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La muerte de la condesa barranquillera

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Hasta la prensa francesa describió la historia de Irasema Pantoja Álvarez como un cuento de hadas.
En 1998, la pareja dio el sí por lo católico en la iglesia Nuestra Señora del Carmen en Barranquilla.
Por: 10/2/2011 00:00:00
Esta enfermera de profesión adquirió el título de Condesa después de ir al altar con el conde francés Gilbert Bureaux de Pusy Dumottier de Lafayette. Pero su felicidad duró poco. Hace unos días, ella y dos de sus hijos perdieron la vida en un accidente. En el 2005 le abrió las puertas de su castillo a Stella Villamizar, quien la entrevistó en exclusiva para Jet-set.
 
Hace unas semanas la nobleza francesa perdió a uno de sus más preciados integrantes: la barranquillera Irasema Pantoja Álvarez, Condesa de Pusy Lafayette, quien murió en un accidente de tránsito mientras conducía con sus tres hijos, dos de los cuales también fallecieron.
 
El pasado 23 de enero, la aristócrata celebró el cumpleaños 59 de su esposo, el conde francés Gilbert Bureaux de Pusy Dumottier de Lafayette, en el Castillo de las Campiñas de Bergères-sous-Montmirail, a una hora de la capital francesa. Después de la fiesta, se despidió de su marido, tomó a sus tres pequeños hijos, los subió en su Peugeot 206 y empezó a conducir rumbo hacia la muerte por la vía de Jossigny, en el Valle del Marne, hoy considerada una de las rutas de mayor accidentalidad en los suburbios parisienses. Las causas del accidente todavía son materia de investigación. Sólo se sabe que el auto de Irasema colisionó con otros dos carros, que dio varias vueltas de campana, y que sus niños Caroline, de 8 años, y Arthur, de 6, murieron junto a ella.
El pequeño Alexandre, el mayor, de 9 años, fue el único que sobrevivió. Cuentan sus familiares que el menor sólo sufrió una herida en la rodilla y que parece que se hubiera salvado de milagro para mantener el título nobiliario De Lafayette, una de las casas más respetadas de Francia. La historia de Irasema Pantoja Álvarez parece como de cuento de hadas, sólo que con un final trágico.
 
El Conde de Lafayette no conoció a su esposa en los salones de Versalles, ni en los clubes a los que asisten las damas de su misma condición social y económica, sino muy lejos de ahí, en la bulliciosa y alegre Barranquilla. En 1995, el respetado caballero viajó hasta la ciudad del carnaval por sugerencia de su amiga, la dermatóloga Cristina Pantoja. Con ella trabajaba en el hospital Tarnier-Cochin, donde él se desempeñaba como biólogo, pero sin apartarse de su gran vocación de historiador y politólogo.
El Conde empacó maletas cuando descubrió que uno de sus antepasados, el legendario Marqués General Lafayette, no sólo había sido muy cercano a Simón Bolívar, sino que fue artífice e ideólogo de la campaña independentista en América. Sin proponérselo, el señor Pusy Lafayette siguió al tiempo los pasos de El Libertador, y del amor que le había sido esquivo a pesar de su prestancia social.
A Irasema la vio durante una fiesta de carnaval, en un ambiente muy ajeno a él. Los ‘celestinos’ de aquel romance afirmaron que el aplomado hombre se sintió extrañamente cursi al revelar que se había enamorado a primera vista. Pero no se lo dijo a ella de inmediato. Las primeras expresiones de afecto se las envió por fax desde Francia, en unas cuantas cartas que demostraban su estilo compuesto y poco eufórico de la nobleza. Pero Irasema, quien había hablado de sus deseos de armar una familia, quedó rendida ante aquel enigmático ‘príncipe’.
 
En una de las pocas entrevistas que él ha concedido, como la que apareció en la edición número 77 de Jet-set, afirmó que se enamoró de la sonrisa y felicidad de su mujer. El romance duró dos largos años, entre intercambio de cartas. Hasta que por fin la invitó a la Ciudad Luz, donde se casaron por lo civil, con el consentimiento de la madre de él. En el 98, contrajeron nupcias por lo católico en la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, donde Irasema cantaba en las misas del domingo. Después de la boda, Irasema dejó su casa en Barranquilla, propiedad de sus padres, para irse a vivir al castillo parisino de su amado, donde durante años estuvo rodeada de joyas costosas, criadas, obras de arte antiquísimas, conserjes y muebles estilo Luis XV.
 
La relación de estos dos aristócratas se construyó sobre los intereses mutuos por los aspectos históricos y culturales de Colombia y Francia. Él aprendió a bailar salsa, por ejemplo, y ella se llevó una pequeña muestra del carnaval de su tierra a Europa. Su pequeña hija, quien murió en el siniestro, fue reina infantil del carnaval barranquillero en París. Inclusive, la Condesa le mandó a construir una carroza para pasearla entre los carnavaleros latinos que viven en la Ciudad Luz. La pasión de los Condes por los asuntos de la capital atlanticense también los llevó a constituir la Asociación Bolívar-Lafayette, que se convirtió en una especie de albacea de proyectos como la recuperación del Centro Histórico y la Catedral de Barranquilla. Ella jamás se olvidó de su cuna natal.
Los restos mortales de la familia fueron sepultados en los jardines del Castillo Bergères. Como dijo un periodista de El Heraldo, el periódico de su ciudad: “su cuento de hadas fue demasiado corto”
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