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La hija de Carlos Pizarro Leongómez, Vuelve a Colombia a recuperar su identidad

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Hace 20 años, María José Pizarro estaba en el colegio Liceo Francés cuando recibió la noticia del asesinato de su padre en pleno vuelo de un avión de Avianca. Hoy, con 32 años, la joven ha vuelto a Colombia para reconstruir la historia de su padre en un documental, y recuperar sus apellidos, que le fueron cambiados para protegerla.
Por: Daissy Cañón B.21/5/2010 00:00:00
María José, la hija mayor de Carlos Pizarro Leongómez tenía 12 años cuando su padre fue asesinado a bordo de un avión en pleno vuelo. Ella recibió la noticia en el colegio, estudiaba en el Liceo Francés en Bogotá y, a pesar del temor que siempre tuvo de perderlo mientras vivió como guerrillero del M-19, en ese momento de su vida no estaba preparada para recibir una noticia así. Quedó devastada. Lo había disfrutado unos pocos meses, porque él, como comandante del grupo guerrillero, había firmado la paz y era candidato a la Presidencia de la República.
Hoy, esta joven, que lleva ocho años viviendo en Barcelona, está en Colombia escudriñado a fondo sobre la vida de su padre, las razones que lo llevaron a formar parte de un grupo armado ilegal, y está próxima a terminar un documental que realiza con la destacada productora María Victoria Guinand. Además, está recuperando su verdadero nombre, sus apellidos Pizarro Leongómez, que le fueron cambiados para protegerla.
En el documental están la familia, los amigos, los compañeros del M-19, periodistas, e inclusive aquellos que lo consideraron su enemigo, como el general en retiro Manuel José Bonnet o el ex presidente Ernesto Samper.
¿Por que regresó a Colombia? -Vivo en Barcelona un mundo donde todo está hecho. Comencé a recoger experiencias y a hacer un paralelismo, allá hay ejercicios que han funcionado, y en Colombia hay muchas cosas por hacer. Cuando nada te recuerda nada, cuando absolutamente ningún rincón se parece a algo conocido, y no hay rostros familiares, empiezas a preguntarte quién eres. Allá encontré ese canal que me devolvió a mí misma. Fueron muchos los años en que huí, a los 18 me fui a viajar por Colombia y luego pasé tres años recorriendo Suramérica. En ese viaje quedé embarazada de mi hija Maya, ella es mi polo a tierra.
En Europa comencé a mirarme por dentro, a buscar a quién me parezco, a indagar de dónde viene lo que soy, de mi padre, de mi madre, de mi entorno, de lo que he vivido; y de ahí nació la idea de realizar un documental sobre mi papá.
¿Cuánto tiempo convivió con su padre, en familia? -Viví con él desde los 5 hasta los 6, y otro año de los 7 a los 8, en La Habana, Cuba. Allí pude disfrutar de un corto periodo familiar con plena libertad. En Colombia fue distinto, de puertas para adentro tenía mi vida, yo soy hija de quien soy, pero, de puertas para afuera, yo fui otra persona.
Le cambiaron el nombre, ¿cómo ha sido vivir con eso? -Me acostumbré, me cambiaron los apellidos a los 10 años. Con el de mi padre vivía en riesgo. Fui su hija más conocida en ese tiempo, me amenazaron mucho, era una forma de intimidarlo, de rastrearlo, para capturarlo. No me recibían en los colegios por ser la hija de Carlos Pizarro, entonces, tenía que esconder mi vida. Para el mundo exterior fui la hija de un administrador de empresas y de una diseñadora textil. Me tocó construir mi propio mundo. Llevo cinco años en un proceso legal para recuperar mi identidad.
¿Recriminaba a sus padres por ser guerrilleros? -No, por el abandono, pasé muchos años sola. Mi mamá sabe que mi corazón y mi mente de adulta entienden lo que pasó, pero mi corazón de niña no lo va a entender jamás. Decir “Soy la hija de…”, provocaba reacciones, algunas favorables y muchas agresivas. Me decía, esto no es para mí, me quiero ir de aquí, y entonces me fui a recorrer Suramérica.
