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Boda de fantasía en Luxemburgo

Boda de fantasía en Luxemburgo

Revista Jet-Set

Con toda la pompa y una inusitada cumbre de testas coronadas, el gran ducado nórdico conmovió a Europa con motivo del casamiento del príncipe Guillaume, heredero del trono, con la condesa belga Stéphanie de Lannoy.
Los grandes duques Guillaume y Stéphanie posaron con sus damitas en el salón de baile del palacio Gran Ducal, que presenció por primera vez la boda de un heredero desde 1981, cuando se casaron los padres del príncipe. Foto: Look Press Agency
Por: 6/11/2012 00:00:00
El acontecimiento cerró con broche de oro una era de matrimonios de sangre azul, pues el gran duque Guillaume, de 30 años, era el único heredero europeo que faltaba por casarse. Para celebrarlo, como no, había que convocar en los fastuosos palacios de una de las naciones más ricas del mundo, aunque pequeña, a toda la realeza y en especial a la del Viejo Continente, en una gran reunión de familia.

A fin de cuentas, el novio es sobrino nieto del rey Alberto II de Bélgica, pariente de Isabel II de Inglaterra por el linaje Saxe-Coburg-Gotha y primo del rey Juan Carlos I de España, porque su padre, el gran duque reinante, Henri, pertenece a la casa Borbón-Parma. Igualmente, comparte sangre con las estirpes monárquicas de Suecia, Dinamarca, Holanda, Noruega, Grecia, Bulgaria, Liechtenstein y Portugal, cuyos representantes aceptaron gustosos la invitación para darle brillo con su señorío y despliegue de históricas alhajas e insignias a una verdadera boda de sueño.

Una semana de actos preliminares calentó los ánimos del gran ducado, de modo que para el 20 de octubre la emoción era tan centelleante como los impresionantes fuegos artificiales que la noche anterior habían rematado el enlace civil de los futuros grandes duques, estrictamente privada. Ahora, Guillaume y su novia Stéphanie, de la linajuda familia belga de los condes de Lannoy, llegaban el acto central de su idilio, es decir, la boda por el rito católico en la catedral de Nuestra Señora, de Luxemburgo.

Vestido con el traje de gala azul de la Casa Gran Ducal y condecorado con la Orden del León de Oro de la Casa de Nassau, Guillaume no tuvo que esperar mucho, como la mayoría de los novios, a su amada, quien adelantó el hechizo de la ocasión llegando minutos antes de lo convenido. Del brazo de su hermano Jehan de Lannoy y coronada con la tiara nupcial de su casa condal, sorprendió con su genuino porte engalanada con un vestido del gran modisto libanés Elie Saab. Novecientas horas de trabajo, 80 mil cristales, 50 mil perlas, 90 metros de encajes Chantilly y de Calais, 30 de organza, 70 de tul y 100 de hilos de plata para los bordados, entre otros números, evidencian que se trataba de un modelo digno de una princesa.

La catedral, con una nutrida concurrencia encabezada por los reyes y príncipes de Europa, calló por un minuto antes de empezar la ceremonia, en homenaje a Alix della Faille de Leverghem, la madre de la novia, fallecida dos meses antes del gran día. Entonces, siguió la misa, celebrada por el arzobispo de Luxemburgo y otros prelados, y solemnizada por piezas de Mozart, hasta el sobrecogedor momento de las promesas matrimoniales de los amantes que por fin se daban el “sí, acepto”, luego de tres años de discreto noviazgo.

El otro cuento de hadas

La boda de Guillaume ha servido para evocar cómo sus padres, los grandes duques Henri y María Teresa, ocuparon las primeras planas hace tres décadas, al protagonizar una de las grandes historias de amor de la monarquía. Ella, llamada María Teresa Mestre y Batista-Falla de soltera, nació en Cuba, pero provenía de familias de la nobleza y la alta burguesía españolas. Su familia emigró de La Habana a Estados Unidos debido a la revolución de Fidel Castro, y de ahí sus padres la enviaron a estudiar ciencia política en la Universidad de Ginebra, donde conoció a su futuro esposo.

Él le ocultó su verdadera identidad bajo el nombre de Henri de Clairville hasta que la conquistó, la llevó al altar en febrero de 1981 y la hizo dueña de uno de los joyeros más ricos de Europa. La boda fue tan lujosa como la de su primogénito, a quien le siguen otros cuatro hermanos: Felix, Louis, Alexandra y Sébastien.
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