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Athina Onassis y Álvaro de Miranda Neto celebran diez años de amor

Athina Onassis y Álvaro de Miranda Neto celebran diez años de amor

REVISTA JET-SET

La nieta de Aristóteles Onassis y heredera de una de las fortunas más colosales del mundo, ha hecho realidad el sueño que nunca lograron sus trágicos antepasados: tener un hogar feliz con su querido Doda, con quien cumple una década de matrimonio.
El noviazgo de Athina y Doda fue escandaloso cuando comenzó, en 2002, porque ella era menor de edad y él le llevaba 12 años. Para que no lo siguieran acusando de cazafortunas, él pidió que se casaran con bienes separados. Su boda, en Sao Paulo, costó cerca de un millón de dólares y contó con 1300 invitados custodiados por 300 guardaespaldas.
Por: 9/7/2015 00:00:00
Athina no soporta que la llamen “pobre niña rica” y ha roto con todo aquello que le valió a su madre, Christina Onassis, tan patético apelativo. Al contrario de ella y de su abuelo, el millonario Aristóteles Onassis, la última sobreviviente del famoso apellido griego ha renunciado a la ostentación y a ese jet set que tanto animaron, a expensas de la que fue la mayor fortuna de la segunda mitad del siglo XX. Si el abuelo se moría por agradar a la alta sociedad, en la que era visto como un venido a más a pesar de que conquistó a la ex primera dama de Estados Unidos, Jackie Kennedy, ella rehúye todo contacto con la fama. Si su madre llevó una ajetreada vida nocturna y de múltiples amantes que estaban con ella por su dinero, Athina ha logrado consolidar el hogar que Christina no tuvo, al lado del hombre que ama desde la adolescencia: el brasileño Álvaro de Miranda Neto, Doda, con quien cumple en diciembre diez años de casada.
El aniversario es casi que una hazaña, si se recuerda lo cortos y desastrosos que han sido los matrimonios en esta familia, lo cual tejió la leyenda de la maldición Onassis, que narra también trágicas muertes y otras desgracias, menos la ruina. Con su obsesión por la discreción, Athina parece que empieza a romper el esquema y tiene una verdadera familia, quizá no la más convencional, pero sí bien avenida. La pareja comparte su amor con los hijos que Doda aportó al matrimonio, Vivienne, a quien tuvo con su primera mujer, la modelo Cibele Dorsa, y Fernando, hijo de una anterior unión de ella y a quien Miranda adoptó cuando Dorsa se suicidó, en 2010. Athina, quien no ha tenido bebés, se ha convertido en una madre para los jóvenes, y según quienes los conocen, la relación es excelente. 
Tal actitud es entendible en alguien que sintió desde temprano la falta de afectos filiales. En 1988, cuando no había cumplido 3 años, Christina murió repentinamente en Buenos Aires, de un paro cardíaco. Athina se fue a vivir a un pequeño pueblo cerca de Lausana, Suiza, con su padre, el empresario farmacéutico Thierry Roussel, quien estuvo casado con Onassis por interés y para ese momento ya había formado otro hogar con la modelo Gaby Landhage, madre de sus hijos Eric, Sandrine y Johana. Roussel empezó a despilfarrar la fortuna de su hija, cuyos albaceas griegos le quitaron el control del dinero.
En casa, Thierry parecía desvivirse por Athina, mientras que Gaby se comportó como una mamá con ella, hasta que las cosas se agriaron. La heredera tuvo una infancia sobria, al punto que asistió a un colegio público, aunque custodiada por la policía. Llegó a la adolescencia bajo una fuerte dependencia de su manipulador padre, y Doda la ayudó a liberarse de ese yugo.
El problema fue que cuando se hicieron novios, Athina no había cumplido los 18 años y Álvaro era 12 mayor que ella. Sus custodios sospecharon que se trataba de un cazafortunas y lo investigaron. Averiguaron que era hijo de un hombre de negocios y de una psicóloga de Sao Paulo, Brasil, quienes lo enviaron a Bruselas a perfeccionar sus estudios de administración de empresas, y allí resolvió consagrarse mejor a la hípica. Se entrenaba en la prestigiosa academia de Nelson Pessoa, donde conoció y enamoró a Athina, alumna del mismo centro. Doda ya había representado a su patria en tres olimpiadas y ganado medallas de bronce.
Cuando se hizo mayor de edad, Athina aceptó la propuesta de matrimonio de su amado, quien para disipar las dudas propuso que se casaran con separación de bienes y así fue. La boda, en Sao Paulo, costó cerca de un millón de dólares y la novia se envolvió en sedas de Valentino. El lunar fue la ausencia de Roussel, quien rechazó el enlace. “No creo que Athina haya roto del todo con él. Su animadversión se dirige más bien a su madrastra”, le dijo a Vanity Fair una relacionista que los conoce.
Aquel casamiento ha sido el único acto manifiesto de pompa de Onassis, quien hace poco, con motivo de sus 30 años, recibió el resto de su herencia, mil millones de dólares, lo que aumentó su riqueza en unos 3.000 millones. Ajena al boato, se ha convertido en una disciplinada equitadora, al igual que su marido, quien insiste en que llevan una vida “tranquila y sencilla”. Esto último es relativo, pues en Sao Paulo habitan un apartamento de 900 metros cuadrados, de 6,5 millones de dólares, mientras que en Amberes, su otra residencia, ocupan una mansión. También poseen una enorme finca en Valkenswaard, Holanda, sede de su empresa AD Sport Horses, que cría caballos pura sangre. Además, fundaron el Athina Onassis Horse Show. Ella será reservada, pero hace honor al gen de su abuelo para los negocios.
En fin, viven por y para el mundo ecuestre y de allí provienen los escasos 12 amigos que tienen, entre ellos Marta Ortega, hija del magnate español Amancio Ortega, dueño de almacenes como Zara. “La cosa social no va con ella. Cree que todo el mundo tiene derecho a vivir su vida y la suya es sosegada y familiar”, asegura el francés Frédéric Tarder, el único periodista que la ha entrevistado. 
Tanto Athina como su marido ahora le apuntan a los Juegos Olímpicos de 2016, en Río de Janeiro. “Tengo la suerte de que ella es una persona fácil de llevar. Es a la vez apasionada y simple. Todos los días, es la primera que llega a las caballerizas y la última que se va, tras nueve horas de adiestramiento. Mira diez veces los videos de sus carreras para comprender lo que debe mejorar y nunca le echa la culpa de sus fallas al caballo”, le declaró Doda a Paris Match hace poco. Cuenta además que no hay rivalidad entre ellos: “No mezclamos lo profesional con las cosas de pareja, pero nuestro nivel es muy parecido. Si yo no tengo un buen resultado en una carrera y ella sí, es como si yo ganara también, y eso hasta me hace más feliz, pues soy su entrenador y la pasión por el caballo es el poderoso lazo de nuestra pareja”.

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