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Candidatos presidenciales ¡Cómo han cambiado!

Candidatos presidenciales ¡Cómo han cambiado!

Revista Jet-set

Los cambios físicos de los aspirantes a la Presidencia coinciden con sus transformaciones ideológicas y de intereses políticos. Sus álbumes están llenos de fotografías que dan cuenta del paso del tiempo, desde que eran jóvenes, inquietos y rebeldes, hasta convertirse en personajes poderosos.
El primer gran salto a la política lo dio en 1991, cuando César Gaviria lo designó como ministro de Comercio. En ese entonces, Juan Manuel Santos lucía una barba poblada. Foto: Presidencia de la República
Por: Edición 28320/5/2014 00:00:00
Juan Manuel Santos
De la Armada a La U
Una mirada retrospectiva a la vida de Juan Manuel Santos muestra un líder que no ha sido fiel a un solo look. Antes de expresar la rebeldía juvenil, llevaba la cabeza rasurada, un corte pertinente durante el año que engrosó las filas de la Escuela de Cadetes de la Armada, en Cartagena.

Después de este periodo de estricta disciplina castrense, Santos Calderón aterrizó en la Facultad de Economía de Kansas University, donde la contracultura permeó a los estudiantes tanto con su visión crítica frente la sociedad como con la estética hippie.

Aquel joven dejó que su pelo tuviera un aspecto desordenado, casi afro, aunque lo abandonó al poco tiempo, justo cuando ingresó a la sede londinense de la Federación Nacional de Cafeteros.

Nueve años después, asumió la subdirección de El Tiempo, y se dejó una barba poblada que mantuvo hasta cuando fue jefe del Ministerio de Comercio Exterior durante el gobierno de César Gaviria.

La actual apariencia del presidente, afeitado y de peinado impecable, lo acompaña desde que fue ministro de Hacienda en el periodo presidencial de Andrés Pastrana. Sus asesores en la campaña de reelección respetaron este look acorde a su edad, 62 años, ya que, según ellos, connota seriedad y experiencia.

Óscar Iván Zuluaga
Entre Pensilvania y Bogotá
El candidato del Centro Democrático también fue barbado en su época de universitario, cuando estudió Economía y se graduó con honores en la Javeriana, de Bogotá. La tesis, encaminada a abrir inversiones en el mundo bursátil, fue premiada por la Asociación Nacional de Instituciones Financieras (ANIF).

La incursión en la política lo llevó a un viaje de regreso a Pensilvania, Caldas, su tierra natal, donde hizo carrera como concejal y luego como alcalde de la población, entre 1992 y 1994. Un bigote espeso, muy al estilo del arriero paisa, lo acompañó hasta que regresó a Bogotá, donde por un corto tiempo se marginó de la política.

El inicio del periodo del rostro totalmente rasurado coincide con su desembarco en los escenarios del poder nacional. En 2001 llegó al Senado de la República, y en el 2006 se convirtió en el ministro estrella del segundo mandato de Álvaro Uribe, al asumir la cartera de Hacienda.

Su esposa, Martha Ligia Martínez, lo conoció cuando él todavía era aquel joven de barba desordenada. “Así me gustaba”, dijo ella. La pareja, que se casó en Barranquilla en 1987, hoy tiene tres hijos.

Enrique Peñalosa
Las canas de la seriedad
El candidato del Partido Verde no ha cambiado mucho físicamente entre 1997, cuando llegó por voto popular a la Alcaldía de Bogotá, y estos días, en los que se postuló a la Presidencia de la República. Peñalosa sigue apegado al distintivo de sus canas, que todavía despiertan suspiros y piropos entre la población femenina. Pocos recuerdan su imagen juvenil de pelo largo y castaño que lo caracterizó en la época de estudiante de Economía e Historia en Duke University, en Estados Unidos.

Antes de atornillarse en el Palacio de Liévano, Peñalosa fue diputado por Cundinamarca en 1984, secretario de Economía de Virgilio Barco en 1986 y representante a la Cámara en 1990. Su gestión en calidad de burgomaestre, que incluyó la implementación del sistema Transmilenio, la construcción de mil parques y quince bibliotecas, así como el rescate de la Calle del Cartucho, lo llevó a postularse nuevamente a la Alcaldía de Bogotá en 2007 y 2011. Perdió ante Samuel Moreno y Gustavo Petro, respectivamente.

En la actual contienda por la Presidencia, Enrique Peñalosa apeló a viejas estrategias publicitarias, como la movilización en bicicleta por las calles de Bogotá y un discurso a favor de la ecología y la educación. Su pelo sigue blanco. La gente que lo rodea sabe que ese es su gran sex-appeal.

Marta Lucía Ramírez
La candidata modelo
La designación de Marta Lucía Ramírez como ministra de Comercio Exterior en el mandato de Andrés Pastrana emocionó a la prensa light. En esos días, se desempolvaron las fotos de su época fugaz como modelo de tendencias en las revistas Cromos y Jueves, de El Espectador.

Aquel tiempo entre cámaras y minifaldas, que no pasó de nutrir su anecdotario de estudiante de Derecho en la Javeriana, jamás le restó seriedad a su imagen política. En 2002 pasó a la historia de Colombia como la primera mujer en ponerse los pantalones del Ministerio de Defensa, una cartera que, hasta ese año, había sido timoneada por las manos masculinas.

Muy atrás quedó la joven de melena larga que dominaba las portadas de revistas. En 2010 se postuló como precandidata del conservatismo hacia la Presidencia de la República y se ponderó como una analista que conoce los grandes problemas del país. En 2014, con 60 años, retomó el interés por manejar los destinos de la Casa de Nariño. Su fórmula vicepresidencial es el exconsejero de paz, Camilo Gómez.

Clara López Obregón
La eterna rebelde
A finales de los años 70, la candidata del Polo Democrático Alternativo llegó a la Facultad de Economía de Harvard, donde la Guerra de Vietnam, en apariencia lejana, tocó sus fibras más sensibles. Se dedicó entonces a trabajar como una de las líderes estudiantiles que perseguían las utopías de la paz mundial y la igualdad social. Fiel a la consigna “prohibido prohibir”, se unió a otras causas como la de los opositores contra el Apartheid, en Suráfrica, y el racismo, en Estados Unidos. Tenía el pelo largo y lacio, símbolo inequívoco de la rebeldía que se paseaba por los pasillos de los claustros educativos.

De regreso al país, trabajó en la Secretaría Económica durante el mandato de su tío Alfonso López Michelsen. Pero luego voló al Nuevo Liberalismo, donde recibió el aval para el Concejo de Bogotá.

En 1986, disidió del partido que fundó Luis Carlos Galán y se arropó con las banderas de la Unión Patriótica. Clara López está casada con el samario Carlos Romero, hombre de izquierda, nacido en el barrio Pescaíto y bachiller del populoso Liceo Celedón: lo más lejano al patrón de jóvenes de familias influyentes que rodearon a Clara durante sus años de Harvard.
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