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Adriana Dávila Londoño Vuela alto en el ballet

Adriana Dávila Londoño Vuela alto en el ballet

REVISTA JET-SET

La hija de Marines Londoño, esposa de Fernando Botero Zea, tiene una de las escuelas de ballet más reconocidas en México. Let’s Dance Studio es la única en ese país que está certificada por la American Ballet Theater, una de las academias más importantes del siglo XX. Empezó hace tres años con cinco alumnos y hoy tiene 65.
En Colombia la reconocen por su actuaciones en Imagínate y Pequeños Gigantes. Su abuelo materno, Fernando Londoño, fue uno de los fundadores de Caracol Televisión.
Por: Revista Jet-set.12/7/2017 10:40:00

Adriana abrió el Let’s Dance Studio hace tres años con la motivación de que su hija Federica, de 12, tuviera un espacio para bailar. “En ese momento estaba trabajando en Nestlé, llevaba seis años, y mi pareja me preguntó: ‘¿qué haces ahí si no eres feliz?’, lo tuyo es el baile”. Renunció con mucho miedo, alquiló un local en las Lomas de Chapultepec, que es un sector como Rosales en Bogotá, y empezó a darles clases a las hijas de sus amigas, y con el voz a voz fueron llegando los 65 alumnos que tiene hoy, en los que hay desde niñas de 2 años y medio hasta adultos, que no bailan solo ballet sino también jazz, tap y hip hop.

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Desde los 15 años, Adriana Dávila Londoño tenía el sueño de abrir una academia de baile y lo hizo realidad en octubre de 2013. En su escuela enseñan ballet, hip hop, jazz y tap. Foto: Pedro Rueda/17.

A ellos lo que más les llamó la atención es que Adriana no se basa en el método de la Royal Academy of Dance, como lo hacen casi todas las escuelas de ese país, sino en el de la American Ballet Theater de Nueva York, de donde han salido los mejores bailarines del mundo como Mijaíl Baryshnikov, Alicia Alonso y Misty Copeland.

“Es un sistema de enseñanza innovador en el que no te dicen lo que tienes que hacer sino que te dan herramientas de trabajo para que crees, es más libre”. Cada año, Raymond Lukens, el creador de método, quien es una celebridad en el baile clásico, visita el estudio de Adriana para ver los shows de final de curso y evaluar a los estudiantes. “Este año me gané un reconocimiento por el puntaje de mis alumnas”, cuenta, orgullosa.

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Su escuela es la única certificada por la ABT en Ciudad de México, solo hay 2.800 maestros en el mundo que tienen su aval y uno de ellos es la bogotana. Adriana viaja cada año a la Gran Manzana a tomar cursos y esta vez lo hará, del 30 de julio al 17 de agosto, con su hija, quien fue admitida en el campo de verano de ABT para niños semiprofesionales. En esas tres semanas las dos también asistirán a clases de hip hop y tap en el Broadway Dance Center.

Antes de abrir Let’s Dance Studio, bailó en el Ballet de Anna Pavlova en Bogotá, en el Ballet de San Francisco, el Ballet de la Florida y en el Ballet de Atlanta. Cuando iba a entrar a la Compañía de México se dio cuenta que estaba embarazada y no pudo seguir. Foto: Pedro Rueda/17.

Ella dejó de bailar profesionalmente cuando quedó embarazada de Federica. En ese momento la acababan de admitir en la Compañía Nacional de México, donde la habían rechazado la primera vez que audicionó, y en una prueba de vestuario para un show se dio cuenta de que el tutú no le cabía. “No entendía cómo, después de ensayar seis horas al día y vivir a base de lechuga y de almendras, me había engordado. Me hice una prueba de embarazo y salió positiva, tenía ocho semanas y media”.

Al día siguiente llamó a la Compañía de México a decir que no podía estar, colgó las zapatillas y se dedicó a cuidar a su única hija y a transmitirle sus conocimientos.

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Hoy es la maestra de ballet de Federica. “Tenemos una relación increíble. En clase nunca me dice mamá sino miss. Ella es muy disciplinada y tiene mucho ángel sobre el escenario”. Este año se ganó el papel del ‘cisne negro’ en el show de la escuela. Hablando de este personaje, Adriana dice que la película refleja exactamente lo que una bailarina vive en su profesión: envidias, inseguridades y competencia.

 La bogotana adora los niños y le gusta mucho enseñar. En su estudio de baile tiene alumnos desde los 2 años y medio hasta adultos. Foto: Archivo Particular. 

“Es un mundo donde tú puedes llegar a ser tu peor enemigo. Es un arte que exige perfección y estética, tienes que estar delgada para dar la ilusión de que puedes volar. Por eso hay tantas bailarinas que caen en la anorexia y la bulimia”. Afortunadamente, dice, hoy hay muchas opciones para tener una alimentación saludable. En su casa comen frutas, verduras y proteínas, y excluyeron las grasas y los químicos. Ella estudió gastronomía en la Ibero durante cuatro años y le encanta meterse a la cocina a inventarse nuevas recetas.

Adriana se trasteó a la tierra de los tacos y los mariachis en 1999, a los 26 años. Ella fue a pasar su cumpleaños con su mamá, Marines Londoño, quien vive en el DF, y quedó deslumbrada con el ambiente de fiestas en yates y casas de ensueño en Acapulco. “Me sentía como una película. En ese momento estaba de moda Friends y yo pensaba que lo que estaba viviendo era muy parecido a la serie: amigos, rumba, etcétera”.

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Regresó a Estados Unidos, donde vivía en ese momento, y sin contarle a su familia, cerró su ciclo con el Ballet de Atlanta y vendió su apartamento y su carro. Cuando su mamá la vio llegar a Ciudad de México con cinco maletas pensó que se había enloquecido. “No, es que me vengo a vivir acá”, le dijo sin más y Marines se puso feliz.

Federica, la hija de Adriana, hizo el papel del Cisne negro en el espectáculo El Lago de los Cisnes que presentó la escuela el pasado mes de junio.

La esposa de Fernando Botero Zea siempre se ha sentido muy orgullosa de la carrera que ha hecho su hija mayor en el baile clásico. A los 9 años la inscribió en el Ballet de Anna Pavlova en Bogotá y la metió a Misi, porque veía sus habilidades. “Había días que me levantaba sin ganas de ir a clase y ella me decía: ‘Te pones las zapatillas y la trusa y vas’. Y hoy se lo agradezco porque eso me hizo ser disciplinada. Me motivó a que tenía que ser mejor ser humano cada día y no se perdía ninguno de mis shows”.

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Ella todavía no entiende de dónde heredó el gen artístico, pues su mamá era diplomática y su papá, Miguel Dávila, médico. Sus hermanas también tienen inclinación por el arte: Natalia es cantante y Mariana toca el acordeón y tiene un grupo de música como de circo con el que próximamente se irá seis meses de gira por Europa.

La ilusión de Adriana es llegar a tener 300 alumnos en su escuela y estampar su nombre en la historia del ballet mexicano, como ya lo viene haciendo y lo reconocen los medios de ese país.

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