí mismo y regresé a mi tierra. Hice un viaje a la imaginación, otro hacia mi interior, y el otro por la geografía. Me volví un poquito etnógrafo, antropólogo y psicólogo”, afirma.

¿Cómo fue ese viaje de regreso? –Fui a la casa de un chamán en el Putumayo para ver su comportamiento, porque yo era más occidental. Me quedé en su casa y por unos días me dediqué a cazar, pescar, recorrer la tierra y tomar yagé. En ese viaje tuve una revelación. Empezaba a llegar la noche y con ella los sonidos de la naturaleza, sentía el universo intacto. Me quité los zapatos, caminé descalzo y me metí en un río. Me explayé pensando en qué iba a pintar, y la fuerza de la selva me llevó a buscar dentro de mí.

¿Cómo ha sido su experiencia con el yagé?
–Mi papá era chamán, y uno de los pilares fundamentales del conocimiento de los sabedores ingas es el yagé o la ayahuasca. Lo había tomado como algo natural, pero nunca lo había visto con los ojos de ahora. Es una experiencia que me permite adquirir conocimientos desde otros paradigmas. Me ayuda a hacerme preguntas. No solo pinto pequeñas hojitas, luces y paisajes coloridos, lo que se refleja en mis obras es esa infancia tan bonita, en la que estaba aprehendiendo el mundo.

¿De quién aprendió?
–Tuve la fortuna de aprender de mi abuela sobre biología, botánica y del cosmos. Cuando niño corría por su huerta y pisaba las hojas. Ella me decía: “¿sabe lo que pisó? Pídale perdón a esta hojita porque puede ser comida, medicina o veneno”. Me enseñó el único mandamiento de nuestra cultura: “amar a la tierra y al otro como a sí mismo”. Si eso se cumpliera hoy no estaríamos en La Habana negociando la paz, ni habría más marchas de agricultores y campesinos.

¿Qué le trajo el viaje lejos de su tierra?
–Soy heredero de Occidente. Hablo español y pinto al óleo. Afuera supe valorar mi pasado. Los viajes me fortalecieron y me hicieron mirar con respeto al otro. Entendí que: “a donde fueres, haz lo que vieres”. Si hay que comer con las manos se hace y si hay que echarse en una estera para dormir, no importa. Todos tenemos la capacidad de adaptarnos.

¿Cuál es el viaje que tiene pendiente?
–A India y a África, porque me interesa romper los estereotipos. Ya estuve en China y me dijeron que no me hiciera el turista. Cada vez que me reía se me desaparecían los ojos y me veía más chino.

¿Qué viene después?
–Me siento como un niño otra vez. Cada cuadro me abre horizontes y nuevos viajes. La idea es que las obras dejen una pátina del tiempo. Cada pincelada instala en mí los recuerdos y las pistas para seguir con más ganas. Ahora estoy haciendo un documental, ya que mis pilares más fuertes son el pasado y la memoria.
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