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Asma al Assad: la mujer del monstruo de Siria

Esta hermosa y distinguida dama es la esposa del dictador de Siria, quien está masacrando a su pueblo para mantenerse en el poder.

Asma al Assad: la mujer del monstruo de Siria. El matrimonio de Asma Akhras y Bashar Al-Assad, en el 2000, se mantuvo en secreto porque sus familias provienen de las sectas rivales sunita y alauita, respectivamente. Foto: AP.

El matrimonio de Asma Akhras y Bashar Al-Assad, en el 2000, se mantuvo en secreto porque sus familias provienen de las sectas rivales sunita y alauita, respectivamente. Foto: AP.

La llaman “la rosa del desierto”, “la lady Di de Siria” y “la María Antonieta de Medio Oriente”, donde solo rivaliza en gracia y belleza con la reina Rania, de la vecina Jordania. Pero hoy, ese aura con la que encantó por más de una década al mundo de las Primeras Damas se está extinguiendo con la cada vez más sangrienta represión que ha desatado su marido, el presidente Bashar al-Assad, para retener el mando y que ha dejado más de quince mil muertos. Los que esperaban que la carismática Asma refrenara los ímpetus dictatoriales de su marido, hoy se sienten decepcionados, luego de conocer una declaración que ella le dio, por intermedio de un vocero, al Times, de Londres, con la cual rompió su silencio de meses: “El Presidente es el Presidente de Siria y no de una facción, y la Primera Dama lo apoya en ese rol”.

Si se tratara de cualquier otra esposa de los dictadores árabes que afrontan rebeliones, estas palabras se verían como algo normal. Pero en el caso de Asma, desilusionan, ya que su prestancia se debía a que era considerada como un agente de cambio en esa Siria anquilosada en los conflictos religiosos y tribales. Al igual que Rania de Jordania, ella no solo lideró obras de caridad a favor de los pobres o los minusválidos, sino que abogó públicamente por temas candentes en esta dictadura disfrazada de democracia, tales como una mayor igualdad para las mujeres, la libertad de expresión y la participación igualitaria de todos los sectores de la sociedad, sin distingos de credo religioso o político. Su espíritu modernizante y algo rebelde se dejó ver, por ejemplo, al abrir su cuenta en Facebook, cuando está red social estaba prohibida en Siria.

La Primera Dama, que ayer iluminaba con su elegante presencia múltiples espacios nacionales e internacionales, brilla hoy por su ausencia y su silencio que le han merecido duras críticas. Una muestra del desplome de su prestigio es que cuando el régimen de Al-Assad empezó a asesinar a sus contradictores en marzo, Vogue retiró de su portal un perfil de Asma en el que la describía como “la más fresca y atrayente de las Primeras Damas, una rara combinación: una espigada belleza de piernas largas, con una mente analítica entrenada que se viste con ingenioso entendimiento”.

Para Andrew Tabler, del Washington Institute for Near East Policy, “ella finalmente se quedó al lado de su hombre y seguirá con él”, según le dijo al National Post, de Canadá. El especialista, que es versado en Siria, pues trabajó allá durante ocho años y conoció a la pareja presidencial, sospecha que Asma está negando sicológicamente la violencia de su país. “A muchos se nos hace difícil creer que ella es cómplice (de los desmanes de su marido). Ella hablaba tanto de reformas, que creo que se está engañando a sí misma”, dijo, antes de concluir: “Hay dos caras en Asma: por una parte, ella quiere ser una mujer moderna, pero por la otra, desea ser una princesa”.

A la inteligente Primera Dama se le hacía fácil la intención de acercar a Siria a las democracias y al liberalismo occidentales, debido a que, pese a provenir de una familia de ese país, nació y se crió en Acton, un barrio de clase media alta de Londres. Hija de un reputado cardiólogo, Fawaz Akhras, y una diplomática, Sahar Otri, estudió en el Queen’s College, donde también acudió Cristina Onassis, y obtuvo títulos en Informática y Literatura Francesa, con las máximas notas, en el no menos prestigioso King’s College.

Trabajó para el Deutsche Bank y llegó a convertirse en una exitosa asesora de finanzas del banco de inversión JP Morgan, para el cual laboró en París, Nueva York y Londres. Justo en ese gran momento de su carrera, durante unas vacaciones, conoció en Siria al que sería su marido y padre de sus tres hijos, quien estudiaba Oftalmología en la capital inglesa.

El romance no dejó de tener visos de Romeo y Julieta. Mientras que la familia de él pertenece a la facción alauita, la de ella es de su rival, la sunita, más exactamente de la ciudad de Homs, hoy una de las que más muertos ha puesto en las revueltas. Fue por ello que la boda, a finales del 2000, se mantuvo en secreto.

Para ese momento, Bashar ya había sucedido en el poder a su padre, el dictador Hafez Al-Assad para perpetuar a su apellido en el poder, y lo primero que ella hizo fue recorrer el país para conocer sus problemas y solucionarlos a través de su visión de inglesa de mundo y sus conocimientos gerenciales. Pero no lo logró por dos graves motivos: por un lado, la familia de su marido la odia, mientras que por el otro, es muy difícil para una mujer, prácticamente extranjera, luchar contra la vieja y poderosa corrupción que hoy tiene a Siria convertida en el peor hervidero del mundo.

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