¿Cómo fue el reencuentro cuando firmaron la paz? -Estábamos fuera de Colombia y volvimos. Mi papá me quería llevar a todas partes, íbamos a las manifestaciones, a la presentación de la campaña, siempre andaba conmigo, hasta que mi mamá le dijo: “Es muy peligroso, si a ti te hacen un atentado, a María José le puede pasar algo, mejor no la lleves más”. Yo quería era estar con él. Era un hombre muy cariñoso. Tengo recuerdos de él hablándome o enseñándome, porque eso lo hizo volcando su amor hacia mí, y así me hacía sentir su inmenso afecto.
Si él hubiera muerto como guerrillero, ¿habría realizado el documental? -Yo no sé si estaría haciendo lo mismo, pero que lo querría, lo querría igual. Mi papá es mi papá, y Carlos Pizarro es Carlos Pizarro; yo los separé. Mi padre es mi padre y es igualmente hermoso, dulce, cariñoso; y yo sí siento un amor profundo hacia él, y mucho respeto. Él y mi madre me enseñaron lo que es la libertad de escoger el propio camino y lo hicieron con su propio ejemplo. También el respeto por el otro. A mi alrededor hubo muchísimo amor, no me siento huérfana de afecto, me siento huérfana por la muerte.
¿Qué parte de la vida de su padre la ha impactado más y qué ha sido lo más emocionante o desconocido de ese recorrido? -Los contrastes: lo veo un poco como un Don Quijote, por decirlo así: un hombre que tiene un mundo y unos valores en su cabeza, en una época histórica donde nada de eso existe, y a mí eso me ha impactado muchísimo; lo veo como un ser épico. Es enigmático, a mí eso me gusta, ya como investigadora, porque no es un personaje que encuentras en las páginas de los libros, encuentras matices, pero no hay nada escrito sobre su vida. Voy a hacerlo yo, con base en todo lo que he ido investigando.
¿Y negativamente? -Tal vez, esa capacidad de entregar la vida, esa personalidad tan mesiánica.
¿Le pesan las muertes de la cuales él pueda ser responsable? -Sí, claro que sí, me pesan obligatoriamente, pero no siento que fue a mansalva. He hablado con guerrilleros, con campesinos. Leo los foros en el chat y alguna vez me atreví a responderle a uno, y me dijo: “Es un asesino, porque a mis papás los mataron los del M-19”, y yo le dije: sí, pero, si algo nos han enseñado, es que no podemos seguir en las mismas rencillas; yo no los maté, y una guerra es una guerra, ellos no son unos boy scouts en la montaña haciendo un campamento, estaban haciendo una guerra y la guerra tiene costos.
¿Cree que si viviera, pediría que lo perdonaran? -Yo creo que se hubiera arrepentido –y lo dijo muchas veces– del Palacio de Justicia. Decía cuánto le pesaba, reconocía que fue un error, pero también dijo que el proceso de paz y el proceso de Álvaro Gómez fueron un epílogo al Palacio. Su voluntad de paz fue real, cumplió lo que dijo: “Por mi mano no va a pasar más la guerra”.
Y la abuela Margoth Leongómez, ¿qué dice del documental? -Ella ahora simplemente quiere olvidar. Me dijo que todo eso lo echó al olvido para que no le doliera. Ella me crió, prácticamente me criaron mis abuelas, son dos seres que me enseñaron que la mente tiene muchas alas. Mi abuela Margoth me enseñó a ser fuerte. Me decía: “El día que a ti te vengan con esas preguntas, tú tienes que ser fuerte, tu mundo es para adentro, tu mundo es tuyo; de puertas para afuera, hay otro mundo diferente y lo tuyo lo guardas dentro de ti”. Ella siempre nos enseñó con el ejemplo esa fortaleza. Nos enseñó a ser íntegras, no importa lo que pase alrededor.
¿Quién tiene las famosas cartas de Carlos al almirante y a su abuela? -Fueron muchas las cartas que les escribió y mi abuela me las dio todas. Él le explica al abuelo, al almirante, en una de ellas: “Hoy tu hijo se rebela porque hay un montón de situaciones, porque el ejército que tú dirigiste no es el mismo, yo tengo en mí las bases morales que tú me has enseñado”.

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